Días de sol y chapuzones

Los renacuajos, los cangrejos de mar y los pequeños mejillones eran nuestro principal entretenimiento en la playa de Ondarreta, en San sebastián

Toldos y sombrillas azules y blancos en la playa de Ondarreta, en San Sebastián. /Lobo Altuna
Toldos y sombrillas azules y blancos en la playa de Ondarreta, en San Sebastián. / Lobo Altuna
Nieves Caballero
NIEVES CABALLEROValladolid

El verano siempre empezaba igual. Las vacaciones arrancaban con las mañanas de playa. A las once, las tres pequeñas cogíamos el autobús interurbano con Marisa, que cuidaba de nosotras porque mi madre se quedaba organizando la casa. Lo primero era preparar las bolsas de playa: las toallas, los bañadores, la crema de sol que odiábamos, los cubos, las palas, algún TBO, comic o libro. En el horizonte más próximo y más feliz estaba el chapuzón en el mar y a la hora de comer, ese bocadillo de tortilla de patata inigualable que había preparado mi madre. A primera hora, la playa de Ondarreta estaba casi vacía, a excepción de algún que otro bañista. Lo que más llamaba la atención eran las sombrillas y los toldos de lona de grandes rayas azules y blancas alineados, que en principio solo ondeaban con la brisa cuando se desplegaban, una vez alquilados.

También destacaba una gran mesa blanca situada a la sombra de varios de esos toldos ya desplegados, mientras dos niños jugaban cerca en la arena. Marisa hablaba con su cuidadora, mientras nosotras hacíamos lo propio con nuestros cubos y palas de plástico. Hasta que ella llegaba con la niña, la pequeña de sus hijos. Marisa se levantaba como un resorte y las cuatro nos esfumábamos por arte de magia. Disfrutaban del verano de San Sebastián en el palacete de Arbaizenea. Nuestro veraneo era mucho menos rutilante, pero igual de divertido. Mis espacios preferidos eran una codiciada sombra en uno de aquellos toldos o una sombrilla y las olas. Los renacuajos, los cangrejos de mar y los pequeños mejillones de las rocas eran nuestro principal entretenimiento. La vida en un cubo de playa. Mientras tanto, un supuesto Pico del Loro gigante nos vigilaba desde tierra, casi a los pies del Palacio de Miramar.

Algunas semanas más tarde, cuando llegaban nuestras dos hermanas mayores se ocupan de nosotras. Pero la rutina era la misma. Jamás hubo cursos de natación. Ellas se metían con nosotras en el agua y nos animaban a ir poco a poco hacia el mar, hasta que nos íbamos soltando. Primero con flotador y después sin él. La primera meta era llegar hasta el gabarrón, una plataforma flotante con toboganes que se bamboleaba con las olas. Allí descansábamos y nos tirábamos una y otra vez al agua salada. Los días más heroicos, en los que el agua estaba como un plato en la bahía de la Concha, incluso nadábamos hasta la isla de Santa Clara, que se media en tamaño a la izquierda con el monte Igueldo y a la derecha, con Urgull. Las boyas eran grandes aliadas para llevar a buen puerto aquellas primeras proezas.

Todavía recuerdo con miedo, y a la vez admiración, aquellos días en los que el cielo se oscurecía de repente en el horizonte y se levantaba un viento inaudito y molesto. La galerna estaba encima. Recogíamos los trastos a toda velocidad y salíamos de la playa corriendo porque la arena nos atizaba en las piernas y se nos metía por los ojos. Todo lo que no estuviera bien sujeto y amarrado salía volando. Los más incautos, sobre todo extranjeros, sobre todo británicos, eran los desgraciados protagonistas al día siguiente en 'El Diario Vasco'. Se habían quedado flotando sobre sus colchonetas en la errónea idea de que esa tormenta repentina no iba con ellos y sólo iba a arruinar la tarde de playa a los lugareños. Fue mi primera lección del mar: el respeto.