«Soy un romántico»

Rafa Abdon comenzó a soplar vidrio cuando tenía 14 años. Hoy es uno de los últimos que mantiene vivo en España un oficio con siglos de historia

Orgullo de artesano. A sus 38 años, Rafa se ha convertido en uno de los pocos sopladores de vidrio artesanal que quedan en el país./R. C.
Orgullo de artesano. A sus 38 años, Rafa se ha convertido en uno de los pocos sopladores de vidrio artesanal que quedan en el país. / R. C.
IRMA CUESTA

El día que Rafa Abdon (L'Olleria, Valencia, 1981) le dijo a su padre que quería ser soplador, a punto estuvo de matarlo del disgusto. Y no es que a don Rafael Abdon no le pareciera una buena forma de ganarse la vida. Al fin y al cabo, por aquel entonces, la fábrica que había montado con varios colegas era un modelo de éxito; sus vajillas se mostraban en las estanterías del MoMA de Nueva York y él mismo era uno de los mayores exponentes de la tradición vidriera de L'Olleria. Sin embargo, no es fácil encajar que un hijo adolescente se plante un día delante de ti y te diga que no piensa volver al colegio, que lo único que quiere es convertirse en soplador... y que no piensa esperar siquiera a terminar el bachillerato.

–¿De verdad supo tan pronto que quería ser soplador de vidrio toda su vida?

–Sí. Un día, cuando tenía 14 años, le dije a mi padre que quería intentarlo. Desde entonces, no he parado. Al año siguiente le dije que quería dejar de estudiar y dedicarme a esto. ¡Imagine el disgusto! Era muy pequeño, sacaba muy buenas notas y en aquel momento las cosas en casa iban muy bien. Podían haberme pagado la carrera que hubiera querido...

–Supongo que ahora está orgulloso de usted...

–Sí, claro. Esta es un profesión complicada. Te tiene que apasionar si quieres dedicarte a ello profesionalmente, absorbe buena parte de tu tiempo y pueden pasar años antes de que consigas que todo salga realmente bien. Pero es un oficio que engancha, y él lo sabe bien.

–Le he oído decir que siente por su trabajo un fuerte sentimiento que se mueve entre el amor y el odio.

–Es que exige muchísimo de uno. Te motiva al máximo, pero en ocasiones también te frustra y se hace duro seguir adelante.

–A pesar de todo, nunca ha pensado en dejarlo...

–La verdad es que lo he pensado alguna vez, cuando todo pintaba fatal, pero rápidamente he desechado la idea. Creo, además, que siempre acabaría volviendo.

–¿Qué hay que tener para poder llegar a ser un buen soplador de vidrio?

–Pasión. Si el oficio no te apasiona desde el principio, es complicado que llegues a aprender, porque en ocasiones cuesta años conseguirlo. Hay que ser tenaz y también un poco romántico, porque en España no se valora este trabajo ni se ha hecho ningún esfuerzo por impedir que no se extinga. En otros países, como Francia, hay cientos de escuelas en las que se enseña a los niños; en Estados Unidos hay incluso carreras universitarias para formar al alumno en el arte de soplar vidrio. ¡Llega a tener esa categoría!

PERSONAL

Un niño precoz.
Rafa comenzó a soplar a los pocos días de empezar a manejar la caña, con solo 14 años, algo muy poco usual, porque suele tardarse meses o incluso años.
Un horno en casa.
El hecho de que su padre, soplador desde los 12 años, trabajara el vidrio y fundara en los setenta una empresa con varios colegas marcó la carrera de Rafa. «Un horno es caro y yo tenía la ventaja de acceder a la fábrica cuando quería. Cuando empecé a trabajar con mi padre, al acabar la jornada me quedaba allí cada noche. No podía dejar de intentar mejorar».

–En España apenas quedan media docena de talleres artesanos. ¿Cómo ha logrado sobrevivir?

–Además de mi creaciones, mis obras, trabajo en encargos que me realizan arquitectos o interioristas que buscan una determinada pieza, un producto en vidrio complicado. En esos casos hago las maletas y me instalo allá donde se esté realizando la obra: Cataluña, el País Vasco...

Sobre moldes de Gaudí

­–¿Qué es lo más especial que le han encargado?

–Uno de los trabajos con más valor de cuantos he hecho, al menos desde el punto de vista moral, son las piezas que rodean al Cristo instalado en la cúpula central de la Sagrada Familia de Barcelona. Se trata de una especie de uvas realizadas sobre un molde del propio Gaudí. Recibir el encargo me llenó de orgullo. También una urna para proteger un reloj de la Armada española que acaban de restaurar. No conseguían que alguien aceptara el encargo porque se trata de una pieza muy grande y complicada. Hacerla fue una enorme satisfacción.

–¿Cómo se siente sabiéndose el último reducto de un arte milenario que tiene pinta de acabar aplastado por las producciones en serie?

–Es un orgullo ser uno de los últimos, y también un deber prodigar el oficio. Pero, a la vez, siento una profunda tristeza al pensar en el futuro. El riesgo de extinción es altísimo.

–¿Tiene alguna técnica favorita?

–Ahora mismo estoy atrapado en una técnica que consiste en esculpir vidrio caliente desde dentro y fuera. Puede llevarme ocho horas lograr resultados.

–Y eso de que apenas se tiene un minuto para dar forma al vidrio... Desde fuera parece increíblemente complicado.

–Lo es. El vidrio tiene que estar entre 750 y 850 grados; si me paso de temperatura, se raja o se rompe, y si pierde temperatura, también es un desastre. Solo se dispone de un minuto para trabajarlo. Luego, hay que volver a calentarlo y seguir dándole forma. Así funciona esto.

–Imagino que tendrá usted algún referente. ¿Hay algún soplador de vidrio en cuya obra debamos fijarnos?

–Por supuesto. Hay muchos, pero Lino Tagliapietra es mi gran referente.