El eslabón perdido del feminismo español

Mercedes Gómez-Blesa, con su ensayo, el pasado jueves en Segovia. /A. Tanarro
Mercedes Gómez-Blesa, con su ensayo, el pasado jueves en Segovia. / A. Tanarro

Mercedes Gómez-Blesa recuerda en un ensayo el legado de las mujeres de finales del siglo XIX y principios del XX, borrado por el franquismo

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Concha Méndez, escritora, y Maruja Mallo, pintora, eran dos mujeres de buena familia que se escapaban por las noches a las verbenas, toda una tropelía para los años 20. Hay hasta cuadros con sus 'travesuras'. Renunciaron al sombrero, distinción imprescindible de la clase burguesa, e hicieron una performance por la Gran Vía madrileña. Se colgaron dos globos y llevaron el sombrero encima; al saludar, quitaban la prenda del globo. Así nació el 'sinsombrerismo', que después seguiría Dalí. Esa transgresión les costó pedradas. No solo querían la igualdad de género, sino de clases. Su rastro en la Generación del 27 fue borrado por el franquismo y la filósofa Mercedes Gómez-Blesa lo recupera con el ensayo 'Modernas y vanguardistas, las mujeres faro de la Edad de Plata'.

La obra, presentada el jueves en la Casa de la Lectura, es un repaso por las mujeres más importantes de comienzos del siglo XX. Comprende las generaciones del 98, 14 y 27 y las pioneras que las anteceden, lo que remonta el espectro desde la Restauración (1974) al fin de la Guerra Civil (1939). «Es un panorama muy concreto de los orígenes del feminismo en España. Es un periodo de efervescencia en el que las mujeres se van implicando cada vez más en la culta o la política e intentan ejercer también de intelectuales, igual que sus compañeros de generación».

El ensayo es fruto de muchos años de investigación y parte del exhaustivo conocimiento de Gómez-Blesa sobre María Zambrano. De ella a su 'troop', al círculo de amigas con las que se carteaba. Así descubrió a mujeres con una gran trayectoria feminista y empezó a investigar «como loca» sus obras. «Me he pasado muchas horas en la Biblioteca Nacional y comprando la obra en librerías de viejo porque durante años fueron inaccesibles». Gómez-Blesa, profesora de filosofía en el instituto Mariano Quintanilla, publicó en 2007 una primera edición bajo con diferente subtítulo ('mujer y democracia en la Segunda República') y en el nuevo ensayo reescribe todos los perfiles, introduce a las pioneras e incluye un capítulo dedicado a la mujer y la ciencia. El resultado triplica el material hasta los 640 folios.

Gómez-Blesa destaca a Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán como precursoras, junto a otros feminismos como el obrero, anarquista o el más conservador en una época, a finales del siglo XIX, en la que aparecen los primeros ensayos feministas o las primeras asociaciones de mujeres. No defienden el derecho al voto en una época donde el analfabetismo femenino era muy alto, sino que reivindican la igualdad educativa. «Combaten las ideas científicas, muy extendidas entonces, de que la mujer era mentalmente inferior al hombre y debía ser excluida de las universidades. Era el papel de ángel del hogar».

Sus ideas fueron recogidas por una mujer «de transición» en la Generación del 98 que se debate entre esa función doméstica y el sufragio universal. Desde Carmen de Burgos, una precursora fundamental que postuló ideas muy progresistas, a María Lejárraga, que siempre se escudó en la firma de su marido para evitar el señalamiento a la literata. O Isabel Oyarzábal, la primera embajadora en los países del norte. En esa estela, la Generación del 14 se caracterizó por su implicación política. La de María de Maeztu –creó el Lyceum femenino- o las tres primeras diputadas: Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken. «Son mujeres muy comprometidas socialmente. Prueba de ello es que Victoria Kent fue jefa de Prisiones, quitó los grilletes a los presos y creó cárceles de mujeres».

Transgresoras

La brecha vital la romperían las mujeres del 27, con María Zambrano, Concha Méndez, Ernestina Champourcin, Josefina de la Torre o Maruja Mallo. «Son mucho más transgresoras, frívolas en cierta manera, y tienen una presencia más normalizada en la cultura. Son verdaderas compañeras de generación de los hombres y comparten los mismo espacios». Todo ello desembocó en la Segunda República y un marco legal con divorcio, sufragio universal o despenalización del adulterio. La mujer pudo ejercer la abogacía (Campoamor fue también pionera en ello) y opositar.

El franquismo atrasaría siete décadas el reloj para recuperar el papel de ángel del hogar. «La mujer libre era peligrosa para la ideología nacional-católica. Y todas estas mujeres tan modernas, transgresoras y vanguardistas se marcharon al exilio. La siguiente generación, que somos nosotras, nacimos con el total desconocimiento de sus obras, porque fueron prohibidas. Por eso es el eslabón perdido del feminismo en España. Muchas no pudieron ni siquiera regresar al país». María Zambrano volvió tras 45 años, pero muchas fueron enterradas en Argentina o México.

Gómez-Blesa subraya el aprendizaje personal que para ella ha tenido la obra: «Para mí ha sido la fuerza con la que defendieron sus ideas. Son mujeres dignas de admirar, que han pasado por las mayores adversidades y, sin embargo, han seguido luchando por sus ideas. Defenderlas en la Segunda República les costó toda su vida. Es gente que hipotecó todo su proyecto vital por ello. Ejercieron de verdaderas intelectuales en el sentido más grande, porque ese sacrificio hoy en día es impensable».