Amor a primera vista

«Llegó para revolucionar nuestro universo, hacerlo más caótico y a la vez más ordenado. Para hacer que nos diéramos cuenta de las cosas realmente importantes»

La manita de Aitana. /
La manita de Aitana.
Gabriel de la Iglesia
GABRIEL DE LA IGLESIABurgos

Y entonces llegó ella. Como una tormenta para la que te has preparado a conciencia, reuniendo víveres, agua, pilas y mantas, pero que aún así se presenta desbocada, arrasando con todo y todos.

Llegó de madrugada, como lo hacen las cosas que merecen la pena, mientras el sol de los albores de mayo comenzaba a despuntar sobre el horizonte de las tierras del Cid. Los tímidos rayos que se atrevían a atravesar las ventanas semiopacas de aquellas asépticas salas parecían anunciar su entrada.

Llegó con la mirada intensa, algunos dirían que incluso asustada, escrutando todo lo que la rodeaba con sus ojos, tan oscuros y profundos como los territorios abisales. ¡Cómo olvidar aquella mirada! Ella no sabía ni dónde estaba ni quiénes éramos los que la rodeábamos. Nosotros, en cambio, sí sabíamos quién era ella. De hecho, la conocíamos mucho antes de saber que vendría.

Llegó para aportar un poco más de luz a este mundo. Para hacernos llorar con sus risas y preocuparnos por sus llantos. Para hacernos trasnochar como aquellos jóvenes lozanos que un día fuimos. Para hacernos madrugar como aquellos capitanes que cada día soportan la responsabilidad de su tripulación.

Llegó para revolucionar nuestro universo, hacerlo más caótico y a la vez más ordenado. Para hacer que nos diéramos cuenta de las cosas realmente importantes. Para que valoráramos los pequeños momentos y, por qué no decirlo, para que entendiésemos un poco mejor de qué va esto de vivir.

Llegó, en definitiva, para ser querida.

Y lo consiguió, por cierto. Amor a primera vista, lo llaman. Por mucho que leas, mucho que escuches o veas, en realidad nada te prepara para el torrente de emociones que te abre en canal cuando algo tan bello, tan puro, clava su mirada en ti o te coge de la mano. Incluso ahora, recordando aquel momento con la perspectiva que ofrece el tiempo, un gusano se abre paso por mi estómago, cargado de emociones difíciles de plasmar por escrito. Unas emociones que con el tiempo mutan, evolucionan y maduran, pero que no desaparecen.

Tampoco desaparecen las ojeras, las dudas y las inseguridades. ¿Sabré afrontar el reto? ¿Por qué llora? ¿Lo estaré haciendo bien? ¿La entenderé? ¿Conseguiré que este amor sea recíproco? Preguntas y más preguntas. Para algunas obtienes una respuesta automática. Otras, para bien o para mal, deberán esperar mucho tiempo para ser respondidas. Y es que, esta historia no ha hecho sino empezar. Solo el destino sabe cuándo acabará

Mientras tanto, lo único que podemos hacer es dar todo lo que tenemos, entregarlo a fondo perdido con la certeza de que no es a fondo perdido. Y en esas estamos. Tres meses después de su llegada estamos cansados, abrumados y, por momentos, superados. Pero también estamos felices. Qué contrasentido tan curioso, ¿verdad?

Cada día con ella es una aventura, plagada de pequeños retos y enseñanzas de proporciones titánicas. Y ahí estamos, intentando registrar cada gesto, cada paso y cada sonido cual cronistas conscientes de la importancia de conservar para la posteridad esos momentos. Unos momentos iluminados por la luz del estío. Del mejor estío que seguramente se pueda recordar. El del año que nació mi hija.