Pinilla Ambroz, de refugio estival de intelectuales a pueblo semiabandonado

Vecinos y residentes en verano, en una de las calles de Pinilla Ambroz con el alcalde pedáneo, Juan José de Frutos./Eva Esteban
Vecinos y residentes en verano, en una de las calles de Pinilla Ambroz con el alcalde pedáneo, Juan José de Frutos. / Eva Esteban

Después del verano, la veintena de arquitectos y artistas que revitalizan la aldea en busca del «silencio inspirador» regresan a sus ciudades

EVA ESTEBANPinilla Ambroz

El balido de las ovejas camufla el silencio que, desde hace décadas, reina en el pueblo. Desde lo alto de Peña Pinilla, el otero de grandes dimensiones a casi mil metros de altitud que da nombre al caserío, la vista es espectacular. Se divisan las sierras de Guadarrama, Somosierra y Gredos y la vasta extensión de la meseta castellana, que nace en las faldas del Sistema Central. La 'Peña' es la seña de identidad de Pinilla Ambroz, una pequeña pedanía segoviana que pertenece al municipio de Santa María la Real de Nieva desde 1969. La soledad pasea por sus calles de cemento muchos meses al año. Pero en verano cobra vida. Un grupo de profesionales y artistas descubrió el pueblo hace años y allí descansan y se inspiran con el calor estival de la meseta.

En esa burbuja de casas adosadas de piedra y hormigón han vivido durante decenios (o siglos) más de medio centenar de familias. En la actualidad, a pesar de que se encuentra a apenas treinta kilómetros de la capital segoviana, menos de veinte personas habitan de forma regular durante todo el año en la pedanía. De hecho, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2017 había 29 personas censadas.

Un día, hace ahora veintiún años, una médica argentina retirada, Susana Sparacino, llegó a Pinilla Ambroz «por casualidad». Nada volvió a ser lo mismo. Fue la primera en descubrir el pueblo y, tras ella, una veintena de arquitectos, artistas, abogados y médicos extranjeros. Todos siguieron su estela y contribuyeron a repoblar la aldea. «Quería un pueblo para mis hijos porque eran los únicos del cole que no tenían uno. En un primer momento nos fijamos en una casa de Aragoneses, pero no me convenció y dijimos 'vamos a dar vueltas', y no sé cómo caímos aquí», recuerda Susana.

Su socia de la consulta médica que compartían le acompañó durante la búsqueda, pero el sitio no le convenció. A ella sí, Susana Sparacino tuvo claro desde el primer momento que Pinilla era su sitio. Fue «pisar tierra» y no querer marcharse «nunca más».

«Llegué sola, con mis dos niños pequeños, y todo el mundo me decía que estaba loca, pero mis hijos lo pasaron francamente bien y para mí levantarme, salir y pisar tierra es un lujo, me recuerda a mi pueblo de Argentina», argumenta. Cuando llegó, dice, «no había nada».

Dos años después, se puso en marcha en el pueblo una casa rural. «Trajo mucha vida al pueblo los fines de semana, no solo en verano, sino también durante todo el invierno», incide Sparacino. El establecimiento continúa abierto y su gerente se muestra satisfecha por la evolución que ha experimentado el pueblo. Afirma Esther Tejedor, responsable de la Casa Rural Camino del Prado, el único negocio activo en la actualidad en la pedanía, que «han rehabilitado casas que estarían caídas».

Inseparables

Sparacino fue la primera en llegar. Poco a poco, «a través del boca a boca y de las recomendaciones», continuaron llegando otras veinte personas que venían de Colombia, Argentina, Francia, Suiza, Estados Unidos e Italia. «El ambiente que hemos creado es maravilloso, tanto entre nosotros como con la gente del pueblo, que siempre nos han tratado muy bien», apunta Sparacino. Los nuevos vecinos han formado un «inseparable» grupo de amigos con gusto por «la cultura, las curiosidades y aprender».

En el invierno, cada uno retorna a su residencia habitual. Pero el verano es «muy especial, y más en un lugar tan bello como Pinilla».

«Hemos creado una especie de hermandad, y en verano tenemos una especie de rito, caminar todas las tardes para visitar los parajes de alrededor. Además, prácticamente todos los días tenemos una cena, aperitivo o comida en alguna de las casas», explica el colombiano Ignacio Gómez Pulido, fotógrafo y escultor residente en París desde hace más de cincuenta años. Llegó hace diez a Pinilla. En busca de la tranquilidad y el «silencio inspirador» gracias a la recomendación de Aníbal Alfaro, arquitecto en Harvard Square durante treinta años.

«Me dijo Aníbal que había comprado una casa en ruinas. Vine a verla y me sedujo el sitio, todo el aspecto físico, el ambiente... Se presentó esta oportunidad. Eran cuatro muros y un tejado caído, y ahora es mi casa», subraya con orgullo.

Acostumbrado al «ritmo frenético de vida» de París, Ignacio Gómez espera cada año con gran anhelo que llegue el verano. «El ritmo es completamente diferente, pero eso es lo que me llama la atención. Si uno se despierta es porque no hay ruido».

El pueblo que no tiene bar

Todos coinciden en un aspecto: la tranquilidad que se respira en Pinilla Ambroz es el «principal factor» para pasar tanto tiempo allí. «El pueblo ha evolucionado mucho. Nos hemos hecho buenos amigos, y el trato con la gente del pueblo también es bueno. Ahora hay más casas rehabilitadas, más vida en verano…», indica el pintor catalán Fernando Texidor. Asegura que «un poco de silencio está bien», pero matiza que «no siempre».

El artista reconoce que Pinilla es una gran fuente de inspiración para él, centrado ahora «en ver cómo mis obras pueden evolucionar hacia la escultura, y en parte es gracias a esta calma que tenemos aquí», sonríe.

Pinilla Ambroz ha resistido al paso del tiempo. En parte por la despoblación, por la marcha de sus vecinos más jóvenes en busca de oportunidades. Muchos del entorno lo conocen como «el pueblo que no tiene bar», pero cada verano luce una imagen más renovada y «con más vida».

Casi coincide este repunte de la población del pueblos con el periodo que hay entre las dos fiestas principales, San Juan Bautista, el 24 de junio, y San Ramón Nonato, el 31 de agosto. Y al menos este retiro temporal de los intelectuales llena el pueblo en los meses de estío.

Es lo que dice el alcalde pedáneo, Juan José de Frutos. Agradece a este grupo de veteranos intelectuales que escogieran Pinilla Ambroz como lugar de refugio y descanso. Porque su presencia y las casas que rehabilitan dan vida al pueblo, siquiera en los meses de verano, y rompen la monotonía de las estaciones más frías. «Nos llevamos muy bien entre todos y, además, han levantado muchas casas que se estaban cayendo», explica el alcalde.

Luego, ahora, retornan a sus lugares de trabajo. Pinilla Ambroz queda de nuevo en soledad, algo más animado algunos fines de semana. Hasta que pasen los meses fríos y, con el calor del verano, regresen todos. Para que compartan paseos y, durante unos meses, den nueva vida al pueblo y calor a los vecinos.