Valladolid vive una «gloriosa» procesión de la Borriquilla

Niños durante la procesión del Domingo de Ramos./ Ramón Gómez
Niños durante la procesión del Domingo de Ramos. / Ramón Gómez

Ricardo Blázquez se felicita por la gran participación de niños al tradicional acto de la Semana Santa

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINAS

El día amaneció tosco, a medio hacer, con esas nubes de primavera que se van y se vienen y algo asustan en estos casos, por mucho que la Agencia Estatal de Meteorología hubiera avisado que esta vez no tocaba agua. Era otro toque de impredecibilidad inherente a la Semana Santa, como lo es la procesión de las palmas. Porque es el momento de los niños y donde hay niños, y muchos, siempre hay un componente de incertidumbre. Si irán muchos o pocos, si todo podrá organizarse conforme a lo que necesita un evento en el que participan las 20 cofradías de la ciudad... Para cuando comenzaron a repicar las campanas de la Catedral ya se encontraban formados en los aledaños los cofrades del Atado a la Columna, por Cánovas del Castillo, los de la Sagrada Cena, enfilando por la de la Catedral, y la Vera Cruz, de camino desde Platerías mientras la Preciosísima Grande embocaba por la calle Arribas.

Un caos organizado, peculiar, en cuyo derredor fluía la ciudad a otro ritmo, con los autobuses entregando familias enteras rumbo a coger sitio cuanto antes, los puestos de palmas agotando existencias y unos cuantos ajenos a la Semana Santa paseando en bici con los críos por elCanal de Castilla, o corriendo hacia las Contiendas, o vigilando la caña junto a la caseta de Amigos del Pisuerga mientras los pájaros se zambullían en un barreño de migas de pan. También, claro, aprovechando el día entreverado, con buena temperatura pero sin ese sol de catarro traidor, para ubicarse en las gradas de la Plaza Mayor, que se llenaron a modo de ensayo de lo que ocurrirá el Viernes Santo.

«Cada uno escribimos una página en el libro de la historia de esta Semana Santa», dijo luego, desde el balcón de la Iglesia de la Vera Cruz, el cardenal arzobispo Ricardo Blázquez. «Y esta es una página muy bella y preciosa. La imagen que se ve desde este balcón, de esta procesión incluso más numerosa que el año pasado...».

Seguro que lo adivinaba cuando esperaba al pie de las escaleras de la Catedral, con los cofrades de la Sagrada Pasión atascados junto a otros cuantos, en un escenario repleto. Pasaba ya media hora de las 12 del mediodía y uno de los adultos que acompañaban a los peques de la Sagrada Pasión trataba de animarles con bromas:«Os voy a contar un secreto, la procesión aún no ha empezado», les dice.

Poco después, varios de los pequeños rompen la timidez, invitados por el séquito que esperaba junto al cardenal arzobispo, y se acercan a hablar con Blázquez. No lo saben, pero los diez minutos que les había dicho su acompañante de la Cofradía que quedaban para arrancar se van a convertir casi en 20. Hasta las 12:53 no llegó el paso de la Borriquilla a la Catedral.

Pasadas las dos de la tarde Platerías ya rebosaba gente. Entre espectadores y cofrades se aguarda con expectación. Facebook se ha caído en medio mundo, y con él Instagram y, aquí la peor noticia, Whatsapp. Así que comunicarse para ver por dónde se mueven los amigos y familiares se complica. Otros tiran de Twitter, para su desesperación, para ver cómo acaba el partido del Real Valladolid.

Hasta que a las 14:22 empieza a llegar el olor a incienso y se solapa con el ruido de las palmas que saludan al paso. Los hermanos de la Vera Cruz llegan hasta la puerta de la iglesia y Blázquez, antes de bendecir a los presentes, dirige unas palabras entre satisfecho y emocionado por el paisaje que se presenta a sus ojos.

«Niños, habéis venido acompañados de vuestros padres, abuelos y hermanos para ver a Jesús montado en una borriquilla. Le damos la bienvenida con los ramos y las palmas, recordando que nos sentimos llenos», comenzó el cardenal arozbispo. «Bendito el que viene en el nombre del Señor, hemos repetido aquella primera procesión en que Jesús entró en la ciudad santa montado también en una borriquilla. Él quiere ser nuestro amigo y nosotros queremos salir a su encuentro», les explicó, sobre todo, a los más pequeños.A los integrantes de las secciones infantiles de las veinte cofradías vallisoletanas y a los de los colegios que participaron en la procesión. Tantos y tantos niños que la procesión de las Palmas se fue más allá de las dos y media de la tarde. «Hay miles de niños, ahí se va generando constantemente la religión de nuestra Semana Santa y la tradición de la memoria de nuestra fe», señaló Blázquez.

«Es una fiesta preciosa, una página gloriosa en la historia de nuestra Semana Santa», concluyó.

Y las palmas saludaban, y los niños compartían chuches, que para algo siguen siendo niños, y Valladolid festejaba el Domingo de Ramos con un sol que se colabra entre las nubes y se agradecía. Para redondear una jornada que volvió a demostrar la unión de la ciudad con una Semana Santa que forma parte de las raíces familiares, lo que provoca, como explicó Blázquez, que cada año se sienta un poco más rejuvenecida y con un futuro que invita a pensar en que habrá muchas más «páginas gloriosas» que escribir en los próximos años.