Titirimundi espera sumar más de 50.000 espectadores a lo largo de cinco jornadas

La escalinata de San Martín, repleta de público durante una de las actuaciones de Titirimundi. El Norte/
La escalinata de San Martín, repleta de público durante una de las actuaciones de Titirimundi. El Norte

Solo en Segovia capital está prevista la celebración de 244 funciones de teatro de títeres

ALFONSO ARRIBASsegovia

Ha tomado aire. Como muchas familias, empresas y entidades (las que han logrado sobrevivir, claro), el Festival Internacional de Títeres de Segovia, Titirimundi, parece haber dejado atrás lo más duro de la crisis y en este 2015, en su vigésimo novena edición, asoma la cabeza por encima de la marca de años anteriores.

Lo hará, si el tiempo respeta, en número de espectadores, superando los 50.000 de la edición pasada. Porque son más compañías participantes (32), casi una treintena de espacios diferentes y más funciones programadas. Un Festival intenso concentrado en cinco jornadas, con un inicio pensado para el público local, coincidiendo con los días laborables y escolares, y un fin de semana que promete ser multitudinario.

Titirimundi engorda incluso una vez que se ha probado el traje. Dada la demanda de entradas en venta anticipada, a una semana escasa del pistoletazo de salida, la organización consiguió arañar nueve funciones más de las 234 previstas solo en Segovia capital apelando a la generosidad y al compromiso de las compañías.

El reto del Festival no es llenar aforos, que los llena con suficiencia, con antelación y presumiendo (o padeciendo, según se mire) de excedente. Podría crecer en duración, en número de escenarios, en extensiones dentro y fuera de España. El desafío es afianzarse como el escaparate al que el mundo escénico, desde los propios espectadores hasta los profesionales, incluyendo prensa, se asoma para descubrir qué hay de nuevo en el teatro de títeres y qué grado de vigencia siguen teniendo sus raíces.

Dice el director de Titirimundi, Julio Michel, que el hecho de que las entradas en venta anticipada se agoten tan deprisa como el hielo se deshace en el corazón de una hoguera demuestra que el público del Festival, sobre todo el de Segovia, conoce y entiende la oferta más allá de los prejuicios que pueda tener.

El teatro que propone el Festival segoviano va más allá del ámbito infantil de la marioneta. Se lleva a los niños a unos espectáculos pero para otros se les deja en casa. Tópico uno. Y el cartel de adulto no se cuelga por las mismas razones que encerraban aquellos viejos dos rombos (en ocasiones sí), sino porque son montajes cuyo proceso intelectual y cuyo resultado escénico son inalcanzables para las mentes tiernas. Tópico dos.

En derribar ambos muros, en protagonizar heroicamente la dignificación de esta variante escénica que hace reír, soñar y lastimarse, que provoca carcajada, inquietud, miedo y fantasía, en todo eso se empeña Titirimundi, con una edición, la de 2015, especialmente volcada en ese empeño.

Es una labor costosa, pero ni mucho menos nueva o advenediza. El resultado es que existe una generación de profesionales y aficionados al teatro en cualquiera de sus géneros o subgéneros, no necesariamente ceñidos a los títeres, que han descubierto o afianzado su vocación teatral alimentándose de las primeras ediciones del Festival como Rómulo y Remo bajo la Loba capitolina.

Casi nadie lo dice, pero gran parte del éxito de Titirimundi reside ahí: en la fidelidad, casi filial, de esa legión impenitente de espectadores atentos desde el invierno a los avances de programación; de las decenas de voluntarios que bombean entusiasmo en cada una de las sedes; de los turistas que repiten visita fascinados por la sorprendente fiesta epidémica y efímera en una sobria capital castellana.

 

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