Las ONG se preparan para recibir en Segovia a inmigrantes del barco Aquarius

Mohammed y Mustafá, nombres supuestos, señalan en el mapa sus lugares de procedencia. /A. de Torre
Mohammed y Mustafá, nombres supuestos, señalan en el mapa sus lugares de procedencia. / A. de Torre

Más de cien refugiados buscan una segunda oportunidad

CLAUDIA CARRASCALSegovia

Segovia es una ciudad apacible, tranquila, pero, sobre todo, segura para los más de un centenar de refugiados que residen en ella. La pérdida del miedo y la sensación de protección son los aspectos que más valoran y uno de los motivos por los que consideran cumplido su primer objetivo cuando llegan a la ciudad. Dejan atrás un largo camino en el que han sufrido todo tipo de vulneraciones de los derechos humanos, desde violaciones, abusos o tráfico de personas hasta asesinatos. «No huyen porque quieren, son personas que no tienen otra elección y es algo que la sociedad tiene que entender», explica una de las dos trabajadoras sociales del Programa de Refugiados de Cruz Roja en Segovia, Youssra El Owazzani.

Este proyecto comenzó a desarrollarse en junio de 2016 con doce plazas de acogimiento temporal, pero el incremento de demandas de asilo y protección internacional ha incrementado hasta 32 las plazas en seis viviendas, de las cuales cinco son de Cruz Roja y una cedida por el Ayuntamiento de Segovia. Además, cuentan con otras dos plazas para emergencias. No obstante, el número de refugiados que hay en la ciudad es superior. Una parte importante se encuentran en la segunda fase, es decir, con ayudas, pero en pisos alquilados por ellos mismos o en la tercera, cuando solo reciben ayudas económicas puntuales.

La duración total del programa es de 18 meses, prorrogable hasta los 24 en caso de personas de extrema vulnerabilidad como embarazadas, menores de edad o mayores de 65 años. En estos momentos, el programa atiende a 43 personas de doce nacionalidades. Veintidós preceden de Venezuela, cinco de Siria, tres de Honduras, dos de Haití, dos de Ucrania, dos de Colombia, dos de Turkmenistán, dos de Pakistán, uno de Camerún, uno de Afganistán, uno de Palestina, uno de Mali y otro de El Salvador. Aunque desde la puesta en marcha del programa la Cruz Roja ha atendido a 81 personas, 35 mujeres y 46 hombres.

La otra ONG, Accem, se ha encargado del respaldo de 60 usuarios desde octubre del año pasado, 36 en la primera fase del programa y a 24 en la segunda. También en este caso las nacionalidades son diversas: de Siria, Ucrania, Colombia, Venezuela, Honduras o El Salvador.

En Cruz Roja se encargan de este programa dos trabajadoras sociales, dos educadores y siete personas dedicadas a servicios transversales como el jurídico, el psicológico, traducción e interpretación o aprendizaje del idioma, tarea de la que también se encarga el personal voluntario.

En tres fases

El primer paso es hacer una evaluación de la situación personal y un plan de intervención en el que se marcan los objetivos y herramientas para conseguirlos. Por eso, si no saben castellano un curso intensivo de cuatro horas diarias es imprescindible para que puedan integrarse y tengan oportunidades de acceder al mercado laboral.

En esta primera fase, Cruz Roja les proporciona, gracias a la subvención estatal, la manutención, dinero de bolsillo, productos de farmacia y otras ayudas concretas para transporte o necesidades sanitarias. Además, imparte unos talleres obligatorios de contextualización social, derechos y deberes, salud, alimentación, género e igualdad para evitar el gran choque cultural que se produce a su llegada y que, según El Owazzani, les puede ocasionar problemas con la sociedad.

La parte más difícil del proceso suele llegar a los seis meses, cuando concluye la primera fase y deben de encontrar una vivienda que pagan con las ayudas que les otorgan. «Es una barrera que todavía cuesta muchísimo superar por racismo y por el miedo de los propietarios a no recibir el alquiler», advierte. Aunque reconoce que es una desventaja para acceder a una vivienda que no tengan un contrato laboral, El Owazzani asegura que el respaldo de Cruz Roja es fundamental y garantiza el pago en tiempo y forma del alquiler. Afirma que hasta ahora el cien por cien de los refugiados que han participado en el programa han encontrado trabajo durante el proceso o al finalizarlo, lo que también es una garantía.

La búsqueda de empleo tampoco es tarea fácil, ya que las oportunidades laborales en Segovia son limitadas. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los profesionales del programa tratan de buscar cursos de Formación Profesional con prácticas que incluyan un compromiso de contratación para facilitar el trámite. La hostelería es el sector que más empleo ofrece a estas personas, que previamente han realizado un curso de cocina o de servicio, y también en comercio, peluquerías o jardinería han encontrado sus primeros empleos en Segovia.

Nuevos vecinos

La institución humanitaria ahora trabaja a contrarreloj y trata de agilizar los procesos para dejar libres el máximo número de plazas ante la previsión de que puedan llegar varios refugiados procedentes del barco 'Aquarius', que atracó en el puerto de Valencia el domingo. Aunque por el momento se desconoce el destino de los 629 refugiados, El Owazzani confirma que existen posibilidades de que alguno ocupe una de las diez plazas disponibles en la ciudad, y que se elevarán a quince en los próximos días.

«El trato y el procedimiento será el mismo que con el resto de refugiados», aunque son personas que requieren una atención integral. Por eso, lo primero será detectar vulnerabilidades, pues es previsible que muchos hayan sido víctimas de redes de trata de personas o de violencia de género, explica.

Después los profesionales de la organización trabajarán su empoderamiento y tratarán de crear y reforzar sus vínculos para que puedan superar las situaciones dramáticas a las que han tenido que enfrentarse. Durante los primeros días también se incorporarían a las clases de castellano con el resto de compañeros.

A este programa solo pueden acceder los solicitantes o beneficiarios de protección internacional, personas que, según El Owazzani tienen una pesada mochila e historias espeluznantes. Desde gente que llega desde Venezuela amenazada de asesinato por la inestabilidad política del país, o mujeres africanas que han sido violadas y que han experimentado un proceso migratorio muy largo y extremadamente duro.

El viaje también ha sido largo para la mayoría de los que llegan desde Afganistán o Pakistán: atraviesan media Europa, sin saber ni donde están guiados por mafias que les oprimen y encierran en zulos hasta que logran alcanzar su libertad. Mientras que los refugiados sirios anhelan una vida sin miedo a la guerra, lejos de las bombas y las armas, pero también fuera de los campos de refugiados en los que en muchas ocasiones tienen que vivir durante décadas.

El problema es que los trámites administrativos siguen siendo muy lentos y las solicitudes de protección internacional están estancadas. «Estamos llegando a una situación en la que se está negado la vida a personas de extrema vulnerabilidad», lamenta la trabajadora social.

Insiste en que ni la ciudadanía ni las administraciones pueden cerrar los ojos ante esta situación: «Todos tenemos la obligación moral de ayudar». No obstante, ante el incremento del número de personas en riesgo extremo, defiende que se impulsen intervenciones en los países en conflicto para frenar las guerras y erradicar las mafias, dejando a un lado los que ha calificado de «poderosos intereses económicos».

Considera, por otra parte, que la sociedad también puede aportar su granito de arena a través de su participación en el programa de atención a refugiados de Cruz Roja, ya que en Segovia son muy necesarios los voluntarios para impartir clases de castellano a las personas que llegan.

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