Los nietos del pueblo saharaui

Los niños saharauis que este año participan en el programa Vacaciones en Paz, hace unos días, a su llegada a Segovia. /Antonio de Torre
Los niños saharauis que este año participan en el programa Vacaciones en Paz, hace unos días, a su llegada a Segovia. / Antonio de Torre

La asociación segoviana amiga de la antigua región española pide respuestas a un problema enquistado y repasa la experiencia de los niños del programa Vacaciones en Paz

Luis Javier González
LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Mbarca huyó de la guerra. Su hija, Mantu, fue una de las primas niñas saharauis en llegar a Segovia, en 2002, y su hijo Matala llegó hace diez días a Segovia. El pueblo que un día fue provincia española va acumulando generaciones en el exilio cuatro décadas después porque los bisabuelos de Matala fueron los primeros en hacer las maletas. Los niños desembarcan cada verano en la avenida del Acueducto, punto neurálgico donde exponen sus jaimas como muestrario de su precaria pero orgullosa vida en el desierto. La Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de Segovia les da un respiro estival desde 1997 y apoya su causa.

La asociación habla de una «catástrofe política» del gobierno de Arias Navarro, el último del franquismo, por entregar la región del Sáhara a Marruecos y Mauritania en 1975. Al poco de marcharse la delegación española, las tropas y colonos ocuparon el territorio en la Marcha Verde y desplazaron a la población local, que emigró en un buen número a Tinduf, una jamada cálida y abrupta en el sur de Argelia en la que llevan asentados más de cuatro décadas. Por ello, el grupo segoviano incide en la responsabilidad que la ONU pide a España como metrópoli y en un referéndum de autodeterminación. «Se les llena la boca de españolidad pero aquella fue una traición al estado español porque era una provincia. Es como entregar Segovia a otro país», critica Aurelio Quintanilla, uno de los fundadores.

El grupo está federado con otras asociaciones homónimas en defensa del pueblo saharaui a lo largo de Castilla y León y del resto del país. Fruto de ellos son campañas como el apadrinamiento de presos como Mohamed Bourial, condenado a 30 años por su participación en el campamento de Gdeim Iizik, en El Aaiún, desmantelado en 2010 por las fuerzas marroquíes. El presidente de la asociación segoviana, Javier Moratalla, relata que su función de padrino es escribir cartas, tener contacto con ellos y sus familias –tiene mujer y dos hijos– o transmitir el apoyo, «que no están olvidados de la mano de Dios». Juzgados en primera instancia por un tribunal militar, otro civil revalida una condena mayúscula para alguien que, asegura en su testimonio, no iba armado.

La asociación fue fundada en 1991 por Luis Yuguero, de Carbonero el Mayor. Había dos preceptos. «En el terreno político, queremos conseguir que se haga el referéndum y no dudamos en organizar lo que sea, desde charlas a manifestaciones [todos los años hay una en Madrid] para exigir al Gobierno que cumpla con sus deberes. Concienciar a la gente para que cuando se tomen decisiones políticas sepa que este tema también nos incumbe», explica Aurelio. El segundo precepto es la ayuda humanitaria a la población saharaui en el exilio. «Esta parte es más llamativa y visible, pero nos empleamos en la medida de lo posible en los das».

El saharaui es un pueblo políglota que aprende el español en los campamentos y domina la 'hassanía' –su dialecto árabe–, francés e inglés. Hablan de una de las regiones de África con mayor índice de escolarización, requisito indispensable del Frente Polisario, que gestiona los campamentos. Fueron las mujeres las que levantaron esas comunidades en la zona más deprimida del desierto argelino, pues los hombres combatieron desde 1975 a 1991. Hicieron las primeras tiendas con sus 'melfas', un vestido de tela de unos cuatro metros, hasta que se consolidaron las jaimas o las construcciones de adobe, más vulnerables ante la lluvia, infrecuente pero muy dañina. El papel luchador de la mujer, auténtica gestora de los campamentos, en la sociedad saharaui está consolidado y su representación política está por encima del 33 por ciento. Aunque lleven allí 44 años, es para ellos un refugio provisional porque no renuncian a su derecho a volver.

El programa Vacaciones en Paz cumple 40 años en 2019. Desde los primeros asentamientos en Tinduf, un grupo reducido en torno al centenar de niños salía hacia la costa argelina. Con el incentivo de las madres, el Frente Polisario y el Partido Comunista de España gestionaron la primera delegación hacia España en 1979, rumbo a Cataluña, Madrid o Valencia, para pasar los dos meses de verano. A mediados de los 80, surgieron asociaciones en diferentes lugares del país. Segovia se sumó al carro en 1997 y acogió entonces a una veintena de niños. Ya antes, en 1995 visitó la ciudad un grupo que pasó el verano en León.

Con la coordinación estatal, la asociación segoviana habló con familiares y conocidos para añadirles al programa. Uno de los principales motivos para sacar a los niños –en principio de 8 a 12 años– de los campamentos es protegerles de temperaturas que el pasado verano alcanzaron los 58 grados. Ello, unido a que no sobran causas humanitarias en el continente –la crisis en Malí afecta especialmente al sur de Argelia– y la ayuda es limitada. De regreso a Tinduf hay mucho licenciado que aprovechó sus salidas para formarse en otros países como Cuba. «Siempre hemos procurado que estén el mayor tiempo posible con las familias, pero también que haya dos o tres actividades en común para que no pierdan el contacto entre ellos y hablen un poquito de 'hassanía'», explica Aurelio. Además de recepciones en distintos ayuntamientos, han jugado al fútbol, montado en las piraguas del Duratón o aprendido a pescar truchas.

Javier y su esposa, Isabel González, una historiadora sensibilizada con el caso saharaui y con un padre militar que estuvo allí, se apuntaron al proyecto tras ver un pequeño anuncio en las páginas de agenda del periódico. Han acogido a 12 niños desde que en 2001 tuvieron a Gala y a Mayidi, al que apodaban el jeque del desierto. «Él nos decía que cuando Sáhara fuera libre su padre iba a ser presidente e iba a mandar un avión para recogernos», recuerdan. Gala demostró ser una máquina en cálculo mental.

Para un pueblo que vive en el plano, una escalera puede ser diabólica. Uno de los años que fueron a recoger a la comitiva de niños a Barajas, los baños de la planta baja estaban colapsados e Isabel se les llevó al primer piso del aeropuerto. «Cuando vieron las escaleras, dijeron que no. Y subieron a gatas». Después, bajaron por sus propios medios. Un pueblo tan abierto, el miedo a la oscuridad y a los espacios pequeños es natural. Tampoco les gusta nada el ascensor y les impone el agua corriente. «Las cosas han cambiado porque en los campamentos ya hay alguna televisión o internet. Van viendo cosas».

Javier lleva viajando a Tinduf anualmente desde 2003 e ilustra un cambio «del día a la noche». La relación entre la familia natural y la de acogida se mantiene. La asociación hace una campaña en primavera para congregar familias. Cuando hay candidatos, la asociación hace una entrevista informal. «Les ponemos en sobre aviso de que esto es un problema político». El siguiente paso es convertirse en socios del grupo segoviano, que se autofinancia con su centenar de socios –son 60 euros al año– y apenas cuenta con una pequeña subvención municipal. La familia se encarga de la manutención y la familia cubre el viaje. En función de las familias de cada verano, el Frente Polisario asigna tantos niños o alguno más. El diagnóstico es que el número de familias no satisface la demanda de niños. Aunque a principios de siglos hubo máximos de 34 menores, la crisis ha hecho mella y el grupo lleva ya varios años por debajo de 20. «En toda España, caímos a la mitad. De 10.000 niños caímos a menos de 5.000», relata el presidente. La cifra se mantiene estable en los últimos años, pero no repunta. Segovia tiene en julio y agosto a 13 niños alojados con 12 familias. Además de la crisis, echan en falta más visibilidad. «Y que ha habido más problemas. La gente se interesa también por otros refugiados que no tienen que ver con el Sáhara. Hay más cosas en las que pensar», añade Aurelio.

Cuando ha habido baja demanda de familias, algunas han llegado acoger hasta tres niños. Su aprendizaje es encomiable. «Siempre dicen, 'yo sabe', ya sea montar en bici o nadar. Son muy intrépidos», perfila Javier, que trabajó como guarda forestal. Hay tiempo para todo, también para que completen en el ordenador todo tipo de ejercicios educativos. «Aprender español es algo que puede tener mucho valor. Nos sabemos lo que les va a deparar», añade Isabel. Triunfan las actividades acuáticas. A las niñas les cuesta acostumbrarse al bikini y las fotos, que después verán sus abuelos, deben ser muy cautas con ciertos detalles. Es más habitual que los niños incidan más en la parte religiosa, aunque hay grados de devoción. Los campamentos anuncian por megafonía el momento de rezar –cinco veces al día– e Isabel se trajo a Segovia una pierda original que les permite evocar. Aunque las familias siguen consumiendo cerdo, buscan una alternativa para el invitado.

Terminada la estancia, llega un proceso de luto en las familias. «Cuando vienen, suelen llorar los niños. Cuando se van, suelen llorar los padres», resume Aurelio. Todos han vivido las llantinas de finales de agosto en la explanada de la Fuencisla al verles marchar. Detrás, todo un aprendizaje de un pueblo que enfrenta su circunstancia. «Nos han enseñado a reírnos muchísimo», agradece Javier. Su esposa destaca su generosidad: «Te ofrecen lo poco que tienen y están muy pendientes si estás alicaída. Fue Gala, cuando estaba malita por la boca, la que me decía a mí que me tranquilizara, que no pasaba nada». Es la huella generosa de un pueblo que reivindica su hogar, a tan solo 150 kilómetros de Tenerife. «La gran preocupación de las madres cuando ibas a la mili era que te tocara en África. Así que todo el mundo sabía que existía el Sáhara», subraya Aurelio. El reto de la asociación es que la memoria colectiva no lo olvide.