Celebración superlativa y multicolor

Los ministros Grande-Marlaska y Montón en la cabecera de la marcha. / Alberto Ferreras

La Marcha del Orgullo Gay reunió en Madrid a miles de personas al ritmo que marcaron las carrozas repletas de ángeles y marineros

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Un 'efecto discoteca' sacude la carroza cuando empieza a sonar el reguetón. Saltan los cuerpos, algunos esculpidos en los gimnasios y otros en el sofá. Guerra de pistolas de agua que refrescan los 32 grados centrígrados de Madrid. Abajo, en el asfalto, Federico, de 25 años, despliega unas grandes alas vampíricas y rosas, y posa junto a quien quiera tomarse una foto. Su cuerpo está recubierto de flores brillantes, como la barba de su pareja. «No nos han dejado avanzar», dice Carlos, madrileño de 23 años, con asombro. «Esto es una fantasía. Hacer algo superlativo para que el resto del año nadie se sorprenda al verte de la mano con tu pareja».

Un poco más allá, en el vehículo del Movimiento 26D, el más pequeño y modesto de cuantos surcan Madrid, Federico Armenteros, de gruesa barba blanca, alza dos globos plateados, uno con un cuatro y otro con un cero: 40, el número de años que se celebra la marcha del 'orgullo'. Armenteros se define como una «abuela», uno de aquellos que vivió en la época en que estaba vigente la Ley de Peligrosidad Social, cuando a los homosexales se les perseguía y encerraba. «A mí no lograron pillarme», recuerda. «Ahora celebramos con nuestras 'nietas'».

A lo largo de todo su recorrido, desde Atocha hasta la Plaza Colón, la convocatoria reúne a cientos de miles de personas en un puñado de kilómetros. Una fiesta que junta a jóvenes con el arco iris pintado en la cara con hombres y mujeres cubiertos de mallas, tacones, cuernos de diablillo, tutús, uniformes marineros, mariquitas, gladiadores. Esta temporada, marcada con el lema 'Ames a quien ames, Madrid te quiere', se llevan los disfraces circenses, piratas, tacones de doce centrímetros y sombreros, indios americanos, usuales camisetas de algodón y vestidos de lentejuelas. Todos los colores, todas las razas. «¿Vais a subir a una carroza?», le preguntan a un grupo de cinco hombres de estilo sadomaso tradicional: cuero negro, culo al aire, pecho descubierto, abdominales marcados, calva y barba. Parecen rudos, pero posan con cierta ternura con quien quiera una foto o un 'selfie' como souvenir:

-El atuendo lo improvisamos -responde el chico de Montevideo de este grupo internacional que por primera vez, después de conocerse en la vida nocturna madrileña, celebran juntos el 'orgullo'. Una señora se detiene a verlos. «Qué asco, tiene pelos en el culo», exclama, no por la desnudez sino por la falta de depilación. Por delante, cuatro tunos sudorosos, guitarra en mano, parecen desorientados y decididos a atravesar la marea de gente. Al pasar, les cantan 'Clavelito'.

Quien sí sube a su carroza blanca con temática marina es una alta transexual llamada Holly. Su piel morena escapa de su escotado vestido, confeccionado por ella misma. «Soy un ángel caído del cielo», precisa contenta con sus alas de cisne y corsé ajustado.

Un poco más allá, Daniel, 38 años: «Tengo bastante ilusión», dice mientras muestra sus uñas azules. Desde un altavoz se escucha: «Tenemos que llegar a un acuerdo: se chupa pero no se muerde», y empieza el bajo del tecno. Por allí, una pancarta huérfana: 'Mi libertad preserva la tuya. Gay, ok'. Ninguna como la que llevó el ministro del Interior Grande-Marlaska: «Conquistando la igualdad, transformando la sociedad», al comienzo del acto.

Alberto Ferreras

Pasadas las siete de la tarde empiezan a moverse las carrozas. La primera llega hasta el Paseo del Prado. Todavía quema el sol y cada vez llega más gente. «Como decía aquella gran poeta: me pierdo en la noche, me quemo en la playa», se resigna un barbudo. Una adolescente abraza a su madre al paso de la cabeza de comparsa.

Juntas cantan 'A quién le importa', de Alaska. «Quiero que mi hija sepa que todos son iguales; trans, homo, heteros. Antes estaba muy mal visto; les pegaban, insultaban. Ahora ya no, pero todavía falta», dice María, de 53 años, mientras Elisabeth, de 16, acota: «mi primo es gay». Termina la canción y el dj pide «un aplauso para la policía municipal».

Un imberbe joven con pantalones muy cortos de camuflaje explora la fiesta con su madre y su hermanita. Los tres pasan por el lado de una de las tantas familias extensas que curiosean vestidas como cualquiera que va al parque pero con una pegatina: 'Stop homofobia'. Las reparte Montse Moreno, del Movimiento contra la Intolerancia: «Una sexualidad libre que se disfrute con dignidad», resume y enumera otras luchas: racismo, xenofobia, aporofobia.

Ensordece la música de la tercera carroza, la de los altavoces más potentes, que agita a los espectadores con 'Ymca' mezclado con 'It's raining men'. La fiesta sólo empieza. La primera línea de cuerpos se agita y los de a pie les siguen el ritmo hasta cualquier hora.

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