Y colorín colorado, estereotipo desterrado

Los niños estudian los papeles de la obra a representar./Antonio de Torre
Los niños estudian los papeles de la obra a representar. / Antonio de Torre

Un grupo de quinto de Primaria del colegio Martín Chico ensaya dos obras sobre la igualdad y los clichés sexistas

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Un alumno de quinto de Primaria del colegio Martín Chico se apartó en una ocasión de una pelea. «Pegas como una chica», le espetaron. El niño va a clases de taekwondo y un día volvía a casa acompañado de una de sus compañeras cuando se encontró con el chico de la trifulca. Entonces, le dijo: «¿Quieres ver cómo pega una chica?» Abrumado por el desafío, salió pitando. Es uno de los diecisiete alumnos sentados en círculo en el centro de la clase de 5ºB del colegio del barrio de San Lorenzo. Los pupitres están apartados junto a las paredes y solo queda la mesa del profesor, que servirá como una suerte de escenario.

Toca revisar las tareas domésticas de la semana pasada, y la mayoría reconoce haber cumplido: hacer la cama y ayudar con la colada. En el mes que llevan con el proyecto de igualdad solo han trabajado con mímica; ahora toca recrear las antiguas radionovelas.

Los educadores reparten a cada alumno un pequeño guion de dos cuentos adaptados. Arranca 'Ceniciento', con la mitad de la clase concentrada entre el reparto y el resto como disciplinado público. La grabadora ya está en marcha y la versión de la clásica historia infantil enfrenta a un príncipe delgaducho con dos hermanos tan fuertes y esbeltos como engreídos. Aunque una hada erra con el hechizo y le convierte en gorila, el príncipe saldrá de fiesta e intentará entrar en la discoteca en la que sus hermanos examinan a la princesa Lindapasta.

La princesa y el gorila

–«Es guapa, pero menudo carácter. ¡A esa no hay que le haga lavar un calcetín!».

–Responde ella: «¡Os he oído! ¡El que quiera calcetines limpios, que se los lave!» La princesa sale y se encuentra el gorila, que no cabe por la puerta de la discoteca. Asustada, se desmaya. Pasada la medianoche, se deshace el hechizo, así que Lindapasta despierta y se encuentra al delgaducho príncipe, que sale corriendo y pierde sus pantalones por el camino. La princesa buscará 'calzar' los pantalones por todo su reino y cuando llegue a casa de su propietario, descartará a sus fuertes y peludos hermanos para ponérselos a él.

Una alumna resume brillantemente la moraleja: «A la chica le gustan amables». Uno de los escolares 'figurantes' se queja cuando hacen la revisión de la obra. «Yo solo tengo tres frases, a mí no me digas».

Es entonces cuando la educadora interviene para hacer una demostración de que cualquier papel es importante y representa a una mujer que entra varias veces en escena repitiendo el mismo texto de forma vehemente. «Lo importante es que hagas brillar tu personaje», reitera Celia Matarranz.

Roles

Sigue otra obra con una familia de ratones. El padre, siempre agotado tras el trabajo, disfruta de todas las comodidades mientras la madre escucha desde la cocina cómo sus hijos se asombran ante las aventuras del marido. Hasta que llega una inundación y tienen que mudarse a un pequeño cajón. Ya no hay periódico ni televisión para el padre; es la madre quien protagoniza con sus hijos la aventura de buscar comida. Suena de fondo el ukelele, el papel más demandado en la clase. Ya no tiene tiempo para cocinar su suculenta sopa y su marido, refunfuñón por el cambio de roles, empieza a cocinar hasta que pilla el punto.

Hay términos como 'catástrofe' que muchos desconocen y se traban al pronunciar; el coloquio sirve para desgranarlo. Aquí cuesta dar con la moraleja de la desigualdad en el reparto de las tareas domésticas. «El problema es que se queja siempre la madre», explica un alumno. Así que repiten la obra. El ritmo es mucho más fluido; 'catástrofe' y 'suculenta' salen de corrido. Y colorín colorado, estereotipo desterrado.

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