El Encuentro llena de emoción la Santa Cruz

Madre e hijo, portados a hombros por los cofrades ante la portada de Santa Cruz. / Alberto Mingueza

Miles de personas presenciaron la escena del doloroso adiós de la madre y el hijo

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINAS

Cuando la Virgen de las Angustias enfiló este Martes Santo la calle Librería, con las terrazas a rebosar y un ir y venir apresurado de gente en busca de sitio, de atajos o de esa cita que esperaba al otro lado del móvil, el silencio se hizo contagioso. Callada la primera fila, se amortiguaba la segunda, y eso enmudecía la tercera y así hasta que el murmullo vital de la rutina acabó reducido a un susurro quedo. Imponía la figura iluminada por las velas, ese gesto de dolor desencajado.

Al otro lado de la Plaza de Santa Cruz comenzaba a despuntar la Cofradía del Despojado, que acompañaba a Cristo camino del Calvario. Rodeado por centenares de personas que en algunos casos esperaban en ese punto desde hacía más de una hora media. Caída la noche, con la piedra del Palacio renacentista tocada por una luz cálida, el sonido de los vientos de la Banda de la hermandad confería una grave solemnidad a los movimientos del paso, portado a hombros. El llamador invitaba a posar el paso y levantarlo, siempre con precisión, en la curva que le llevaba a encarar a la Madre.

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A los pies del Cristo, dos ángeles con la medalla de la Cofradía y un crespón negro, en recuerdo de los hermanos ausentes o fallecidos y especialmente, contaba la hermandad en sus redes sociales, del hermano de honor Luis Luna. Detalles que, como el nuevo llamador incorporado al paso de la Virgen de las Angustias, refieren el arraigo de la Semana Santa de Valladolid a sus tradiciones. El llamador incorpora todos los elementos que identifican a la Cofradía y a sus vínculos con la ciudad.

Valladolid como testigo

Situados ya frente a frente madre e hijo, la columna de espectadores se rompía junto al colegio San José para que los del otro lado intentaran coger posiciones en la acera de enfrente, o entre los jardines, donde hubiera un punto óptimo para ver ese encuentro que es, en realidad, la más dolorosa de las despedidas. El diácono permanente y vocal de liturgia del Despojado, Gregorio Díez López, lo certificó en su reflexión tras el encuentro, con ambas tallas mirándose ante la fachada imponente. «Nos encontramos en la segunda lectura con Cristo camino del Calvario para cumplir la voluntad del Padre que tanto nos cuesta cumplir a cada uno de nosotros», relató. Para cumplir ese destino que rompe de dolor a su madre y que es, en definitiva, una muestra suprema de amor.«Valladolid es testigo del amor», enfatizó Díez López.

Y de pronto, al girarse los pasos e iniciar la despedida, con los cofrades de nuevo en marcha, los vientos y los tambores sonaban mucho más tristes. Más desolados. Matices que se palpaban en el entorno de una Plaza de Santa Cruz siempre llena de vida, rodeada de colegios y ayer, un año más, convertida en el lugar en que una madre y su hijo se encuentran para despedirse.