Los caballeros de la caza

Partida de caza con arco en Doubs (noreste de Francia). El país vecino es uno de los mayores practicantes del mundo./
Partida de caza con arco en Doubs (noreste de Francia). El país vecino es uno de los mayores practicantes del mundo.

Dicen que quien lo prueba no vuelve a la escopeta. «Disfrutas al máximo cazando lo mínimo». Aún son pocos pero España atrae a amantes del arco de todo el mundo

ANTONIO CORBILLÓN

Ah, pero ¿con esto se caza?». Mariano Gómez todavía recuerda la cara de incredulidad que se le quedó a un guarda forestal de la sierra de Jaén cuando le vio atravesar con su flecha, lanzada desde 35 metros, a aquel venado. «Logré cruzar el ejemplar de lado a lado. Cincuenta metros más abajo me esperaba muerto». Fue su estreno como cazador con arco, un lance que no olvidará nunca y que aún le hace sonreír. «Al guarda le pareció que yo era un friki y que perdía el tiempo conmigo».

En un país como España, con un millón de licencias de caza, apenas unos cientos de románticos salen al monte para buscar piezas como lo hacíamos hace 5.000 años. «Te desata el ancestro que llevas dentro. Cuando tienes un arco en las manos desarrollas sentimientos de caza: la dirección del viento, la presión atmosférica... Te enfrentas a un animal que es un profesional del campo. Le va la vida en ello», explica Alejandro Martín Santamaría, uno de los mayores expertos que hay en España. Ha dado cursos a gran parte de los que ahora pisan los montes. Un colectivo aún pequeño pero muy activo y que se ha duplicado en los últimos cuatro o cinco años. Alejandro fue además representante ante Bruselas de la Federación Española. Gracias a labores como la suya, España es uno de los paraísos de caza con arco, al que llegan tiradores de Europa y Estados Unidos.

Pero son malos días para estos Robin Hood que presumen de vencer el recelo de los cazadores de escopeta marcándose mayores niveles de autoexigencia. «Un cazador con arco no necesita llenar el congelador. La mayoría nos planteamos una ética y una distancia. En mi caso, o tengo la pieza a no más de 14 metros o no tiro», insiste Martín Santamaría, al que conocen en los montes como TíoJander. El expresidente de la Asociación del Corzo Español, Gerardo Pajares, apunta que «el hecho de que el arma sea silenciosa lleva a pensar que favorece la caza furtiva. Sin embargo, su eficacia baja y las exigencias técnicas no hacen del arco un arma favorita para los que escogen la vía furtiva». Hasta la Guardia Civil o los agentes del Seprona no saben muy bien cómo actuar cuando les encuentran en el monte. Será porque no se precisa permiso de armas, aunque para el resto (cotos, licencia federativa, vedas...) es una especialidad más.

Cazadores de lances

El caso es que la muerte en la sabana africana del león Cecil, a manos de un cazador de trofeos norteamericano, ha hecho que las flechas de la sospecha y el furtivismo fijen su objetivo en los amantes del arco. Cecil recibió un flechazo y, dos días después, fue rematado con un arma de fuego. Al menos se diluyeron las primeras sospechas que situaron a su verdugo entre los miembros de la pequeña familia de arqueros españoles. Finalmente se confirmó que fue el cazador estadounidense Walter Palmer, que pagó 50.000 euros por disparar al símbolo de Zimbabue.

Los tópicos reflejan que la pulsión de muchos cazadores convencionales es pagar lo que sea para obtener (a veces también como sea, tal y como demuestra el caso del león Cecil) una buena foto con un gran ejemplar abatido a sus pies y que adornará la mejor pared de su salón. Los buenos amantes del arco insisten en ir por otros senderos. «No queremos flecheros. En el monte preferimos caballeros. Yo nunca publico mis trofeos. Lo encuentro muy fálico», insiste Mariano Gómez, que desgrana sus experiencias en el blog La última frontera.

Lo que mueve al hombre a volver hacia esta forma de paleocaza es la sensación del lance. Iván Bellido empezó a cazar con su escopeta. Hasta que un día un amigo le invitó a probar la tensión de un arco. «Nunca más», se dijo. Como el resto, se recrea explicando el cuerpo a cuerpo con la pieza. El arma de fuego dispara a 70 metros de distancia. Los ojos se cierran por la explosión. El animal cae o huye. «La flecha la pones a veces a 10 metros explica Bellido. Lo oyes respirar y sentir. Si es un jabalí, incluso se arranca hacia ti. Por eso, el que quiere matar sin más no vale para esto». Y TíoJander da un paso más. «No hay carnicería, es verdad, pero hay crueldad. El disparo con rifle se come los sentimientos. Pero cuando disparas una flecha y oyes el crujir de las costillas ya no lo olvidas».

Afición en auge, pero cara

Al nivel de la caza con escopeta
El precio de un arco a la última (de poleas o recurvo) no baja de 1.200 euros. Junto con licencias, materiales y cotos, convierten esta especialidad en una afición de cierto poder adquisitivo.
Entrenamientos en 3D
Los cursos de formación en los que se dispara sobre piezas simuladas han cogido tanto auge o más que la propia caza. Hay concursos internacionales y un incipiente mercado de material.

Al igual que el cazador de escopeta, el arquero lo hace por afición, no por necesidad vital, pero trata de acercarse lo más posible a aquellos primitivos nómadas que viajaban detrás de su sustento. «De cada diez recechos (esperas en el monte) a veces cazas una vez. Puedes pasarte una semana sin entrarle a una pieza. Pero hacer el seguimiento, aprender de la naturaleza... con todo ese bagaje me voy satisfecho», resume Iván Bellido.

Pedro Ampuero es la referencia obligada entre el colectivo de arqueros, uno de los pocos que ha logrado experimentar este arte en varios continentes. No hay profesionales en España, pero Pedro se codea con los que sí lo son en el resto del mundo. Para él «hay algo mágico en salir al campo con un palo y unas flechas, sumergirse en la naturaleza, dedicar esfuerzo para conservarla, meter muchísimas horas para dar con el individuo adecuado, y acabar así llevando a casa esa carne totalmente natural y orgánica. Vivimos en una sociedad tan alejada de la naturaleza que ha perdido la conciencia de dónde vienen las cosas, y tan educada en las cosas rápidas que olvidan el esfuerzo que suponen».

Más con menos

Cinco generaciones familiares han alimentado la afición de Raúl del Valle, pero es el primero en su casa que se atreve con el arco. Ahora lleva un lustro de enconado noviazgo con un corzo de la sierra soriana al que incluso ha puesto nombre. «Le llamo Ralf. Conozco sus parejas, sus cambios de cornamentas, le grabo en cámaras... Han pasado cinco años y... ni una oportunidad. ¡Algún día se pondrá a tiro!». Raúl, que ha hecho sus pinitos cazando en África con expertos como Ampuero, repite su filosofía: «Él me enseñó a disfrutar lo máximo cazando lo mínimo».

Para todos ellos, el arco no deja de ser como una prolongación del brazo que aporta lo que Gerardo Pajares llama «una visión ética del lance». Este cazador considera que e n el monte no hay enemistad, sino «estrategia contra estrategia» . Momentos tan intensos y a veces tan escasos que, cuando uno cree que tiene a tiro a su presa, en ocasiones tiene que hacer el esfuerzo de «sobreponerse» para tensar el arco y soltar una flecha que sea precisa.

A propósito de esto, Pajares recuerda cuando se cobró su primer ejemplar de jabalí, una gélida tarde de invierno: «Llegué a su cuerpo y mi reacción fue la de abrazarme a él», confiesa.

El boom de la caza exhibicionista floreció con la bonanza económica. ¿Se acuerdan de Miguel Blesa expresidente de Caja Madrid rodeado depiezas en África? Frente a ese esnobismo, un grupo pequeño de amantes de la caza se ha atrincherado en reducir las distancias a la pieza para magnificar las sensaciones. Ya han superado el chistecito habitual: ¿Pero cómo puedes ir a cazar con un arco habiendo un rifle?