Un viaje por el tiempo: Valladolid y su Semana Santa, vistos por 'The New York Times' en 1980

Reportaje sobre Valladolid publicado en 'The New York Times' el 12 de abril de 1980/El Norte
Reportaje sobre Valladolid publicado en 'The New York Times' el 12 de abril de 1980 / El Norte

El diario estadounidense publicó un extenso artículo sobre la ciudad hace 38 años

Arturo Posada
ARTURO POSADAValladolid

Los neoyorquinos se desayunaron con una noticia muy esperada en la primera página de ‘The New York Times’ el sábado 12 de abril de 1980. Después de once días de huelga de metro y autobús, los líderes sindicales habían acordado el fin de los paros en el transporte público. La información lucía a seis columnas en la ‘front page’ de la Vieja Dama Gris, una jerarquía reservada a las grandes informaciones y que el Times nunca se ha tomado a la ligera. Pero los lectores del influyente diario estadounidense también pudieron informarse sobre una ciudad española llamada Valladolid. En la página 3, nada más abrir el ejemplar del sábado, destacaban dos fotografías. En la primera aparecían varias 'manolas' ataviadas con las clásicas mantillas, en pleno Viernes Santo, en la Plaza Mayor vallisoletana. En la segunda imagen, un cofrade caminaba con determinación. El titular del reportaje rezaba: «Una ciudad española ve cómo declina una tradición a medida que crece la economía».

El texto nos permite ahora conocer cómo veía el periodista James M. Markham la capital del Pisuerga y su Semana Santa en aquella España que acababa de recuperar la democracia y vivía con ilusión los nuevos tiempos. El artículo, datado en Valladolid el 5 de abril de 1980, comenzaba con unas palabras entrecomilladas de Tomás Rodríguez Bolaños, a la sazón alcalde de la ciudad. «Sí, sí, me considero católico», afirmaba el regidor. «Un católico creyente, aunque no practicante. Como alcalde de Valladolid, estaré en la procesión del Viernes Santo porque considero la Semana Santa un evento de gran trascendencia cultural para Valladolid».

Markham, el autor del artículo, tenía que aclarar que las palabras de aquel alcalde «de 36 años y barba negra» procedían de un dirigente socialista, cuyo partido se había distinguido en el pasado «por una tradición de anticlericalismo». Y, como detalle histórico, señalaba que el anterior alcalde electo de Valladolid (Antonio García Quintana), «también un socialista», había sido ejecutado después del golpe de estado de Francisco Franco contra la Segunda República en 1936.

Página 3 de 'The New York Times' el 12 de abril de 1980, con el reportaje sobre Valladolid y su Semana Santa.
Página 3 de 'The New York Times' el 12 de abril de 1980, con el reportaje sobre Valladolid y su Semana Santa. / El Norte

El artículo reflejaba la ironía que entrañaba que un alcalde socialista abrazara una festividad católica que había atravesado tiempos mejores. Porque el ‘boom’ económico experimentado durante los últimos años de la dictadura franquista había provocado al éxodo vacacional de muchos españoles que preferían vivir la Semana Santa de otra manera, más allá de pasos, cornetas y cofrades.

James M. Markham racabó declaraciones del escritor José Jiménez Lozano y de Antonio Soldevilla, entonces columnista de El Norte de Castilla («el periódico de la ciudad», informaba 'The New York Times'). Jiménez Lozano (que ya había sido subdirector de El Norte y acabaría siendo director en la década siguiente) consignaba que a partir de 1973 y 1974, los vallisoletanos habían empezado a desplazarse en coche durante la Semana Santa para disfrutar de las vacaciones. «Ahora, la ciudad se vacía y es la gente de fuera, extranjeros y españoles, los que vienen. Los mejores lugares para ir en Semana Santa son los pequeños pueblos de Castilla, Zamora y Cáceres, donde todavía hay espontaneidad y la gente participa».

El escritor José Jiménez Lozano, en 1980
El escritor José Jiménez Lozano, en 1980 / El Norte

Soldevilla, por su parte, apostillaba: «Deberíamos referirnos a estos días como ‘la semana de los viajes a todas partes’: Londres, París, incluso Bulgaria y Yugoslavia. Nos olvidamos de Valladolid, sus problemas, sus muchos inconvenientes, así como de sus procesiones, que quedan como reliquias de museo».

El artículo ahondaba en las causas de este ocaso de la Semana Santa a orillas del Pisuerga, un declive «acelerado» por la rápida industrialización de Valladolid. «En 1961, mientras Renault instalaba aquí su primera planta de ensamblaje en España, la ciudad tenía 132.000 habitantes. Hoy [1980] tiene 400.000 residentes y se ha convertido en el mayor centro industrial de Castilla la Vieja».

El ‘boom’ de la construcción había transformado el paisaje pinciano, «dejando sus museos y la casa donde vivió Cervantes estrujados entre apartamentos y edificios de oficinas». Valladolid creció hacia el sur, a lo largo del río Pisuerga y los nuevos barrios no contaban con iglesias, explicaba Markham. Como las cofradías se organizaban en torno a las parroquias, «secciones enteras de la ciudad» se habían quedado fuera de las ceremonias de la Semana Santa.

Primera página de 'The New York Times' del 12 de abril de 1980.
Primera página de 'The New York Times' del 12 de abril de 1980. / El Norte

El artículo exponía cómo el régimen de Franco fomentó las inversiones de «capital italiano y francés» en Valladolid, una ciudad que contaba con «una mano de obra abundante y dócil de campesinos que se alejaban de la tierra dura y seca». Además, grandes inversores vascos llegaron a la ciudad y, como ejemplo, el periodista recordaba la adquisición del Banco Castellano por parte del Banco de Bilbao.

Pero en los últimos años del régimen franquista, proseguía el texto de 'The New York Times', Valladolid «había estallado en una ola de huelgas» que llevaron incluso «al despido del alcalde Rodríguez Bolaños de su trabajo en Renault». «En febrero de 1975, la Universidad se cerró durante un año después de que sus estudiantes protestaran por el arresto de sus compañeros».

De vuelta a la Semana Santa, Markham recordaba que las cofradías más antiguas de Valladolid hunden sus raíces en el siglo XV, pero que la procesión del Viernes Santo era «relativamente nueva». Aquí surge el nombre del «arzobispo vasco» Remigio Gandásegui, impulsor en los años veinte de nuevas cofradías y artífice de la exhibición en las calles de una «colección de esculturas de incalculable valor» que permanecían arrumbadas »en museos, iglesias y almacenes».

El escritor José Jiménez Lozano procuraba más contexto para el artículo y señalaba que la idea del arzobispo Gandásegui formaba parte de un movimiento «antimodernista» de la Iglesia Católica que no se circunscribía únicamente a España y que tenía como fin «un intento desesperado por volver al pasado». «Lo que siempre le ha interesado a la Iglesia son las actitudes y esfuerzos colectivos: esa es su gran fortaleza y su gran debilidad», declaraba Jiménez Lozano.

El texto retornaba en los últimos párrafos a los asuntos de actualidad en aquel mes de abril de 1980 en Valladolid. Tomás Rodríguez Bolaños, como otros alcaldes españoles, estaba «molesto» por el incumplimiento del presidente Adolfo Suárez, que se había comprometido a conceder autonomía fiscal a las grandes ciudades, mayoritariamente gobernadas por socialistas. «Los ayuntamientos aún dependen de Madrid para las ayudas financieras y se rigen por una ley de la época de Franco que concede a los gobernadores provinciales, nombrados por el ejecutivo central, el derecho de veto sobre las decisiones de los plenos municipales», escribió Markham.

La aritmética de la política municipal vallisoletana también quedó reflejada en el texto de 'The New York Times'. En los últimos comicios para elegir alcalde, el PSOE había obtenido 13 de los 27 concejales en el Ayuntamiento; la UCD de Suárez, nueve; el Partido Comunista, cuatro; y Alianza Popular, uno. De esta manera, los socialistas gobernaban mediante una «alianza informal» con los comunistas («manteniendo un pacto nacional a nivel municipal»), aunque Bolaños también contaba con el respaldo «en varios asuntos» de la UCD.

Tomás Rodríguez Bolaños, en 1979.
Tomás Rodríguez Bolaños, en 1979. / El Norte

El reportaje se refería igualmente a la construcción del Nuevo Estadio José Zorrilla -entonces sometida a discusión- para albergar varios partidos del inminente Mundial de 1982. Los socialistas y el partido de Adolfo Suárez abogaban por la edificación del nuevo recinto (el propio Rodríguez Bolaños tenía en su despacho «una brillante maqueta blanca», según recogía el artículo). Sin embargo, el Partido Comunista lo veía «como un despilfarro de dinero».

Otro asunto de importancia para Valladolid en aquellos días pasaba por la bancarrota del sistema privado de autobuses urbanos. «El alcalde es favorable a subvencionarlo, mientras los comunistas consideran que la ciudad debería hacerse con el control de la empresa», apuntaba Markham.

El último párrafo del artículo reflejaba que «el terrorismo no existe aquí y que los delitos menores, aunque se van incrementando, no suponen el problema de las grandes ciudades como Madrid o Barcelona».

El texto remataba: «Y los 10.000 estudiantes universitarios parecen dedicarse en gran parte a sus carreras y andan preocupados, en medio de una alta tasa de paro, de conseguir trabajo tras su graduación».

De vuelta al presente, comprobamos el carácter circular de la historia. De nuevo, un socialista (Óscar Puente) gobierna en el Ayuntamiento de Valladolid, apoyado por formaciones de izquierda. El Partido Comunista se subsumió en Izquierda Unida en 1986, coalición que concurrió a las últimas elecciones municipales en Valladolid junto a otras formaciones bajo la denominación de Valladolid Toma La Palabra. Tres de sus cuatro concejales forman parte del equipo del gobierno de Puente, uno de ellos Manuel Saravia, como teniente de alcalde. Y, como su antecesor socialista Tomás Rodríguez Bolaños, Óscar Puente participa activamente en la Semana Santa de Valladolid.

'Mutatis mutandi', el viejo artículo publicado por 'The New York Times' aquel 12 de abril de 1980 aún mantiene cierta vigencia en este 2018.

 

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