El Chernóbil japonés

Raquel Montón (Greenpeace) mide la radiactividad ante la zona de exclusión. /R. C.
Raquel Montón (Greenpeace) mide la radiactividad ante la zona de exclusión. / R. C.

El turismo asoma por Fukushima; vecinos de la zona hacen de guías para 'limpiar' su imagen

ISABEL IBÁÑEZ

Se han cumplido ocho años de aquel 11 de marzo, cuando un terremo de magnitud 9 cuyo epicentro se situó frente a la costa noroeste de Japón provocó un tsunami que acabó con la vida de unas 18.000 personas y golpeó la central nuclear de Fukushima Daiichi. ¿La consecuencia? Un incidente nuclear de grado 7, como el de Chernóbil, que hizo necesaria la evacuación de la población residente en 30 kilómetros a la redonda: cerca de 200.000 vecinos (unos 54.000 siguen desplazados). Aire, tierra y mar quedaron contaminados.

Las imágenes de la costa pegada a la planta dieron la vuelta al mundo para explicar el grave problema de vertido radiactivo que se estaba produciendo en esas aguas. Por eso, incluso a día de hoy, es chocante ver a Akihiro Yoshikawa sosteniendo entre sus manos peces que acaba de pescar en la zona y que dice que pueden comerse sin problema. «Es una realidad que hay áreas contaminadas, pero también es cierto que hay lugares donde se puede pescar de forma segura», explica a este periódico.

Nacido en 1980, este exempleado de Tepco (la empresa que gestionaba la central cuando ocurrió el accidente) encargado de un edificio especializado en residuos readiactivos dentro de la planta de Fukushima -en proceso de desmantelamiento- organiza tours para dar a conocer aquella tragedia. «Trabajo por el futuro de esta región», aclara, e informa de que lo hace para la Prefectura de Fukushima como director de la Appreciate Fukushima Workers (AFW), organización independiente cuyo lema es 'Crear un hogar que se pueda confiar a la próxima generación'. Hasta el momento, ha llevado a unos cuantos centenares de japoneses, en su mayoría estudiantes universitarios y de secundaria, a enseñarles la central -solo es posible acercarse a 1,5 kilómetros- y ayudarles a entender el incidente.

También organiza recorridos por las ciudades abandonadas del entorno, como lo fue Namie, que ahora vuelve a la vida, y por aguas de la costa. Dice que el tour está abierto a cualquiera y que cuesta unos 50.000 yens al día (400 euros). «La gente viene a conocer las consecuencias del accidente, y gracias a esto yo estoy conociendo la fuerza de las personas que residen aquí. Yo también soy una víctima, vivía aquí, pero estoy saludable».

El Gobierno japonés informa de que, en 2016, hubo 52.764 personas que visitaron la zona, un 92% más que el año anterior (unos 28.000). Muchos se sorprenden de que haya gente allí viviendo, cultivando terrenos descontaminados y pescando en sus aguas. Al igual que ha pasado con Chernóbil, una serie ha llamado la atención sobre su región, pero hay quien considera que, a diferencia de la de HBO sobre la tragedia en la central ucraniana, 'Dark Tourist' ha ofrecido en Netflix una imagen que exagera el peligro de recibir radiación al visitar la zona. Y ellos quieren decir al mundo que la vida allí continúa. De esta manera, residentes de la zona se han organizado y hacen de guías en la asociación Real Fukushima: «Ven a ver el Fukushima de hoy y aprende del accidente», se ofrecen en su web, con un tour básico de cinco horas por 8.000 yens (65 euros), y otros más completos y caros. «La idea de que este es un lugar peligroso es completamente errónea», dice uno de ellos, Shuzo Sasaki.

Por 210 euros, la empresa online Get Your Guide acaba de lanzar un tour de doce horas que publicita así en su web: «Visite la zona de desastre de Fukushima y sea testigo de primera mano de la devastación causada por el terremoto, el tsunami y el accidente de la central nuclear. Escuche las poderosas historias de sus residentes y déjese inspirar por su fuerza».

Divertimento cuestionable

Raquel Montón, de Greenpeace, visitó Fukushima en 2016 como parte del programa de su ONG para hacer seguimiento de las consecuencias del accidente. «Entonces no había turistas, solo nosotros, midiendo la situación de los sedimentos marinos y las desembocaduras de algunos ríos contaminados». No es muy partidaria de este tipo de turismo; considera que no suele contribuir a recuperar económicamente las zonas afectadas y que de eso debe ocuparse el Gobierno del país correspondiente (las ayudas acabaron en 2017).

«Estar allí unos días o un mes puede no tener mayor complicación para nosotros, llevábamos dosímetros y no recibes más que el equivalente a unos rayos X; pero el problema es la gente que vive allí todos los días, 400 o 500 radiografías al año, imagina para un niño de 4 o 5 años... Y muchos se ven obligados o coaccionados a regresar a la zona afectada porque les retiran las ayudas. Y es su tierra, son sus recuerdos... Todo es legítimo; queremos conocer, pero hacer divertimento del sufrimiento tan grandísimo que supone un accidente nuclear... Deberíamos revisar de dónde obtenemos la diversión los humanos».

Pero ahí están, los turistas llegan cada vez más, atraídos por diferentes motivaciones. Alguno no tiene complejo en admitir la suya, como el programador informático filipino Louie Ching, 33 años, que visitó el año pasado la planta nipona después de viajar en 2017 a Chernóbil: «Siendo completamente honesto, lo hago para fardar».