Embajador de Lastras de Cuéllar

Ignacio Sanz descubre la placa que lleva su nombre, ayer. /Mónica Rico
Ignacio Sanz descubre la placa que lleva su nombre, ayer. / Mónica Rico

La antigua plaza del general Mola lleva ya el nombre del escritor segoviano Ignacio Sanz

MÓNICA RICO Lastras de Cuéllar.

El dicho ‘nadie es profeta en su tierra’ no vale para el escritor segoviano Ignacio Sanz, que ayer recibió el homenaje de Lastras de Cuéllar, su pueblo natal, donde se le dedicó una plaza, hecho que el autor recibió «abrumado» y que en un primer momento no quiso aceptar, hasta conocer que no era una propuesta, sino un acuerdo de pleno aprobado por unanimidad.

Tras la primera reacción de negación y sorpresa, el autor reconoció que «tanto el lenguaje, la forma de hablar y la mayor parte de mis historias, aunque aparezcan en lugares imaginarios, en realidad yo sé que hay un territorio que es Lastras de Cuéllar, por más que se llame Valdepinos o como se llame», admitiendo así que su pueblo está más allá de sus recuerdos, muy presente también en su literatura. «Siempre está latiendo la primera luz, que es la que recibe cualquier escritor y que es la luz del lenguaje de la sociedad, la recreación de la infancia, que es de lo que uno vive, de ese tesoro que es la infancia, y a partir de ahí trata de sacarle fruto», aseguró.

Ignacio Sanz continúa muy ligado a Lastras. Allí tiene muchos amigos y sigue viviendo una hermana con quien la madre pasa los veranos –circunstancia que le mueve, en numerosas ocasiones, a realizar visitas–, además de sobrinos y mucha más familia. Tampoco suele faltar a la llamada fiesta de los Conejos, que su familia celebra todos los años. Pero sobre todo le unen al municipio innumerables recuerdos, no solo de infancia, sino también de juventud, así como las actividades en las que participó cuando era un joven muy activo. Entre ellas recordó la fiesta de disfraces, una de las celebraciones más vistosas y concurridas de las fiestas, que aún hoy se celebra y que, como el mismo Sanz reconoció, surgió como homenaje al tío Cerillas y al tío Mariano, dulzainero y tamborilero ya fallecidos, que fueron dos de los personajes más ilustres del municipio. El escritor se emocionó evocando algunas anécdotas que vivió junto a la pareja de músicos y se congratuló de que, al mismo tiempo que Lastras le dedicaba una plaza, el tío Cerillas y el tío Mariano eran reconocidos en los rótulos de otra calle.

El alcalde de Lastras de Cuéllar, Andrés García, alabó la generosidad demostrada por Sanz al llevar el nombre del pueblo «por todo lo alto» o al ceder libros propios a la biblioteca de la localidad. El regidor dijo que, aunque la decisión del cambio de nombres de la calle y la plaza obedece al cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, la iniciativa ha tenido muy buena acogida en el vecindario. Entre los asistentes, además de familiares y amigos de los homenajeados, también figuraban algunos de los alumnos que aprendieron dulzaina y tamboril gracias al dúo musical, y que pusieron la banda sonora a una tarde de emociones y recuerdos, en la que no faltaron las lágrimas, entre ellas las del propio Ignacio Sanz, que no pudo leer las palabras de agradecimiento que había escrito para el acto y que en esta página se reproducen. Por él lo hizo su hizo Adrián.

Palabras para una plaza - Ignacio Sanz (escritor)

Nadie elige el lugar de nacimiento, a menudo decisivo en el devenir de la vida. Nací en Lastras de Cuéllar hace 64 años; aquí crecí, aquí fui a la escuela y aprendí a jugar y a soñar con otros mundos. Soy de Lastras de Cuéllar hasta la médula, sin dejar por ello de observar el mundo con una mirada abierta. Aquí asistí, siendo niño, a la muerte de mi padre y a los esfuerzos titánicos de mi madre para sacarnos adelante a mis dos hermanos y a mí, como hacían tantas familias lastreñas. Aquí sentí el cariño de mis abuelos, de mis tíos y de mis numerosos primos. Y, cómo no, el cariño de mis paisanos. El cariño es un escudo eficaz contra el frío y los desahucios.

A lo largo de mi vida he ejercido dos profesiones fundamentales, la de alfarero y la de escritor. No habría sido alfarero de no haber nacido en Lastras. Lo he contado muchas veces. Quedé fascinado de niño ante la rueda de los alfareros lastreños. Y cuando, siendo adolescente, llegué a Madrid, traté de que una parte de aquella fascinación siguiera viva y por ello me matriculé en la Escuela de Cerámica, donde acudía en un hueco que hice entre mis obligaciones laborales matutinas y mis obligaciones académicas nocturnas. Tuve como maestro a Rafael Ortega, alfarero extremeño, pero más tarde conté también con los consejos decisivos de Moisés Cachacantos y del tío Pichito, dos de los últimos alfareros de Lastras. Y con el apoyo de los tejeros Carlos Avial y de Valentina Callejo que tanto nos ayudaron cuando Claudia y yo, recién casados, instalamos nuestro taller en Lastras. Y con ellos, Rafa y José, los Perreros, que en su tractor nos allegaban el barrujo hasta el pie del horno que construyó mi primo Juan Pablo ‘El Furri’ en el viejo gallinero de la familia. Las piezas tradicionales que he torneado remitían en lo sustancial a la tipología alfarera de Lastras.

El otro oficio que ha ocupado mi tiempo ha sido el de escritor. No tuve nunca un libro siendo niño. No los había, salvo aquella Enciclopedia Álvarez con la que acudíamos a la escuela. Pero Lastras era un libro abierto en la boca de los mayores que cantaban y relataban sin parar romances, refranes, oraciones, jotas, retahílas, cuentos, brindis, chanzas… La literatura corría de boca en boca. Tuve la suerte de vivir, tanto en Lastras como en Madrid, al lado de mi abuela María, portadora destacada de esa rica tradición. Aunque el pueblo entero era un compendio de saberes populares y el Banco de la Paciencia y las bodegas dos de las sedes donde se impartía la sabiduría. Necesitamos contar el mundo que vemos para hacerlo más digerible. Y la sabiduría popular flotaba en el ambiente a través de nuestro dulzaineros, el tío Cerillas y el tío Mariano, tan cabales siempre, tan caballeros. Y, junto a ellos, apuntalando la tradición, estuvieron la señora Benedicta Relata, la señora Lucía Carcelera, mi tía Pilar Sanz, mi tío abuelo Justo Díez, Eulalio Cotaña, Desiderio Garrido, Saturnino Cabrero, Máximo Peguero, Félix Serafín, Emiliano Martín… tantos y tantos. Por supuesto que luego, en Madrid, vinieron a reforzar este rico bagaje la obra poética de Antonio Machado y la de Federico García Lorca, así como las novelas de don Pío Baroja o de Italo Calvino, entre otros, que me abrieron las puertas a un mundo de ficciones universales. Pero el germen de todo acaso comenzara en los juegos, retahílas y oraciones que escuché tantas veces fascinado en la boca de mi abuela María. Por eso creo que tengo una deuda impagable al tiempo que difusa con Lastras, una deuda que he tratado de devolver en mis libros. En ellos, aunque la acción discurra en lugares imaginarios, el espíritu de Lastras flota siempre entre líneas. Porque la infancia, el resplandor de los días infantiles, nos persigue. Y los escritores lo que hacemos, lo que tratamos de hacer, es captar esa luz que envuelve los recuerdos para compartirla con nuestros lectores. Supongo que también tratamos de trasmitir las historias que nos emocionan y de restaurar con palabras el mundo que se agrieta a nuestro alrededor. Eso es lo que, con más o menos fortuna, he procurado hacer en cada uno de mis libros.

Por todo ello agradezco al Ayuntamiento de Lastras de Cuéllar que ponga mi nombre a una de sus plazas. Es una honra que me abruma y que, al mismo tiempo, me obliga todavía más, si cabe, a comprometerme con el devenir de nuestro pueblo, humillado por la despoblación, pero no vencido. Porque, como escribiera Claudio Rodríguez, «estamos en derrota, nunca en doma». Y quiero pensar que el espíritu de Lastras alienta allá donde, trasterrado y distante, haya un lastreño. Muchísimas gracias.

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