«Tenía miedo de que me devolvieran, de cogerles cariño y tener que regresar al centro»

Andrea Juberías con su familia de acogida en su domicilio de Segovia. /Antonio Tanarro
Andrea Juberías con su familia de acogida en su domicilio de Segovia. / Antonio Tanarro

Andrea Juberías fue acogida por una familia segoviana cuando tenía 13 años. A finales del año pasado eran 28 los niños que estaban en la misma situación en la provincia

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

La vicepresidenta de la Asociación de Familias de Acogida de Segovia, Ana Marugán, reproduce una pregunta habitual respecto a los niños que buscan un hogar: ¿Son de aquí? «Son de tu barrio, vecinos de tu amigo del colegio que no pueden atender a sus hijos. Existen». Se refiere a ellos como «niños invisibles» y apela a una cultura de acogimiento. A finales del año pasado había 28 menores en familias de acogida en la provincia de Segovia, cifra que dobla con creces y casi triplica los 11 que había en 2012, según datos de Cruz Roja, que gestiona las acogidas junto a la Junta de Castilla y León. El número de familias disponibles también ha aumentado: 28 el año pasado respecto a las 20 de hace siete años. El dato refleja un avance insuficiente, pues hay 11 adolescentes que no encuentran familia. «Los centros de Segovia están completos y hay gente en lista de espera. La administración tiene que trabajar mucho más para el acogimiento», afirma Ana Marugán.

La asociación surgió en 2011 en defensa de los derechos de los menores y para promocionar el acogimiento. «Tienes que tener muy claro lo que es el acogimiento. Es un menor que viene temporalmente a tu casa y nunca es tu hijo. Tú cumples una misión, evitar que crezcan en un centro. Y les das todo para que lo hagan en una familia, pero la Administración decide», explica Marugán, de 45 años. Esta terapeuta ocupacional buscaba un giro en su vida. Se informó, pues desconocía si una familia monoparental podía entrar en el programa.

Cada familia expresa si está preparada para casos concretos, desde bebés, adolescentes, hermanos o menores con necesidades especiales o enfermedades. Ana se mostró dispuesta a esta última opción, los grupos que más dificultades tienen para encontrar un hogar. En muy poco tiempo, le propusieron a un niño de siete años que tenía un retraso madurativo en acogimiento simple –la Junta debe decidir su caso antes de dos años– y que ahora es adolescente y está ya tutelado por ella. «Si no, lo alargas demasiado. La incertidumbre les genera muchas dificultades emocionales, se desarrollan mucho más tarde». En las primeras tomas de contacto fueron a jugar al fútbol; tras pasar su primera noche en su nuevo hogar, el pequeño se despertó muy asustado. «Llegan con mucho miedo, están pegados a ti porque es como si empezasen su vida de cero. Les genera mucho miedo que te vayas y no vuelvas».

Conocer los antecedentes es clave. «Los menores son retirados de los padres porque en algún momento se ha producido una negligencia en su cuidado», resume la vicepresidenta de la asociación, que cita casos de maltrato, abuso, alcoholismo o problemas psicológicos de los padres. La ley trata de evitar que el niño entre en un centro y prefiere, una vez detectado el caso, que pase de una familia a otra. Prohíbe que pasen por un centro si son menores de seis años, aunque en la práctica no siempre se consigue evitar. «La gente tiene que entender que hay muchos niños en centros, y las administraciones, que los menores en España están demasiado institucionalizados. Hay que trabajar para que salgan y buscar familias como sea. No hay cultura de acogimiento, pero la administración tiene a veces familias que no están acogiendo», explica.

Su madre biológica sufre esquizofrenia: «No situaba la realidad, no tenía dinero para mantenerme y a veces me pegaba»

Los enormes ojos verdosos de Andrea Juberías poseen una mirada vivida. En parte, es la prueba de su madurez acelerada para sobreponerse a las circunstancias. Al acoso escolar, a la etiqueta de «la hija de la loca de Parla» porque su madre biológica sufre esquizofrenia. A sus 19 años, puede presumir de haberse hecho a sí misma y del cariño de una familia infinita. Andrea vivó desde pequeña con sus abuelos maternos porque su madre tenía crisis constantes. Cuando falleció su abuela –tenía ocho años– se fue con su progenitora y la pareja de esta. «Estuvo dos años estable, pero lo dejó con su pareja, recayó, no trabajaba, no tenía dinero para mantenerme, a veces me pegaba... No situaba la realidad, no era una situación para que una niña estuviera con ella», recuerda la joven. Se trasladaron a San Miguel de Serrezuela, un pequeño pueblo abulense de poco más de 100 habitantes donde había vivido con sus abuelos. Su madre no le dejaba ir al instituto y los servicios sociales empezaron a vigilar la escolarización. En sexto de Primaria solo fue tres días a clase; al tercero, se la llevaron a un centro. De repente, Andrea se levantó un día en su cama y durmió esa noche en un centro de Ávila, solo con su mochila a cuestas. Tras ducharse, le dieron unas chanclas de piscina en forma de zuecos. «Yo miraba lo desgastados que estaban para saber cuánto me iba a quedar allí». Su adaptación fue muy buena; desde la ducha a la comida –no solo en cuanto a menú sino en cantidad– o la relación con los compañeros, una treintena, distribuidos por edades en dos chalés.

¿Entendía por qué estaba allí?

«Sí. Porque antes decía, 'jopé, tengo que estar aguantando a esta mujer [por su madre] hasta los 18'. Pero quería volver, no exactamente con ella porque a veces me daba miedo [en una ocasión la Policía le preguntó si se atrevía a estar con ella], pero sí a mi entorno». Estuvo tres meses en el centro. Tras una visita fallida de su madre, optaron por una familia de acogida. «No me gustaba la idea porque había niños que habían estado con familias y luego habían regresado al centro». El día después de su decimotercer cumpleaños ya tenía destino, una familia segoviana que ya ha acogido a seis niños: Nuria Tapias y Juan María Galán tienen actualmente a Andrea, Yeray y Manuel. Entonces se encontró con Andrés, un hermano cuatro años mayor, que le dio el vacile de bienvenida en una sala de Cruz Roja: «Como no eres del Barça, te vamos a pegar». Se fue la técnica y el chico ahondó: «Bueno, ya te podemos pegar». Una semana después comieron en un chino de Ávila y se volvió con ellos a Segovia para la semana de pruebas.

Durmió en una habitación rosa, un color que no le gusta nada –desde hace dos años es azul– y sobre la estantería siguen los mismos libros. En el segundo día ya se vio en un cumpleaños de su padre con una barbacoa mutitudinaria. Tras la experiencia, la satisfacción fue mutua. «La gente no quiere adoptar a una chica de 13 años, quiere niños pequeños. Tenía miedo de que me devolvieran, de cogerles cariño y volver al centro». Andrea debía repetir curso tras su último año en Ávila y acabó dando importancia a sus estudios. «Como llevaba tanto sin ir a clase, me costó volver a ponerme, pero ya me dije, si no estudio a ver qué hago yo con mi vida», dice, y desde entonces ha ido a curso por año, superó el 7 de nota media en Bachillerato y estudia Magisterio.

La relación con su familia biológica no es fluida. Unos de sus tíos dejó de venir porque ella no quería ver a su madre; otro se gastaba el dinero para ir a verla en otras cosas. Ha visitado dos veces a su madre, la última en Navidad. Admite que no fue con mucha ilusión. «Yo lo entiendo, lo que hace es justificarse. Pero a mí eso ya me da igual, tengo mi vida hecha. Todo el rato hablaba del pasado», declara. Andrea no conoció a su padre hasta hace cuatro años y ella marcó distancias, igual que haría con su progenitora. «No me gustaría sentirme agobiada».

Andrea tiene un futuro y un hogar para siempre. «Hay momentos en los que te acuerdas de lo que has vivido, pero si quieres ser alguien en la vida no puedes seguir mirando al pasado». ¿Qué mensaje daría a un niño que está en un centro? «Que no esté triste ni se preocupe, que si le acogen va a estar muy bien y va a salir adelante. Que se preocupe por los estudios y no piense en cuándo va a salir». ¿Y un mensaje para una familia que no haya acogido? «Hay muchos niños en centros que necesitan el cariño y el amparo de una familia, aunque no sea la suya. Y es una experiencia muy gratificante».

Hay más de 13.000 niños en España que viven en centros «No hay una política real para sacarlos», lamenta Marugán. «Cuando salen del centro con 18 años ya no hay nada, te vas a la calle. Supone más trabajo, pero somos mucho más beneficiosos. Nuestros niños tienen alguien para toda la vida». Y todo esto, en un país donde la edad media de emancipación está en los 29 años. En esta ecuación, cuanto antes encuentren un hogar, mejor, porque el rechazo se cronifica. «Si no hacemos un trabajo rápido de sacar a los más pequeños, se van quedando en centros y es muy difícil encontrar familias para los adolescentes».

La vicepresidenta de la Asociación de Familias de Acogida de Segovia apunta que los requisitos son «casi inalcanzables» –habla de entrevistas «muy duras» y de exigir un perfil casi profesional en los padres de acogida– y el procedimiento no les da los recursos para cumplirlos: «No creo que exista una familia adecuada, son familias que tienen que estar preparadas para cambiar, evolucionar y adaptarse al niño. Porque nadie está preparado para el acogimiento».

Intermediación

El menor se relaciona con los padres biológicos a través del Punto de Encuentro, un ente administrativo intermediario que ejecuta el régimen de visitas. «Las familias tienen que conocerse desde el principio. El menor necesita saber que sus padres biológicos le dan el permiso de estar en esa casa y que tú respetas que ellos tienen su sitio», comenta la terapeuta. Ante este conflicto de lealtades, los psicólogos incluso recomiendan que el menor ponga en la casa de acogida una foto de los padres biológicos. La asociación pide más recursos para familias que no dejan de ser voluntarias. «Son situaciones que te pueden sobrepasar». Por ejemplo, los niños buscan el amor incondicional. «Provocan situaciones para comprobar que esa familia te va a querer hagas lo que hagas», dice. Ante un futuro incierto, su etapa educativa es muy complicada. Sin esa figura de apego que supone una madre, el niño siente una inseguridad permanente. «Hay chicos que han visto la verdad demasiado tarde, un niño no entiende los motivos que tenemos los adultos para decir que su padre lo hacía mal», aclara.

«En Cruz Roja estamos desbordados, faltan muchos recursos»

El programa de acogimiento familiar nace para evitar que los niños que van a ser retirados de su familia entren en centros o residencias. La Junta de Castilla y león gestiona los expedientes de los menores y toma la decisión; ya sea una adopción directa o el acogimiento. En este caso, la Gerencia de Servicios Sociales hace la propuesta y Cruz Roja busca la opción más compatible. «Nos da un poco lo mismo que se hayan apuntado hace un mes o tres años, miramos las necesidades del menor», explica la coordinadora para familias de acogida de Cruz Roja en Segovia, Rosa Henar Burgos. Por ejemplo, aceptar a grupos de hermanos, mantenerles en el mismo colegio o atenciones especiales.

La familia interesada se pone en contacto con Cruz Roja para una primera entrevista informativa. Después, participan en un curso de formación grupal de al menos 12 horas que trata la relación con la familia biológica, las características de los niños –desde bebés a adolescentes, pues el acogimiento se puede prolongar hasta los 21 años–, qué situaciones puedes haber vivido para llegar a estar tutelados y un momento clave como la despedida. «Se trata de normalizar y quitar estrés. Decir al niño, vas a formar parte de nuestra vida hasta que puedas volver con papá y mamá». Después, habría una entrevista personal para conocer fortalezas y debilidades de la familia: «Somos los responsables de dónde vamos a meter al niño».

El aspecto económico depende de cada circunstancia. La Junta establece unos baremos pero hay flexibilidad en función de cada circunstancia. «No hay dos familias iguales, como no hay dos niños iguales. No se paga a las familias por acoger, es un voluntariado intenso. Y esa disposición ya es mucho. No solo es meter al niño en tu domicilio, sino en tu vida y en la de tus seres queridos».

En una situación tan compleja, el apoyo psicológico es esencial. ¿Hay suficientes profesionales? «Faltan recursos, está claro», explica la responsable de Cruz Roja, encargada de la difusión y de todos los seguimientos de los menores. En Segovia cuentan con una jornada completa y una de diez horas.

«Estamos desbordados no, la siguiente palabra que se te ocurra. Hay falta real de recursos. Cuando se saca una ley muy buena para sacar a los niños del centro, porque no son culpables, les hacemos otro maltrato más, tenemos que dotarla de recursos». A eso se añade la necesidad de terapia psicológica; Segovia y Ávila comparten a nivel regional el mismo psicólogo a jornada completa para todos los niños de acogimiento y residencia. «Hablan los números». Además de ser más beneficioso, es más barato para la administración que los niños estén en familias. «Creemos que cuesta unas tres o cuatro veces más que estén en un centro. El gasto de todo el personal y es elevado. ¡Es que a las familias no se las paga!».

Por ello, resulta crucial el apoyo psicológico y la asociación lamenta que haya niños en lista de espera. «Eso no puede ser. Hay casos que veías que iba a pasar algo porque esto no se puede gestionar solo. Y claro, luego diles que vuelvan a acoger». Más dinero en los presupuestos y más psicólogos –habla de un técnico por cada 15 casos– para sacarles de los centros y llegar a la familia biológica. «Si no les ayudas a entender por qué se lo han retirado, ellos piensan que se lo has quitado. Que vean sus errores y que son subsanables». Y por último, la despedida, un trance que depende del destino del niño y de la relación con los padres o la familia adoptiva, como indica Ana: «Es un luto emocional. Nosotros aceptamos que se tienen que ir, pero depende de si recibes información. Cada vez más entienden que esa familia previa forma parte de su vida».

Por el camino quedan fotos eternas, como las expuestas en una muestra que la asociación ha llevado a la Casa de la Lectura de Segovia o a La Granja. Porque su veredicto es claro: el acogimiento compensa, sin ninguna duda. Y Ana se enorgullece cuando ve al adolescente que acogió hace casi una década reírse a carcajadas. «No sabía, ni aunque le hicieras cosquillas. No era una risa de verdad». La sonrisa la da un hogar.