El secreto del tren de la bruja

Aquel fue el año de la excursión en bici a la ermita, de la madrugada en la que contaron estrellas con un ojo tapado, de la telenovela de sobremesa junto a su abuela

El tren de la bruja, en un festival infantil/C.Moreno
El tren de la bruja, en un festival infantil / C.Moreno
Víctor Vela
VÍCTOR VELAValladolid

Aquel fue el mejor verano de su vida… hasta que descubrió el secreto del tren de la bruja. Los feriantes llegaban al pueblo el 11 de agosto. Aparcaban sus camiones en la era y en apenas dos días levantaban su paraíso de coches de choque, de camas elásticas, de sirenas estridentes y luces de neón. Sus amigas solían gastarse la propina en los sobres sorpresa de la tómbola (nunca un peluche gigante le ganó la partida a la banderilla de cebolleta y aceituna), pero ella prefería comprar fichas para el tren de la bruja. Le gustaba reírse de los estúpidos dibujos de la atracción (los enanitos, los cervatillos, la manzana descolorida en manos de Blancanieves). Buscaba siempre el último vagón. A la derecha. Tenía comprobado que era el lugar en el que caían más escobazos. La bruja, de vez en cuando, se agarraba a la cola del tren y ella podía sentir su aliento en el cogote. Nada podía superar el miedo que sentía ante la boca del túnel que se acercaba, la amenaza que le recorría el cuerpo en mitad de la oscuridad, la tranquilidad cuando, después de unos segundos, volvía a hacerse la luz. Incertidumbre, terror, siempre alivio al final. Ninguna atracción era, para una niña de diez años, mejor que la del tren de la bruja.

Aquel fue el mejor verano de su vida. Nunca fueron tan grandes y sabrosas las rajas de sandía. Nunca tan refrescantes los helados. Nunca tan largas las noches de pipas y coca cola en el parque de la ribera. Recuerda aquella tarde de risas y colchoneta en la piscina municipal. La mañana en la que su abuela le cortó el pelo porque, hija mía, hace demasiado calor. El domingo en el que su padre llegó a casa con el coche nuevo y su madre le dijo Paco, que cómo lo vamos a pagar. Fue el verano en el que la tía Luisa le regaló aquel vestido tan bonito, el naranja con unos flecos aquí, como por los hombros, y que le sentaba tan bien. Seguro que todavía está guardado en algún armario de los del pueblo. Fue también el año de la excursión en bici a la ermita, de aquella madrugada en la que contaron estrellas con un ojo tapado, de cuando se encargaba de regar los geranios del balcón y todas las tardes se tumbaba con su abuela en el sofá para sentir el aire amable de su abanico mientras veían la telenovela.

Aquel fue el mejor verano de su vida. Se despertaba tarde, cuando ya se había marchado la furgoneta de la fruta y la cocina se disfrazaba de tomates gigantes, de melones sabrosos, de unos melocotones que nunca han vuelto a saber igual. Fue el verano en el que ganó a sus amigas diez juegos seguidos a la goma y bailó sin cansarse el día de la función, en el que leía a escondidas los Barco de Vapor que su prima María tenía en el cuarto verde, en el que nunca hizo falta manga larga porque ni una sola noche refrescó.

Aquel fue el mejor verano de su vida... hasta que descubrió el secreto del tren de la bruja. Cuando aquella mañana se levantó y vio que no había cerezas en la cocina, supo que algo malo había pasado. Papá tuvo que salir corriendo con su coche nuevo a avisar a la funeraria. Nadie ya le cortaría el pelo en verano ni le abanicaría recuerdos después de comer. Tuvo que ponerse el vestido naranja para decirle adiós. Se dio cuenta entonces de que por muy sabrosos que sean los helados de fresa, al final se acaban deshaciendo. Que después de tanto chapuzón, el agua de la piscina termina por enfriarse. Que la mejor merienda en el campo se puede estropear por una tormenta. Que a pesar del baile, hay un momento en el que orquesta deja de tocar. Y ya no hay más verbena.

Aquel fue el mejor verano de su vida hasta que descubrió el secreto del tren de la bruja. Una tarde, casi ya de septiembre, cuando las lágrimas se habían secado, se dio cuenta de que detrás de aquella mujer misteriosa con escoba había un hombre con careta incapaz de meter miedo. Nunca volvió a disfrutar de la inocencia del viaje. Pero decidió, aunque ya había descubierto el truco, que no dejaría, al menos una vez cada verano, de montar en el tren de la bruja.

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