Segovia
Vicente y Marisa cierran El JardínSi no aparece alguien que asuma la gestión del negocio, el polígono de Hontoria perderá en las próximas semanas un restaurante que ha funcionado durante veinticinco años
Si nadie se decide a hacer cargo del traspaso y la finca, el bar-restaurante El Jardín cerrará antes de final de año. Sus dueños, Vicente Moreno (66 años) y Marisa García (67), han decidido jubilarse. Son ya demasiados años y el descanso es merecido. «Yo llevo cincuenta y un años en la hostelería y mi mujer, otro tanto. La edad, la salud y la falta de relevo generacional han pesado más que las ganas de seguir», señala Vicente.
El establecimiento, que abrió sus puertas en el año 2000, cuando solo era un pequeño bar con cocina, se ha convertido en referencia obligada tanto para los trabajadores del polígono, a diario, como para familias de Segovia y pueblos cercanos, los fines semana. «Aquí no tienen problemas de aparcamiento, hay columpios para los niños, un jardín precioso que hicimos hace cinco años y un comedor amplio y reformado. Está todo listo para entrar y empezar a trabajar», expone el hostelero, deseoso de que surja alguien que quiera hacerse cargo del negocio.
Vicente recaló en Hontoria tras una larga trayectoria. «Empecé en Duque el 1 de julio de 1974, estuve cinco años en el desaparecido Porvenir y, tras hacer la mili, trabajé diecisiete años en el Castilla, en la Calle Real. Después, mi mujer y yo nos vinimos a Hontoria porque alquilamos el bar de la plaza. En el 2000 compré este local, que llevaba abierto seis años, y con nosotros creció, porque poco a poco lo fuimos ampliando: el comedor, cocina nueva, el jardín de atrás...». Durante la pandemia, aprovechando los meses de cierre forzoso, realizaron la obra más ambiciosa: nuevo salón, jardín con pérgola y zona infantil. «Teníamos los permisos desde antes, pero nunca encontrábamos momento para cerrar. La covid nos obligó y todo encajó».
El todavía dueño de El Jardín, buen conocedor del sector, distingue entre la hostelería que atiende el turismo y la hostelería de servicio. «Y El Jardín es hostelería de servicio», subraya. Menú del día para obreros y empresas durante la semana; cumpleaños, comuniones, alguna que otra boda y reuniones familiares, los fines de semana. «El chateo de barra va a menos, pero la restauración, a más, de verdad». Abrir los 365 días del año ha sido marca de la casa. «En el polígono no puedes cerrar un día de diario porque las empresas cuentan contigo y, por otro lado, los fines de semana se trabaja muy bien. ¿Qué ha ocurrido? Que mi mujer y yo llevamos años sin librar. Y ya nos apetece ir descansando un poco. A esta edad, trabajar doce o trece horas diarias, cuando no más, es un sacrificio muy grande. No me importaría estar cuatro o cinco horas, pero trece o más, no. Y la cocina, donde ha estado Marisa tantos años, es especialmente dura».
Para el sector en general, uno de los grandes obstáculos es la falta de personal. «Es muy difícil encontrar gente que quiera trabajar en la hostelería y que después aguante. Dicen que los horarios son malos y que se paga poco... Yo he tratado lo mejor que he podido a los trabajadores que he tenido, lo mismo que a mí me trataron cuando fui empleado. Tengo nueve empleados y el que menos lleva ocho años aquí. Cuando hay temporada alta, siempre intentas que ganen más, pero, claro, los horarios y la presión sigue ahí».
¿Habrá quien coja el testigo?
Vicente lo tiene claro: «El que se decida a entrar aquí, si es que finalmente se decide a entrar alguien, se lleva un negocio rodado, con una clientela fiel y unas instalaciones únicas». Ha recibido alguna propuesta, pero las considera insuficientes o poco serias. «He llegado incluso a ofrecerme para estar aquí tres o cuatro meses con quien se quede con ello y ayudar, guiar... Y nada. La gente tiene miedo». Sus dos hijos han elegido otros caminos. El mayor, Javier, es un reconocido maître y sumiller que trabaja en Madrid y no se plantea regresar. «Javi es un tío muy válido, pero está en otro nivel de hostelería. Se fue de aquí hace quince años y todavía hay clientes que preguntan por él porque valoran su buen hacer».
Si no aparece relevo, El Jardín cerrará definitivamente el 22 de diciembre. Vicente baraja organizar una gran fiesta de despedida y agradecimiento, probablemente el 22 o 23 de diciembre, con entrada simbólica (10 euros) cuya recaudación iría íntegramente a los Hermanos de Cruz Blanca. «Barra libre de comida y bebida todo el día, desde las once de la mañana hasta la noche, y que venga quien quiera a despedirse». Mientras, sigue en pie el tradicional cocido de los músicos, que el próximo martes, 25 de noviembre, cumple veinte ediciones. «Empezó con cuatro dulzaineros y ahora llenamos el comedor».
No oculta Vicente que la pena invade su ánimo en este final de año tan extraño. «Llevo días sin dormir, siento una pena inmensa», dice con la voz entrecortada y los ojos vidriosos. «Lo mejor que me llevo son las amistades. Porque más del cincuenta por ciento de la clientela ya no son clientes: son amigos, gente a la que fías, a la que le guardas un cochinillo si te llama un sábado... Eso no lo paga el dinero». El Jardín ha sido parte de la vida de los segovianos durante un cuarto de siglo. Vicente y Marisa colgarán el delantal definitivamente con el orgullo del deber cumplido y el corazón lleno de recuerdos.
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