El derecho a una comida digna

Los responsables de la ONG Alimentos Sociales El Acueducto de Segovia posan junto a cajas de alimentos. /A. Tanarro
Los responsables de la ONG Alimentos Sociales El Acueducto de Segovia posan junto a cajas de alimentos. / A. Tanarro

La ONG Alimentos Sociales El Acueducto, que surgió por una aportación desinteresada, lleva una década repartiendo alimentos cada quince días y se ha extendido al ámbito rural

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

La presidenta de la ONG Alimentos Sociales El Acueducto de Segovia, Inmaculada Aceves, rechaza que la distribución de comida sea un concepto benéfico. «No es caridad, es un derecho» Hay pocos indicadores económicos mejores para medir la salud de una sociedad. ¿Hemos salido en crisis? «Qué va», responden los responsables del colectivo, que surten cada 15 días a decenas de familias que ejercen su derecho a comer con dignidad. Es un simple parche para acabar el mes –«no podemos alimentarles todo el mes»– que de alguna forma representa la mano tendida de una parte de la sociedad. Que pese a su humildad, su silencio en la cola y su aceptación de las circunstancias, no son invisibles.

La asociación surgió de la mano de Eduardo Barrios, un empresario de plásticos al que diagnosticaron esclerosis múltiple. Este segoviano, ya jubilado, regresó de Colmenar Viejo (Madrid) y su neurólogo le recomendó que se mantuviera activo. Su respuesta fue escribir un libro sobre la guerra de Filipinas, 'Sangre Tagala'. Con la crisis alcanzando cotas altas, decidió invertir sus ganancias por la publicación en fundar la ONG en junio de 2009.

El grupo tiene un local que pasa las revisiones pertinentes para verificar que todos los alimentos están en buen estado –incluida la fecha de caducidad– y las condiciones son aptas para su conservación. La ONG echó a andar con sede en San Lorenzo, pero pronto se mudó a la travesía de San Antonio el Real. El inmueble está alquilado y las responsables de la asociación plantean adquirirlo en un futuro si hubiese fondos para ello. Tiene unos cincuenta metros, cuenta con un aseo y es totalmente diáfano. Han llegado regalos, desde mesas, sillas o estanterías. «El problema es que tiene que ser a ras de calle para que puedan descargar las furgonetas», explica la secretaria de la asociación, Nieves Sánchez.

El local sirve de paradigma a una zona discreta y da vida a la travesía, a la sombra del Monasterio o el lujoso hotel aledaño. Es una calle muy estrecha, sin apenas portales, que alberga varios garajes de las viviendas cercanas. «Hace muchísimo frío y aire. Pobrecitas las familias cuando llueve», apuntan los miembros de la ONG. Máxime porque su puntualidad es religiosa y hacen cola con mucha antelación. No es una zona de tránsito, quien pasa por allí lo hace con un fin concreto. Una pequeña burbuja social.

El nombre original de la ONG se mantiene, también el funcionamiento. La asociación se puso en contacto con Diputación Provincial, la Junta de Castilla y León y el Ayuntamiento de Segovia para que sus trabajadores sociales les derivaran los contactos de familias necesitadas a través de un listado que se renueva cada tres meses. Calculan que en aquellos momentos había unas 150 familias con una media de cuatro miembros, unas 600 personas. «Es mucha gente para Segovia, más aún sabiendo que no somos la única ONG que reparte alimentos», explica Nieves Sánchez. El demandante extranjero representa en torno a la mitad de los repartos.

Ahora oscilan en torno a las 70 familias, un descenso que no termina de explicar el panorama. La demanda siempre ha podido ser atendida gracias a la colaboración del Banco de Alimentos y su presidente, Rufo Sanz. «Nosotros colaboramos con él en todo lo que podemos [eventos donde se recauda directamente para el banco provincial] y lo que queremos es tener siempre lleno el almacén», subraya Inmaculada Aceves. La colaboración ha sido esencial para la supervivencia del proyecto. El banco provincial distribuye a las ONGs –no hace entregas directas a familias– y aporta la mitad de los alimentos de la asociación. El resto lo compran ellas, directamente del consumidor, y consiste en una bolsa básica quincenal: una caja de leche, un kilo de arroz, un kilo de pasta, un kilo de legumbres y una botella de aceite. A esos se añaden otros alimentos puntuales como cacao, galletas, tomate o latas. El pack es el mismo para todas las familias por evitar conflictos comparativos. La idea es tener alimentos que puedan servir para varias comidas; por ejemplo, la leche y las galletas pueden ser a la vez un desayuno y una cena.

Eduardo Barrios, que también presidió la Asociación de Esclerosis Múltiple de Segovia, sufrió un deterioro físico a principios de 2016 y no pudo seguir al frente. Nieves, amiga personal, se encargó de buscar una junta directiva y el testigo llegaría a otra amiga como Inmaculada. Con disponibilidad horaria –es ama de casa y gestiona una explotación agraria– esta vecina de Coca se comprometió enseguida. «Para mí ha sido un regalo. Este hombre lo hizo con mucho amor», recuerda.

Sinceridad

Ambas se conocieron en un mercado romano y sus dotes de cara al público hicieron de Inmaculada la candidata perfecta. «Se me da muy bien acercarme a la gente y contarle por qué estoy ahí. Yo disfruto, a mí no me cuesta pedir». Pone un ejemplo en el que ella está disfrazada con un cartel que, por ejemplo, conciencia sobre la esclerosis múltiple. Apela a dos conceptos: proximidad y sinceridad. «El mensaje es 'estamos haciendo esto y quiero contarte lo que les pasa a nuestros vecinos. Esta es la labor que hacemos y necesitamos vuestra ayuda. Yo tengo aquí una hucha y puedes echar lo que quieras'».

El colectivo destina las aportaciones de los organismos oficiales para comida y prepara otro tipo de eventos –con restaurantes, por ejemplo 'La Muralla', en Coca– para costear su logística, principalmente transporte y el local donde hacen el reparto. La financiación es un aspecto clave para un colectivo sin socios, y lo hacen mediante actos como un concierto de la banda de Carbonero y Nava de la Asunción para el que alquilaron el salón de actos del Conservatorio. La colaboración social toca muchos palos; por ejemplo, el Colegio Maristas aporta en Navidad desde dulces a productos de higiene personal; este mes tienen 100 cajas de pasta de dientes que ha cedido una clínica. Toda aportación es bienvenida.

No falta comida. Por ejemplo, la presidenta del colectivo fue a principios de mes a Majadahonda a recoger comida donada por Eroski a través del banco de alimentos madrileño. Se une a otras recogidas recientes en Nava de la Asunción, Navas de Oro o Cuéllar. «Las grandes superficies son muy solidarias, el problema es que a veces no tenemos medios para ir a por ello», analiza Sánchez. Un problema que toca de lleno al banco provincial; si hay que ir a por huevos a Zamora, puede que no haya furgonetas disponibles en ese momento.

El proyecto, con el mismo protocolo que estableció Eduardo, se ha ampliado en la zona rural gracias en parte a que la demanda ha ido decreciendo en la capital. La presidenta habla de los pueblos como «los grandes olvidados» y consultó a los servicios sociales de Coca o Cuéllar. Así que planteó la idea de poner en marcha una filial rural. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Coca cedió un local para almacenar los alimentos. Por el momento, hacen un reparto mensual entre Coca y pueblos que están a unos 30 kilómetros a la redonda –Santiuste, Villagonzalo, Villeguillo, Nava de la Asunción o Ortigosa de Pestaño– a unas 35 familias.

Su interpretación es que esa demanda ingente de familias es un contexto necesario para explicar por qué ha caído la demanda de alimentos a la mitad desde 2009: muchos los siguen necesitando, pero se fueron a los pueblos para reducir gastos. La ONG busca ser un referente para que otros colectivos apliquen la misma receta en el ámbito rural. «Aunque aquí [por la capital] han disminuido las familias, muchas se han visto obligadas a irse al ámbito rural porque el alquiler es más barato o hay casas vacías», explica Nieves. Un retorno también beneficioso para el municipio para evitar la despoblación.

Hay urgencias como una persona que dormía en un coche –le alojaron una noche en un hostal– o ir a comprar bombonas de butano para una familia que no tenía para calentarse. En la práctica supone una atención 24 horas, pero la demanda debe pasar siempre por los CEAS, encargados también del filtro. Cuentan con un voluntario, que lleva su camión a las instalaciones del banco provincial para transportar los alimentos. «Hay pueblos sin médicos o colegios, y con gente que tiene hambre, tiene que pagar la luz, alquiler o la leña con 400 euros y no les queda para comer. Lo que les faltaba es tener que venir a Segovia a por los alimentos».

Una ventaja del ámbito rural es que es complicado que una mentira perdure. «No conocemos la economía sumergida de la ciudad, pero en un pueblo como Coca todos sabemos quién trabaja y quién no», señala Nieves, quien agradece la sinceridad. «Hay quien no lo hace, pero muchos te dicen, 'me ha salido trabajo, bórrame que ya no vengo más'». La suya es una labor imposible sin el voluntariado, que ha suplido en muchos momentos con enorme esfuerzo la labor de un Estado de Bienestar debilitado por la crisis. Desde limpiadores a cocineros, cuando hay un evento en el que toca recaudar no falta ayuda.