Lo que más vale de este mundo

Llum Barrera, en el teatro Juan Bravo./A. V.
Llum Barrera, en el teatro Juan Bravo. / A. V.

Llum Barrera logra la complicidad del público del teatro Juan Bravo de Segovia en la función ‘La lista de mis deseos’

A. V.Segovia

Es una especie de ritual de religión; llega la noche del martes o la del viernes, la mañana del miércoles o la del sábado, y los ojos de muchos se van a los resultados del Euromillón, a ver si por una vez en la vida se ha producido un milagro que en el 99,9% de las ocasiones nunca se da. Pero da igual, se vuelven a invertir cinco euros semanales y vuelve la fe. Vuelven las listas de las compras imposibles, las casas y los coches y los viajes alrededor del mundo. Eso sí, siempre o en el 99,9% de los casos, acompañados. Porque no hay mayor tristeza que disfrutar de una lotería en soledad. Y eso; que lo que más vale del mundo no es el dinero, sino la lealtad a uno mismo y a los demás.

Lo vinieron a confirmar Llum Barrera y la obra la ‘Lista de mis deseos’ en la velada del sábado en el teatro Juan Bravo de Segovia. O su personaje, Martina. Es curioso, porque cuando una comedia llega porque toca puntos en las emociones de los espectadores que son compartidas con el protagonista de la obra, en las butacas, abajo y arriba, se dan, por momentos, murmullos inevitables.

Podría pensarse que tiene que ver con la mala educación o la falta de respeto, pero nada más lejos de la realidad. Son comentarios espontáneos, naturales, empáticos; que lo único que tratan es de advertir o de comparecerse con el o los protagonistas del espectáculo. Son como los aplausos que rompen fuera del protocolo. El sábado hubo varios momentos de murmullos, varias caras de compasión y unas cuantas sonrisas de lástima.

Y es que, básicamente, lo que Llum y Martina vinieron a contar fue que no hay manera de pagar por la amistad incondicional de alguien que te advierte de lo malo igual que celebra contigo lo bueno, ni hay forma de recopilar billetes que den lugar a la llamada de un hijo, ni hay dinero que valga para traer de vuelta lo que se lleva el alzhéimer, ni existe moneda de cambio para rascar hasta descubrir el amor verdadero de una pareja.

Durante cerca de una hora y media, Barrera se enfrenta a todas esas reflexiones sola, sin más ayuda que la de una taza de agua para aclararse la voz y una escenografía que a veces le otorgaba una pequeña pausa en forma de música o de cambio de luces.

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