Esperpento en clave feminista

El estreno del Taller Municipal de Teatro representa la sociedad de principios del siglo XX, a través de Valle-Inclán, con crudeza y humor

Una escena de la obra 'La rosa de papel' en la iglesia de San Nicolás./Antonio Tanarro
Una escena de la obra 'La rosa de papel' en la iglesia de San Nicolás. / Antonio Tanarro
LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Una malograda joven le pregunta a Juanito Ventolera, un soldado de poca monta regresado sin gloria ni honor de la guerra de Cuba: «¿Es un héroe?». La respuesta es rotunda: «Un cabrón». La obra de Ramón María del Valle-Inclán sirve de paradigma a la sociedad desnortada de principios del siglo XX, desnudada tras la pérdida de las últimas colonias y enfrentada a sus carencias, las de un país sin industrializar, analfabeto y aislado de una Europa boyante. La picaresca sin conciencia de Ventolera, convertido en un ave de rapiña en su vuelta a casa, como si siguiera rodeado de balas y cadáveres, ilustra el esperpento que el autor elevó a la categoría de género. El Taller Municipal de Teatro recupera su legado, con los tintes humorosos para endulzar una sociedad dramática, y con una mujer, Rosa Lázaro, dando vida a ese soldado primario y alcohólico sin límites.

El personaje de Ventolera conduce 'Las galas del difunto', una obra de 1926 incluida en la trilogía 'Martes de carnaval'. Es la historia de una joven repudiada por su familia al quedarse embarazada de un soldado que jamás regresaría de Cuba. Aparece entonces Ventolera, ataviado con unos harapos a los que dan lustre sus condecoraciones. Sin más opción de sustento que la prostitución, la joven envía una carta de súplica a su padre en pos de que le pague lo justo para sacar sus pertenencias y emigrar a Lisboa. Su progenitor la recibe sin piedad. «Los muertos no escriben cartas», replica antes de morir.

Ventolera, parásito inigualable, aprovecha la situación para robar el traje del padre y seducir así a la joven. Su papel es notable, desde su tono bravucón, sus permanentes borracheras o sus gestos de pretendido seductor, con esa lengua desesperada. Un papel feminista que da vida a un macho exagerado como contrapunto a una época donde la mujer era ciudadana de segunda clase. El reparto estuvo bien acompañado de actuaciones breves pero potentes como el enojado padre, don Sócrates Galindo (Javier García), o el monólogo final de su hija, la Daifa (Beatriz Martín), cuando lee el contenido de la misteriosa carta.

Por medio, escenas memorables como las onomatopeyas con las que los supuestos muertos ambientan el sonido nocturno del cementerio o cómo la viuda (doña Terita) soporta la usura desvergonzada del cura para engordar la factura por los servicios funerarios. «Las barbas de los muertos son muy resistentes», se justifican. Y la del propio Ventolera, que sabe tornar de su lado cualquier circunstancia esquiva. Incluso cuando su estafa es descubierta –añade a su sustracción inicial el bombín y el bastón, las galas que dan nombre a la obra– le espeta a la hija: «¡Heredamos los dos!».

Veintidós alumnos

El grupo más numeroso del taller, con 22 alumnos, se dividió en dos obras. Antes de 'Las galas del difunto', representó una obra anterior del autor, 'La rosa de papel', incluida en la recopilación 'Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte'. Narra la agonía y muerte de La Encamada y la avaricia de su esposo Julepe para quedarse con su herencia. Lejos de mostrar empatía alguna, este herrero entona su «martillo del infierno» mientras su esposa agoniza. Hasta que ella le dice que ha ahorrado 7.000 reales e ilustra la pobreza de la época: «Tanto trabajo para juntarlos…».

La obra retrata con humor la hegemonía religiosa –las monjas que van a verla sugieren que no llame al médico y se gaste el dinero en una misa– o la pretendida lascivia del marido, que se abalanza sobre el cuerpo de su esposa para quedarse con el dinero y culpar a las religiosas de haberlo robado. Con la Encamada (Caridad Martín) difunta, su cuerpo es objeto de malabares de todo tipo en busca del dinero y al ataviarla para su funeral. No es fácil mantenerse inerte ante tanto trajín. Julepe (Ángel Martín), siempre borracho, agresivo y dominante, ilustra una época sin contención y un cierto nihilismo. «Solamente existe la nada, es el credo moderno», espeta a las monjas antes de prender la escena.

Así, en el embaucador escenario de la iglesia de San Nicolás, la obra retrasó un siglo las manijas del tiempo y relegó durante una hora los móviles al dictado de la directora, Maite Hernangómez. Ni una silla libre en el estreno del viernes para un teatro que ya se llenó en el ensayo con público del jueves. Tras la función de ayer, el grupo más veterano del taller ofrecerá el último pase este domingo a las 21:00 horas.

Más representaciones

El menú de este mes continúa los días 14, 15 y 16 con 'Sueño de una noche de verano', todo un intensivo de William Shakespeare para el primer grupo de adultos, de 20 a 45 años. En la noche de San Juan, se juntan en el bosque tres personajes totalmente distintos –los nobles atenienses, los personajes mágicos y los artesanos– que revolucionan la escena, con esa cambiante percepción amorosa. La idea es convertir la obra en un sueño de los espectadores, que estarán dispuestos en la iglesia en forma de espiral por la que se moverán los personajes.

El segundo grupo del taller, integrado por alumnos de 14 a 19 años, cerrará el programa de este curso con su representación de 'Momo', una novela de Michael Ende que cuenta la historia de unos hombres que parasitan el tiempo de los demás. Una niña, Momo, es la encargada de revertir la estafa. Trata el concepto del tiempo y cómo es usado por los humanos en las sociedades modernas, un tema que ya era vanguardia cuando se estrenó en los 70 y que los adolescentes ven de máxima actualidad. La obra se interpretará los días 28, 29 y 30 de junio también a partir de las 21:00 horas.