Confidencias en el viejo caserío

No hay un verano mejor, son muchos los que recuerdo. Las vivencias de la infancia y juventud en un pequeño pueblo vallisoletano siguen presentes en mi memoria

El viejo casarío era el destino de los paseos por la carretera, aunque ya no es lo que era./ F. M.
El viejo casarío era el destino de los paseos por la carretera, aunque ya no es lo que era. / F. M.
Fidela Mañoso Largo
FIDELA MAÑOSO LARGOValladolid

Era terminar el curso y al día siguiente, con la maleta y el alma llena de ilusiones, al pueblo. A Honcalada. No es donde nací, porque mis ojos vieron por primera vez la luz en Muriel de Zapardiel, y de allí guardo intactos los recuerdos más tiernos de la infancia. En Honcalada, muy cerca de Muriel, vivía una de mis hermanas mayores, Pilar, que era como una segunda madre y me cuidaba como a sus hijos, al igual que mi cuñado Antonio.

Y no puedo hablar de un verano, sino de todos los veranos de la niñez, la adolescencia y la juventud que allí disfruté hasta que los estudios y la edad cambiaron mi destino y el de tantas personas que allí fraguamos una estrecha amistad. Me encantaba lavar la ropa en las balsas llenas de agua fresca, al lado de la alameda, rodeada de las mujeres mayores del pueblo y escuchar sus chascarrillos.

Oler el jabón Lagarto cuando enjabonábamos la camisa sobre la tabla de madera, arrodilladas; oír ese chasquido burbujeante cuando frotabas con las dos manos la pieza y tender las prendas blancas en la hierba para que resplandecieran aún más. Luego, la alameda desapareció para distribuir todo ese engranaje de tuberías que llevaría el agua corriente a las casas. Íbamos creciendo. Por pura diversión nos recorríamos los pueblos en el carro del panadero tirado por una mula, con familia y amigos.

Las noches eran eternas y estrelladas y, si había ganas, poníamos rumbo a la huerta y disfrutábamos de jugosas sandías. Las siestas eran sagradas. Pero no para dormir, sino para reunirnos en casa de una o de otra y hablar de nuestras cosas, abrir nuestro corazón de par en par... Y después de merendar y arreglarnos por la tarde, salir de paseo por la carretera como si fuéramos una piña. Al rato, aparecían los chicos detrás, como si fueran nuestra sombra. Al llegar al caserío, una finca grande con casona abandonada a un kilómetro del pueblo, nos sentábamos juntos en el puente o en la pila grande de cemento que había cerca. Unos árboles nos daban sombra y allí pasábamos las horas, a ritmo de confidencias.

Un verano organizamos para las fiestas el concurso del '1, 2, 3 responda otra vez'. De floreadas sábanas hicimos atuendos para los chicos que ejercían de azafatas; logramos disfrazar con rigor a los tacañones, hubo parejas para concursar y presentador cual Mayra. Sacamos los bancos de la iglesia a la plaza para que todos los vecinos disfrutaran de lo que fue un gran espectáculo. ¿Y a que no saben qué tipo de preguntas debían responder? Pues cómo se llamaba el perro de Teodoro, cuántas ovejas tenía fulano, cómo se llamaba el marido de mengana o dónde estaban las fincas de Eugenio... Y no pudo salir mejor. Aún hoy lo recordamos.

Empezamos a salir de fiesta a los pueblos cercanos: Ataquines, Medina del Campo, Olmedo, Pedrajas, Fuente el Sol... Eran unas giras veraniegas que para sí quisiera Shakira... Trabamos amistad e iniciamos el tonteo típico con chicos del entorno. A veces nos venían a ver a Honcalada... nos gustaban, les gustábamos... todo platónico, pero con mariposas en el estómago. Madrugábamos para ir a los encierros a Medina, a veces, incluso, aguantábamos desde el día anterior. Toda la noche de juerga, pasando el frío del amanecer hasta la hora del festejo taurino, aunque antes te metías entre pecho y espalda un buen chocolate con churros para entonarte.

¡¡¡Qué veranos!!! Qué hermosas vivencias, qué noches estrelladas, qué amistad, qué charlas, qué complicidad. A veces me pregunto cómo podíamos ser tan felices con tan poco. Pero esa es la grandeza.