Diego Campo, centrocampista de la Gimnástica Segoviana
«Llegó un momento en el que me levantaba y no quería ir a entrenar»El medio visita hoy con la Sego al Rayo Cantabria, el filial del Racing desde el que tuvo a tiro el fútbol profesional, una presión que le hizo «tocar fondo»
Paradojas de la vida, el año en el que Diego Campo (16 de noviembre de 2001) olió el fútbol profesional –debutó con el Racing de ... Santander en Segunda División– fue el más infeliz. «Vi que era una oportunidad para mí, que lo tenía muy cerca, y sí que me presioné. A nivel mental, colapsé. Lo pasé fatal». Entendió que había nacido para disfrutar del balón, una relación sana, sin el hábito de monje que requería la odisea. «Llegó un momento en el que me levantaba y no quería ir a entrenar. Volvía a casa y ¿qué? ¿Me iba a cuidar la alimentación? Si lo que no quería es pensar en el fútbol. Me iba con los amigos y comía cualquier cosa. Para tener éxito en el fútbol, yo creo que tienes que llegar a obsesionarte». Vuelve hoy (15:30 horas) a Santander para medirse al Rayo Cantabria, el filial, con la Gimnástica Segoviana. Y con la paz de saber quién es, sin renunciar al objetivo. «En esa etapa toqué fondo. A partir de ahí, aprendes. Empiezo otra vez en Segunda RFEF, pero esto es una carrera larga».
Diego cuenta, a instancias de su madre, pues él no lo recuerda, que su idilio con el fútbol comenzó a los cincos años en un hotel de Salou, unas vacaciones que agotó jugando sin parar con otro chaval. De ahí a la Gimnástica de Torrelavega, el club donde su tío, Nando Vidiella, se convirtió desde el lateral izquierdo en el jugador que más veces vistió la camiseta. Y su casa, pues es de Barreda, un barrio. «Lo he mamado desde pequeño. No fallaba ni un domingo a las cinco con mi padre. Solo pensabas en que llegase el fin de semana». Es la historia de un mediocentro vocacional –tiene fácil acomodo en la media punta o por la izquierda– que nunca quiso la fama del goleador. «Yo disfrutaba donde jugara. El fútbol es mi vida, me encanta entrenar, es pasión. Encima luego se convierte en un trabajo, es un privilegio. No soy futbolista profesional, pero no se me ha dado mal». Está estudiando un grado superior de administración y dirección de empresas.
«Lo de estar todo el día pensando en el fútbol a mí no me pasaba, necesitaba desconectar»
En su primer año de cadete pasó al Bansander, algo así como una segunda cantera del Racing. «Para mí era como si me llama ahora el Barça». Salió bien. «Más allá de la técnica, la clave es ponerle pasión a algo que te hace feliz. Lo único que quería era que terminaran las clases para ir a jugar al fútbol por la tarde. No me dio nunca ni por los coches, ni por las motos, ni por la Play. Cogía el bocadillo, me bajaba a las pistas. Ahora esto ya no se hace, los críos están todo el día con el móvil». Jugó dos años en División de Honor, el último cortado por la pandemia y la rotura del quinto metatarsiano del pie, su única lesión de cierta entidad. Continuó su progresión en el Rayo Cantabria, con el que ascendió a la primera a Segunda RFEF, donde estuvo tres temporadas: en dos jugó 'play off' hacia Primera RFEF. En el último curso, la 2023-24, integrado en dinámica del primer equipo, fue cuando sintió esa cercanía del fútbol profesional.
«En las primeras pretemporadas, me veía un niño, súper lejos de ellos. Ya en el último año, estuve muchísimo mejor, me encontré cerca». No solo estuvo en dinámica, sino que fue convocado varios partidos y llegó a debutar en Elda. Pero no era su camino. «No estaba preparado mentalmente, me vi sobrepasado por la situación». Por eso alucina cuando ve a adolescentes debutar en Segunda o Primera. Y hasta se siente viejo cuando ve a Lamine Yamal. «Es una barbaridad que haga todo lo que hace con esa edad. Si yo con 17 años estaba súper verde. Es una ida de olla, fueras de serie». En su caso, encalló en la rutina del día a día. «Hay que tener muy bien amueblada la cabeza. Tú pasas del filial y eres el número 28, es muy difícil tener minutos. Tienes que ir haciendo tu camino día a día aunque no seas protagonista. Y a mí eso me costó».
«Vi que lo tenía muy cerca y sí que me presioné; a nivel mental, colapsé, lo pasé fatal»
Aquel chaval que hace no tanto contaba las horas para jugar le estaba cogiendo asco al balón. «No llegué a plantearme dejar el fútbol, pero la situación me comió totalmente. Siempre he disfrutado. Y mira que jugué todo en Rayo y debuté en Segunda, pero para mí, el peor año, sin duda». Y no echa balones fuera. «Me faltó madurez, ser más constante. Aunque no tenga minutos y esté a caballo entre el primer equipo y el Rayo, tener claro que estoy haciendo bien las cosas, que voy a entrenar y mejoro cada día». Estar ahí para cuando llegue la ocasión, como ha hecho Jeremy, pichichi de Segunda con el Racing sin haber tenido una barbaridad de minutos antes. «Yo sentía que no estaba preparado. Y ahí entra el tema de la alimentación, entrenamiento, descanso. ¿Realmente estás haciendo las cosas para ser futbolista? Yo me lo preguntaba y decía que no». Porque no disfrutaba. «No te digo que me fuera de fiesta, ni mucho menos, pero llegaba a casa y me apetecía irme con mis amigos. Igual si estás cansado, te quedas en casa, comes bien y hasta el día siguiente. Lo de estar todo el día pensando en el fútbol a mí no me pasaba, necesitaba desconectar». Y la bola creció por inercia.
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No se quedó en el primer equipo y optó por seguir en Segunda RFEF, donde ha superado con holgura el centenar de partidos. «Volví a mis orígenes. A la gente le chocaba que fuera a la Gimnástica de Torrelavega, que es un equipo para no descender. Pero no me arrepiento de nada, me ha venido bien todo lo que me ha pasado». En efecto, descendió. Y eso bajó su caché en verano. «Equipos había, el problema eran las condiciones. Yo entiendo a la gente, si este viene de descender, será un paquete. Y los equipos se aprovechan».
Por la misma razón dijo en parte que sí a la Segoviana. «Un recién descendido era buena plaza, sabía que iba a estar arriba. Cuando me llamó, tuve eso que se siente, creo que es el lugar. Lo tuve muy claro y de momento va bien la cosa». En su primera experiencia fuera de Cantabria, admite que el primer mes fue duro. «Luego das con buena gente y estoy súper a gusto, pero me encanta volver ahora a Santander. Nos dan domingo y lunes libre, así que me quedaré allí. Es que como en casa, en ningún sitio».
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