Sí, quiero

El pasado verano, el de mi boda, fue mucho más que una celebración o luna de miel, fue una constante muestra de aprecio de quienes me rodean

Los novios, rodeados de confetis, preparados para iniciar el viaje a Nueva York. /
Los novios, rodeados de confetis, preparados para iniciar el viaje a Nueva York.
Ismael del Álamo
ISMAEL DEL ÁLAMOBurgos

Con las maletas a cuestas salimos de la boca de metro con mejores vistas del mundo, los rascacielos de Nueva York. En realidad, cualquiera de ellas me habría dado la misma satisfacción de sentirme en medio de la capital del mundo, junto a mi recién declarada mujer. Esa sensación de estar en un lugar por el que han pasado todos y cada uno de los hombres y mujeres más importantes de la era moderna tiene un encanto especial. Times Square, Wall Street, Central Park o el Madison Square Garden son lugares que están en la mente de todos, hayan o no pisado la gran manzana. Escenarios de película reales por los que pasear sorprendiéndote a cada paso.

Así comenzó mi luna de miel en la prórroga del verano pasado. El mejor de mi vida por todo lo que había ocurrido días atrás. La boda, celebrada rodeados por familiares, amigos y compañeros de vida, seguramente no pudo salir mejor. Ese día que llevas preparando desde casi un año antes es una explosión de felicidad que nunca antes había sentido. Ver felices a todos a tu alrededor y celebrar tu día especialmente para ellos hace que el día de tu boda sea una burbuja de perfección dentro de tu vida.

Mi máxima preocupación, que saliera un día caluroso para disfrutar del lugar en el que celebrábamos la fiesta, se desvaneció según levanté la persiana. Iba a hacer calor durante el día y la noche sería suave, de esas que cuesta recogerse. Lo demás ya había sido preparado meticulosamente, por lo que nada podía salir mal.

Decir sí quiero a la persona con la que has compartido tus últimos once años de vida, y que te ha llevado hasta donde estás hoy, es hacerla una promesa eterna para los (espero que muchos) años que me queden por vivir. Y pronunciar las dos palabras ante todos los invitados que has querido que te acompañen en el gran día las otorga de un compromiso mucho mayor que el de una firma sobre un papel.

Arroz y confeti a raudales, un baño de color obligado en cualquier boda que se precie para dar paso a lo más festivo. Los brindis por aquí y por allá para no dejar de tener un gesto con cada uno tus invitados (lo más difícil de ese día) iban alternándose con momentos en los que tu compañera de vida no podía estar más feliz. Aún hoy sueña con repetir la boda porque siempre se pasa demasiado rápido.

Y el verano hasta ese 22 de septiembre, que se había cocinado a fuego lento, entre preparativos, nervios e ilusión, estallaba como el confeti que deja una instantánea imborrable. El primero de esos recuerdos en forma de imagen también daba pie a ese otro gran momento del mejor verano de mi vida, la luna de miel. Del imponente escenario de Nueva York todo lo que se diga es poco, y elevarse a más de 500 metros a través del One World, el mayor rascacielos del hemisferio occidental, la mejor experiencia posible.

Tras el paso por la super urbe visitamos el legado de los mayas en Méjico. Ciudad y playa es la mezcla perfecta para un largo viaje en el que quieres descubrir mundo, pero también tumbarte a contemplarlo desde uno de los mejores mares para hacerlo, el Caribe. Riviera Maya es un entorno privilegiado que no nos bendijo con una meteorología benigna como el día de la boda, pero que disfrutamos lejos de la playa y cerca de los cenotes, unas formaciones kársticas de película en las que bañarte.

Lo amargo del mejor verano es que ya pasó. Al gran recuerdo que dejó en mi se suma la pena por no poder volver a disfrutarlo con todo lo que significó para nosotros porque, de ser así, de poder repetirlo cuantas veces quisiéramos, dejaría de tener el título indiscutible de nuestro mejor verano (el de mi mujer y el mío).