Memoria viva de la catástrofe

Quienes sobrevivieron a la tragedia de Los Ángeles de San Rafael jamás han podido olvidarla

Las autoridades pasan por delante de los féretros y de los familiares de las víctimas. / ABC
Carlos Álvaro
CARLOS ÁLVARO

El próximo 15 de junio se cumple medio siglo de aquel fatídico día de 1969 en que cincuenta y ocho personas perdieron la vida y alrededor de ciento sesenta resultaron heridas en una de las grandes tragedias de nuestra historia reciente. Sirvan estos testimonios como homenaje a las víctimas de un suceso que consternó a España entera.

Ángel Luis de Andrés, superviviente, perdió a su madre y a su hermana

«Estábamos en el sitio y en el día, y ese fue el día»

Ángel Luis de Andrés.
Ángel Luis de Andrés. / Antonio de Torre

A Ángel Luis de Andrés (Segovia, 1964), la tragedia de Los Ángeles de San Rafael le marcó la vida. Apenas tenía cinco años y se encontraba con sus padres y su hermana en aquel maldito momento. Su padre, Luciano de Andrés, regentaba el Spar de la avenida Fernández Ladreda y era una persona muy conocida en toda Segovia. Su madre, Celia, de treinta y un años, y su hermana, Marisol, que al día siguiente había de cumplir tres, se quedaron allí para siempre. Él y su padre salieron con vida. «Cuando se cayó el edificio, mi padre y yo debíamos de estar saliendo o entrando. Él no sufrió daño alguno y yo, no sé el motivo, me rompí la tibia y el peroné por varios sitios. No obstante, no recuerdo nada. Era muy pequeño y quizá podía haber recordado algo, pero el disco duro se me borró del todo».

Víctima de una tragedia de semejante calibre, Ángel Luis empezó a ser consciente de lo ocurrido a medida que se hacía mayor. «Estuve siempre arropado por la familia de mi padre, que era muy numerosa, mis abuelos y demás. Me llevaban al fútbol a Madrid, mis tíos me hicieron del Atleti… Evidentemente, era un 'shock' familiar muy fuerte. De mi madre y mi hermana tengo el recuerdo de ir al cementerio, para la fiesta de los Santos, y ver su foto en la lápida. En casa nunca se habló demasiado de ello. Mi padre rehízo su vida, se volvió a casar, tuvo otros dos hijos… Sé que después hubo un proceso muy largo. Sí recuerdo haber ido con mi padre a algún abogado, ya con más años. Fue algo laborioso, difícil, con poco resultado y de mucho tiempo», señala.

¿Rencor? «No, no. Mi padre, desde luego, nunca me trasladó una animadversión hacia nadie. Estábamos en el sitio y en el día, y ese fue el día. Que evidentemente había una responsabilidad… También creo que, entonces, la asignación de responsabilidades no se hacía como ahora… En cualquier caso, mi padre nunca me trasladó rencor o animadversión. Él sabía que nos había tocado y había que caminar con ello».

Pepita Bravo, testigo

«Me impresionó ver a una chiquita joven con el cuero cabelludo desprendido»

Pepita Bravo.
Pepita Bravo. / Pedro Luis Merino

Pepita (San Rafael, 1947) no estaba en el comedor del restaurante de Los Ángeles de San Rafael, sino en la caja. Era una joven de veintidós años que trabajaba en el complejo de Jesús Gil desde la apertura, un año antes de la tragedia. «El amaneció triste, nublado —rememora—, y a eso de las dos o así empezó a despejar. Me alegré porque aquella gente venía de Segovia, de Valladolid, de Ávila, y quería que pasara un buen día. Desde donde yo estaba no veía lo nuevo, claro, porque era otro edificio. De repente, oí como una explosión: ¡pum! y un polvo rojizo lo inundó todo». Entonces, el caos se apoderó del lugar. «Jamás podré olvidar a una chiquita joven que salía de allí con el cuero cabelludo desprendido… Todo era así, me impresionó mucho. Era horrible. Una tía mía que trabajaba de encargada estuvo colocando en fila los cadáveres que rescataban.

«Es mejor no recordarlo», insiste Marino Velasco (Tabanera del Monte, 1940), el cocinero. «Tratábamos de rescatar al que se movía. En los mandiles teníamos de todo… Estuve semanas sin pegar ojo. Conseguía quedarme dormido y, al poco, llegaba el sobresalto.

¿Que si recuerdo el menú? Entrantes, cigalas y después… ¿solomillo acaso? No lo sé. No me acuerdo bien. Sí recuerdo las cigalas, unas cigalas gigantes, que estábamos preparando cuando ocurrió todo».

Juan José López, superviviente

«No podía soltarme aquella mano que salía de los escombros y se aferraba a la mía»

Juan José López.
Juan José López. / Antonio de Torre

Aquel domingo de junio, Juan José López (Marazuela, 1943) había acudido a Los Ángeles de San Rafael con otros compañeros invitado por Pascual Hermanos, empresa para la que trabajaba, y se quedó a dos pasos de ser engullido por aquel formidable boquete que, de pronto, derribó parte del edificio. Cuando consiguió bajar al lugar donde estaban las víctimas, vio una mano que emergía de los escombros y una voz angustiosa que pedía ayuda: «A mí, a mí». «Me acerqué para intentar ayudar a esa persona y quitarle de encima los escombros. Pero su mano agarró la mía y me impedía actuar. Traté de soltarme para poder empezar a retirar los cascotes y llamé a un compañero. Entre los dos nos vimos mal para conseguir que la mano de esa persona que no veía dejara de agarrarme. Se aferraba a mí como quien se aferra a la vida. No sé quién era. No recuerdo si conseguimos sacar a esa persona o a otras. Rescatamos varios heridos y varios cadáveres. Tuve una temporada que no pude conciliar el sueño. Por las noches, me golpeaba el murmullo de la gente. No veía a la gente en sí, sino el murmullo de aquellos que estaban sentados en las mesas y, de golpe, desaparecieron delante de mí».

José Antonio Roldán (Segovia, 1955) estaba sentado a la mesa cuando los cimientos del edificio vibraron. Entonces era un muchacho de catorce años que acababa de entrar a trabajar en Pascual Hermanos. «No habíamos empezado a comer. Yo acababa de sentarme junto al encargado del almacén cuando oímos el golpe y vimos que aquello se venía abajo. Estábamos a cinco o seis metros. Ya no me enteré de más. Todo era correr, la gente corría, despavorida, unos hacia un lado, otros hacía otro… Era un chavalín y alguien me cogió y me llevó al apeadero de Los Ángeles de San Rafael y me enviaron a Segovia», recuerda, todavía preso de la emoción. «Voy mucho a Madrid y, cuando paso, siempre tengo que mirar allí, inevitablemente. Años después anduve en psicólogos porque tenía miedo a conducir y me dijeron que aquello que presencié no se me iría de la cabeza en la vida».

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