Editorial: Huelga por el planeta

La convocatoria de huelga de los jóvenes estudiantes es una reivindicación que las instituciones públicas no pueden eludir

Greta Thunberg, activista ambiental de 16 años sueca, asiste a una protesta junto al parlamento de Suecia en Estocolmo./Reuters
Greta Thunberg, activista ambiental de 16 años sueca, asiste a una protesta junto al parlamento de Suecia en Estocolmo. / Reuters
El Norte
EL NORTEValladolid

Los 'Viernes por el Futuro' llegan hoy a nuestro país y se extienden por otros noventa del mundo. La convocatoria de huelga que grupos de jóvenes estudiantes han hecho llegar a sus compañeros ante la emergencia climática es una llamada de atención dirigida a sus mayores, y una reivindicación que las instituciones públicas no pueden eludir. El reproche es inapelable, cuando los convocantes advierten de que serán ellos y sus descendientes quienes padezcan las consecuencias de la impasibilidad y la parsimonia con las que los gobernantes de hoy afrontan la agresión de efectos irreversibles sobre el entorno medioambiental y los otros seres vivos del planeta. La jovencísima activista sueca Greta Thunberg, que pasó de plantarse a diario ante el Parlamento de su país a no asistir a clase los viernes como expresión de protesta, ha declarado: «No deberíamos tener que faltar a clase por luchar contra el cambio climático». En el fondo, las palabras de Thunberg vienen a resaltar un aspecto que pesa sobre el compromiso social ecologista, cuando la propia naturaleza global del problema y su magnitud inabarcable dificultan identificar a unos responsables concretos, excepto en el caso de una vulneración flagrante de la legalidad medioambiental. De modo que los medios de protesta y reivindicación se vuelven también simbólicos, y las movilizaciones tampoco pueden hacerse eco de una inquietud ciudadana tan compartida como disipada. El negacionismo no ha logrado imponerse como tal, pero las sociedades más concernidas por el problema están lejos de sentirse en una situación límite. La inclusión del criterio de sostenibilidad en las agendas públicas y la renuncia de los particulares a prácticas de contaminación a ultranza han servido para rebajar las alarmas. En especial después de que la crisis financiera internacional iniciada en 2007 condujera a una década en la que el calentamiento global dejó de formar parte de las prioridades compartidas, con el Acuerdo de París como una excepción puesta al margen. Por lo que es de temer que los indicios de ralentización de las economías a nivel mundial surtan el mismo efecto. Hoy, miles y miles de jóvenes estudiantes harán huelga «por el futuro». Pero es importante que su preocupación encuentre vías de expresión continuadas y cauces de resolución en el ámbito institucional, en todas y cada una de las administraciones. Que la crisis medioambiental no dé para grandes movilizaciones en ningún caso exime a los poderes del Estado y a los de la economía de hacerse cargo de las graves previsiones que maneja la ciencia.