Fast food y fast school

SENÉN BARRODirector científico del Centro Singular de Investigación en Tecnologías Inteligentes de la Universidad de Santiago de Compostela

Todos sabemos lo que es la fast food o comida rápida. Tan rápida en su preparación, completamente estandarizada, de fácil elaboración y con pocos y relativamente básicos ingredientes, como en su consumo. Eso sí, su alto contenido en grasas, sal, azúcar y otros asesinos silentes, ha hecho que con frecuencia nos refiramos a ella como comida basura o comida chatarra, como se la denomina en muchos países latinoamericanos.

Todo ha de ser rápido sino inmediato. Incluso algo aparentemente tan alejado de las prisas como es la educación. Los seres vivos, también nosotros, somos máquinas de aprendizaje lento. Aprender a caminar nos lleva meses de movimientos torpes y caídas constantes. Más difícil aún es aprender a hablar, a leer y a escribir. Llegar a ser un especialista en un determinado ámbito del saber exige muchos años de estudio, adquiriendo primero conocimientos más generales, para ir progresivamente ahondando en lo específico. Es como escavar una mina a cielo abierto, cuya inmensa boca se va angostando a medida que descendemos hasta su fin. ¿Qué ocurriría si comenzásemos a hacer un pozo mediante un pequeño agujero, haciéndolo más ancho a medida que escavásemos la tierra? La boca del pozo colapsaría por falta de sustento en su base. De igual modo, aprender lo muy concreto sin conocer sus fundamentos tiene muy poco recorrido.

Por eso me preocupa la proliferación de lo que llamo, por analogía con la comida rápida, las fast schools. Se trata de un fenómeno particularmente frecuente en el ámbito de la informática. Las empresas TIC no son capaces de cubrir sus necesidades de personal, lo que cada vez más las lleva a ofrecer empleo a los estudiantes antes de que estos finalicen sus estudios, contratando incluso a quienes simplemente acrediten su solvencia en ciertos lenguajes y herramientas informáticas de uso intensivo.

Quizás el ejemplo más evidente de ello se da en los cursos acelerados de programación orientados a personas sin ninguna formación previa en informática. En nuestro país empiezan ahora a proliferar, pero en EE UU estos «Coding bootcamps», o campamentos de programación, se iniciaron a principios de la década. De acuerdo con el 'Coding Bootcamp Market Size Study 2018', un estudio anual sobre la evolución de estos cursos, el último año formaron a más de 20.000 personas en ese país, con un crecimiento de un 20% respecto a 2017. La duración media de estos programas de formación acelerada es de algo más de 14 semanas, con un precio de matrícula de casi 12.000 dólares. En ellos se aprenden los lenguajes de programación más demandados hoy día: Full-Stack Javascript, Ruby on Rails, Net, Python, sobre todo. El reclamo de estos cursos es la empleabilidad de sus egresados, pero lo cierto es que no hay datos fiables al respecto y casi ninguno de ellos es auditado externamente. Además, aunque de momento el mercado lo engulle casi todo, EE UU comienza a dar muestras de haber llegado a la saturación en la oferta de este tipo de cursos.

Para hacernos una mejor idea de la fragilidad de esta formación acelerada, haré una analogía con el aprendizaje de idiomas. Si bien se pueden aprender los rudimentos del inglés en unos pocos meses, sobre todo si se hace una inmersión en una comunidad angloparlante, no parece esta la mejor forma de prepararse para ser un profesional en traducción e interpretación, pongamos por caso. Ciertamente las empresas podrían contratar a estas personas para atender las consultas de los usuarios de un centro de llamadas, pero seguramente serían las primeras en perder sus empleos a medida que las tecnologías del lenguaje natural mejoren y se extiendan los asistentes virtuales profesionales.

Manda el mercado y este tiene prisa, pero carece de afectos. Por eso, mucho me temo que el destino más probable de los estudiantes de las fast schools será el de ser trabajadores clínex, de usar y tirar.