El domador de pulgas vuelve a Segovia con sus diminutas 'fieras': «Me he enamorado de esta ciudad»

Dominique Kerignard. /El Norte
Dominique Kerignard. / El Norte

«Lo bueno es que en mi circo la gente no está colgada de sus teléfonos y sus 5G», afirma Dominique Kerignard

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Dominique Kerignard acredita una experiencia de 20 años en Segovia con el Circo de las Pulgas. «Me he enamorado de Segovia, si encontramos un piso para gatos y perros podríamos vivir aquí». Es uno de los artistas más tempraneros, habitual apoyo en la organización y en el contacto con el voluntariado. El paso del tiempo ha hecho que muchos niños que le conocieron años atrás vayan a sus actuaciones como adultos, incluso con sus propios hijos. «¡Esto me mata! Esto ocurre, me falta encontrar a los abuelos que vengan con sus nietos».

El titiritero valoró la apuesta del festival por «compañías que no se ven mucho» y la aportación de un escenario mágico frente al encierro tecnológico de los móviles. «Lo bueno es que en el Circo de las Pulgas no están colgados de sus teléfonos y sus 5G. Es muy interesante ver cómo hasta los adultos se vuelven niños, verlo en sus ojos me encanta. Este creo que es el milagro de un festival así, devolver a la gente ese alma de la infancia».

El fenómeno del Circo de las Pulgas, que en 2015 alcanzó, precisamente en Segovia, en Titirimundi, las 5.000 representaciones, es digno de estudio. Si un clásico es lo que se mantiene vivo en el paso de una generación a otra, el ingenio de Dominique Kerignard, fundador de la compañía Les petits miracles, ya se ha encaramado a ese podio. Con motivo del hito alcanzado hace cuatro años, Kerignard explicaba orgulloso que ha llegado hasta aquí «sin cambiar absolutamente nada; es el mismo espectáculo que el que arrancó hace dos décadas. Y la verdad es que no me canso de hacerlo, porque cada función el público es nuevo y sigo viendo disfrutar a los espectadores como el primer día».

Mimi, Zaza y Lulú, las fieras de este circo a las que está prohibido alimentar por «peligro de muerte», son las minúsculas protagonistas de este milagro escénico que descansa, más que ningún otro, en el poder de la ilusión.