Una vida lejos del alcohol

Miembros de la asociación junto a la psicóloga Beatriz Sánchez. /Antonio de Torre
Miembros de la asociación junto a la psicóloga Beatriz Sánchez. / Antonio de Torre

La Asociación de Alcohólicos Rehabilitados, ubicada en la calle Puente de San Lorenzo, atiende a doscientas personas, entre familiares y enfermos

LUIS JAVIER GONZÁLEZ Segovia

La Asociación de Alcohólicos Rehabilitados de Segovia inició su andadura en 1987 con un grupo casi experimental. Algunos sanitarios detectaron que había enfermos que repetían ingresos y pusieron en marcha la vía de las terapias de autoayuda. Un médico empezó a gestionar un grupo de seis personas en la calle Escultor Marinas, con la ayuda de una monja que hacía las labores de psicóloga. Se organizaron para hacer sus estatutos y hoy la asociación tiene tres psicólogos y atiende a más de 200 personas al año, entre afectados y familiares, en la calle del Puente de San Lorenzo.

Tras más de dos decenios junto al Jardín Botánico, la asociación se mudó hace cinco años a la planta superior del antiguo colegio Martín Chico, a escasos metros del puente del barrio que estos días ve correr el Eresma con una fuerza inaudita para una primera quincena de junio. El local, cedido por el Ayuntamiento, tiene varios despachos y una sala grande para las terapias, con unas 30 sillas para las reuniones en grupo de lunes y miércoles. Además, la asociación necesitaba un local exclusivo por la privacidad de sus expedientes.«Hemos ganado mucha luz, porque el otro estaba en un sótano. Era un local un poco más amplio, pero los despachos no tenían ventana y el extractor, más que extraer, nos daba humo», explica el presidente del colectivo, Fernando Martínez, que ve una cierta ventaja en la ubicación. «Esto está como en la periferia y parece algo bueno. Cuando empecé a venir y tocaba la puerta, siempre miraba a ver si me había visto alguien».

¿Cómo acabó Fernando aquí? «Será como empezaste, ¿no?», responden entre risas sus compañeros del grupo. «Empecé con una desintoxicación en Navarra. Y cuando salí me fui a celebrarlo con un par de cañas y un pincho», explica. Había dejado de trabajar en la hostelería y su único empleo, como él dice, estaba en la barra del bar. Entonces ya se había divorciado y vivía con su madre. «Yo veía que ella cada vez estaba peor de la salud por mi culpa y yo no me podía casi ni levantar de la cama, así que algo tenía que hacer».

Las cosas empezaron bien pero le tocó levantarse muchas veces. «Al principio vine equivocado pensando en recuperar todo lo que había perdido dejando de beber: mi familia, mi trabajo, mi hijo... Hasta que un día vi a mi expareja con otro y me puse hasta el culo. Si tu objetivo no te sale, no hay razón para no seguir bebiendo. El verdadero motivo se descubre estando aquí un tiempo, es una motivación interna muy tuya; yo no quiero que nada ni nadie manipule mi vida, quiero ser libre. Y yo vivía para el alcohol».

Pasó un mes de tratamiento intensivo en la Unidad de Desintoxicación Alcohólica de Madrid. Allí entendió que su matrimonio «era un lastre o que no toleraba la frustración». Recompuso su vida como comercial de gas natural y tuvo a más de 100 personas a su cargo, pero la empresa pasó por problemas y cuando perdió su trabajo en Madrid se derrumbó el castillo de naipes. «No tenía trabajados esos golpes, el alcoholismo te ataca por dónde menos te lo esperas». La última recaída fue dura –año y medio– y agradece la ayuda del anterior presidente, Francisco Navarro. «Fue el quien me tiró de las orejas. Muchas veces venía bebido a las terapias y él me tuvo que llevar alguna vez a casa. Él es cojo, y ya ves tú para subir las escaleras entre los dos», recuerda con una sonrisa. El ultimátum de una psiquiatra hizo el resto. Lleva diez años sin probar una gota y preside la asociación desde hace dos.

Fernando Martínez incide en que «es mucho más difícil desnudarse mentalmente que físicamente» y que cada cual lleva su ritmo. «Cuando cruzas esa línea del hábito a la dependencia has perdido tu libertad, y para salir te lo tienes que tomar en serio, dedicar el 100% de tu esfuerzo en la rehabilitación. Y lo demás es secundario». El factor grupal y la disposición en círculo de las sillas pretende transmitir esa apertura, que cada voz importa y que no hay clases. Esa comprensión resulta crucial es cualquier recuperación. «El alcoholismo entra por la boca y sale por la boca», resume.

«Quien mejor que alguien como tú para que te entienda», incide Miguel Martín, vicepresidente. Cuando limpió su trastero encontró un sinfín de botellas, todas ellas vacías. No solía beber en casa y ese era uno de sus escondites. «Ahora vivo, antes era dependiente total. Estaba trabajando y pensaba en salir para ir a comprar lo que fuera. Me ocultaba para beber, buscaba los bares más escondidos». Lleva más de siete años sobrio, pero los comienzos fueron duros. «Tuve seis meses que bebía hasta que me volvió a pillar la mujer y ya me lo tomé en serio. Cuando pasan unos meses hasta te quieres mirar al espejo por la mañana». La asociación atiende por teléfono y suele facilitar una primera conversación con un psicólogo. «Muchas veces llama la familia porque para venir aquí casi te tienen que traer de la oreja. Y el que viene voluntario es que ya lo ha visto muy negro».

El alcohol rompe la lista de prioridades y erosiona cualquier rutina. «Yo creo que no he dado un paseo en mi vida», recuerda Aurelio Peromingo. «A mí me echaron de casa, ¡pero bien echado! Con maletas y todo». Su primera mujer se divorció a los dos años y él siguió bebiendo casi dos décadas más, hasta que su segunda esposa, con la que estuvo 17 años, también dijo basta. «He sido un juerguista toda la vida. A los 20 años no mides, lo normal era estar 'mamao'. Me pilló en mala época, he sido albañil toda la vida, ganaba mucho dinero y no sabía qué hacer con ello», explica. Se desintoxicó en Madrid y llevaría 17 años sin beber de no ser, dice, por una recaída tonta. «Estaba bien con todo el mundo, pareja, muy buen trabajo y dije: dame una copa de Tía María. Cando me quise dar cuenta ya iba al bar, me escondía y pedía ginebra y cerveza para buscar el punto lo antes posible. Si antes me tomaba cinco cubatas, cuando recaí me tenía que tomar doce».

José Luis González, hostelero, tiene el enemigo en casa. Sus transaminasas son altas y el alcohol, al que tiene una tolerancia mucho menor que la media, le ha costado varias pancreatitis. «¡Cualquiera de mis clientes bebe el doble que yo», asegura. A eso hay que añadir las secuelas de un grave accidente de tráfico. «Tengo muchos dolores, con morfina, y un día entré a por un copazo de whisky. Lo máximo llegué a tres y cuatro, pero con mi medicación era una bomba». Excepciones aparte, lleva tres años sobrio y se recuerda a sí mismo su vulnerabilidad acudiendo cada semana a las terapias. «Yo muchas veces podía estar hasta las siete de la mañana con mis amigos bebiendo 20 botellas de agua mientras ellos consumían alcohol. Al principio decía que no quería cambiar de hábitos, pero tu propia cabeza te va diciendo: ¿Para qué voy a ir?»

La psicóloga Beatriz Sánchez es casi una madre para ellos. Explica que la edad media de los miembros de la asociación se sitúa entre los 40 y los 50 años porque es entonces cuando el consumo normalizado en la juventud pasa factura, cuando la vida exige mayores responsabilidades. Incide, sin embargo, en que cada cual tiene su circunstancia. «Las suyas son experiencias de grandes cantidades durante mucho tiempo, pero yo tengo a muchas personas que beben menos, igual los fines de semana o en ocasiones especiales. Y es gente más joven que te dice 'yo no bebo tanto, solo bebo cerveza, o no bebo todos los días'. Pero tienen un problema de consumo abusivo de alcohol grande porque lo que consumen les genera muchos problemas personales, cognitivos, laborales». Por eso no es necesario llegar a una situación crítica para solicitar ayuda. «Nunca es pronto para venir».

Centro de interpretación

En la misma calle que la asociación se ubica el Centro de Interpretación del barrio de San Lorenzo. Con el objetivo de fomentar el conocimiento y respeto del entorno de la ciudad de Segovia, la Obra Social de la extinta Caja Segovia abrió hace seis años el Centro Los Molinos con el propósito de mostrar y divulgar todos los valores ambientales del barrio. En abril de 2015, el Ayuntamiento de Segovia y la Fundación Caja Segovia firmaron un convenio como primer trámite para el alquiler del edificio durante cinco años. Su ubicación, junto al Eresma permite acercar a los visitantes los grandes valores naturales, culturales e históricos con los que cuenta no solo este enclave, sino la ciudad de Segovia, según se refleja en la web de Segovia Educa en Verde, programa que tiene en este centro su punto neurálgico.

Desde su inauguración, el día 7 de marzo de 2016, el Centro de Interpretación de San Lorenzo y de los Valles desarrolla un programa educativo específico que apoya la labor en educación ambiental

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