«Llevo el botón rojo todo el día y es una cosa muy útil. Se preocupan mucho por mí»

Trinidad, de 91 años. /A. de Torre
Trinidad, de 91 años. / A. de Torre

Trinidad, de casi 91 años, es usuaria de los servicios de teleasistencia y ayuda a domicilio

Carlos Álvaro
CARLOS ÁLVAROSegovia

Trinidad lleva un año enganchada al servicio de teleasistencia que presta el Área de Asuntos Sociales de la Diputación. Su perfil responde a la usuaria media: mujer de edad avanzada, con un grado de dependencia leve o moderado (grado I) y residente en un pueblo de la provincia. «Lo tengo desde hace un año, desde que murió Frutos, mi marido, que también lo tenía, y estoy encantada. Es una cosa muy útil. Hasta ahora, gracias a Dios, no lo he necesitado para nada grave, pero me llaman muy a menudo y se preocupan por mí», asegura.

El mecanismo es sencillo. El usuario lleva al cuello un botón que tiene que pulsar cuando le ocurre algo. Como está conectado al Servicio de Emergencias 112, la ayuda es inmediata. «Es un botón que está operativo 24 horas –explica Fran, de Asuntos Sociales–. Lo suelen utilizar las personas que, como Trinidad, viven solas y no tienen una red familiar cercana. Si se cae o le pasa cualquier cosa, solo tiene que pulsarlo. Si el usuario se ha caído y ha perdido la consciencia, el 112 pone en marcha todos los mecanismos para llegar hasta la casa, porque disponen de teléfonos de gente próxima que tenga las llaves para poder entrar». «Lo llevo todo el día –interviene Trinidad–. Solo me lo quito para dormir. Lo dejo en la mesilla para evitar que pueda activarlo sin darme cuenta».

Trinidad, que reside en un pueblo cercano a la capital segoviana, también es usuaria del servicio de ayuda a domicilio, prestación que se rige en función del grado de dependencia (a mayor dependencia, mayor número de horas de atención). «Como ella tiene un grado de dependencia I, solo recibe la ayuda tres horas a la semana, doce al mes. Como su marido tenía un grado III, estaba en silla de ruedas y necesitaba más atenciones, la asistente venía diez horas y media a la semana», observa Fran.

Hasta ahora, Trinidad solo precisa de una pequeña ayuda que se centra en los quehaceres domésticos, porque ella es capaz de levantarse sola de la cama, asearse y vestirse. «El día que viene Carmen, la asistente, me da una vuelta a la casa. Es una casa pequeña, pero siempre hay algo que hacer en ella. Y Carmen friega, lava, hace las cosas...», cuenta Trinidad. El servicio de ayuda a domicilio está muy adaptado a las necesidades del usuario. Lo primero que se atiende son las tareas personales, el vestirse, el asearse. Como, en el caso de Trinidad, ella se defiende, la ayuda se centra en las tareas domésticas que ella no puede abordar. «Hasta ahora me valgo bien. Lo peor que tengo es este brazo –se queja señalándose el brazo derecho–, que me duele mucho cuando me peino, pero voy a hacer 91 años y me defiendo bastante bien. La comida, por ejemplo, también me la hago yo. Mis hijos, que viven fuera, vienen de cuando en cuando, y la ayuda de Carmen es fundamental».

La confianza en la persona que presta la asistencia también es clave: «Con Carmen me llevo muy bien. Confío mucho en ella. Es una persona muy buena y muy trabajadora, que se preocupa por mí. Alguna vez ha estado ella sola aquí en casa porque yo había salido, y tengo plena confianza en ella», cuenta. Todos los días, Trinidad recibe la visita de su hermana. Encarnación, que en breve cumplirá 87 años, también ha solicitado la teleasistencia. «Vivo enfrente y nos vigilamos mutuamente», asegura.

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