Los senderos del aire

Montejo de la Vega de la Serrezuela abre sus caminos y veredas al Parque Natural de las Hoces del Riaza

Una d elas veredas que recorren las riberas del río Riaza en el Parque Natural./Óscar Costa
Una d elas veredas que recorren las riberas del río Riaza en el Parque Natural. / Óscar Costa
Miguel Ángel López
MIGUEL ÁNGEL LÓPEZSegovia

Son enormes, pero desde abajo no lo parecen tanto. Sus alas desplegadas son hermosas, y se extienden en los senderos del aire, caminos helicoidales apoyados en las corrientes ascendentes. Van y vienen. Salen de un alto del roquedo y van al otro lado, para volver al hueco, donde se posan para otear el valle. Altivos, con el pescuezo estirado. Son los buitres que reinan en este espacio protegido como parque natural y sus senderos son los del aire, paralelos a los de abajo, pero los conquistaron mucho antes de que los hombres hollaran las riberas del río Riaza.

Riaza queda lejos, más al sur, un poco más al oeste. La villa que quizá tomó el nombre del río Aza solo presta su apellido al paraje, parque natural por la espléndida geología de sus farallones y del cañón excavado hace milenios, por sus sendas del suelo mil veces pisadas y por las sendas de vuelo que marcan las alas de las rapaces. Las Hoces del Riaza son un lugar remoto. Quedan mucho más cerca de la burgalesa Aranda que de Segovia, y por su acceso en cierto modo aislado guardan lo que han tenido siempre. Las carreteras que conducen a Montejo de la Vega de la Serrezuela, la puerta del parque natural, son estrechas, tortuosas casi, para conducir sin prisa, para ir viendo el lugar donde se adentran. Un valle calizo que sobrevuelan los buitres, familias de una de las mayores colonias de Europa que conquistaron el roquedo, desde cuyas cimas, cuando están posados, otean el valle, cualquier atisbo de movimiento. Y levantan el vuelo ante cualquier ruido que no sea el murmullo de las hojas.

Puente sobre el río en el Parque Natural de las Hoces del Riaza.
Puente sobre el río en el Parque Natural de las Hoces del Riaza. / Óscar Costa

El espacio tiene una protección especial desde 1975, treinta años antes de que la Junta de Castilla y León lo declarase Parque Natural. Tuvo entonces el amparo del naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, y también el de Carlos Aguilera y el de Daniel Magnenat, y sus nombres, con los de los guardas Hoticiano Hernando y su hijo Jesús, están en las columnas rústicas del comedor de los campamentos de verano que compartieron con niños y jóvenes en la ribera de la Rinconada, bajo las rocas buitreras de Peña Portillo, al lado de uno de los puentes que cruza el Riaza donde se identifica el Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega de la Serrezuela. Sus espíritus permanecen allí, siguen las sendas del vuelo, y no resulta difícil imaginar por qué estos naturalistas quedaron marcados por la impronta del sitio.

Es otoño. Los bosquetes de ribera han ido dejando caer las hojas amarillas. Tapizan el suelo y las sendas, de arcilla en algunos tramos. El camino atrapa. La arcilla se agarra a las suelas, se pega. Como si el lugar quisiera que te quedes. No hay que salir de la senda; los carteles advierten de que no está permitido. Para no molestar a las aves. O a los corzos que, de improviso, saltan trepando por los taludes. Porque aquí los animales son los que prevalecen. Desde siempre. Fueron sus sendas las que siguieron los primeros hombres que caminaron por estas tierras.

Con los años y los limos, la ribera próxima a Montejo es fértil, crecen allí viñedos y frutales a lo largo de las sendas marcadas en los mapas. Son seis, todas de baja dificultad, para realizar distintos itinerarios, hasta la ermita del Casuar, en ruina pero aún un ejemplo del mejor románico rural castellano. O más allá, entre los árboles – chopos, fresnos y alisos, sabinas y encinas– y las piedras de los páramos que dan cobijo al río; si hay ganas y tiempo, hasta aguas arriba del embalse de Linares del Arroyo y la preciosa villa de Maderuelo.

Para conocer otras peculiaridades, como las cuevas del Búho, la Cazorra o la Murcielaguera, hay que ir con guía o guiado por las veredas, porque cuevas, pequeñas, medianas y grandes, se ven muchas, pero solo los de allí, quienes lo cuidan o quienes lo visitan con frecuencia, saben distinguirlas. Montejo de la Vega de la Serrezuela está lejos y cerca. Es un pueblo remoto, tierras del Cid y de Álvar Fáñez. Castilla interior, Segovia y Burgos. Merece llegar hasta allí para adentrarse en el cañón del Riaza. Para seguir las sendas del suelo y del vuelo.