Beatles para crecer

Una escena de la obra ‘Bítels para bébés, en el teatro Juan Bravo. /A. V.
Una escena de la obra ‘Bítels para bébés, en el teatro Juan Bravo. / A. V.

La compañía La Petita Malumaluga llena de magia el teatro Juan Bravo con su montaje ‘Bitels para bebés’

A. V. Segovia

Todo empieza con un ‘Across the Universe’ muy suave, acorde con el silencio que en un principio tratan de imponer los mayores a los niños. Cada cual ocupando su espacio; su silla o su trocito de suelo; los pequeños sobre las piernas, y los brazos de los mayores rodeando por las axilas los diminutos cuerpos aún agazapados. Algunos de ellos conscientes de que están en un teatro; en un sitio donde suelen ir los mayores. Con los intérpretes de La Petita Malumaluga tocando flojito el chelo, el saxo, el violín y las percusiones. Suave, muy suave; tan suave como cuando se camina con los pies descalzos.

Después no se sabe muy bien qué ocurre, y lo que se ve es los niños acaban invadiendo el escenario, y lo que al principio era una danza leve de una de las componentes de la compañía, en un vaivén de lado a lado del escenario tratando de proteger de las caídas a los niños, sin que éstos se enteren, se convierte en un baile común, caótico pero absolutamente en orden, mientras los músicos siguen tocando sin despistar las partituras que tienen en su cabeza.

Algunos niños mueven pañuelos, otros son capaces de seguir, aunque sea por segundos, el compás, otros no entienden de ritmo pero se mueven y golpean deliberadamente unos tubos de percusión y otros sonríen porque lo están pasando en grande viendo a sus mayores pasarlo como enanos.

Resulta difícil recordar en qué momento exacto sucede ese estallido del ambiente, en qué canción, si es en ‘I want to hold your hand’ o en ‘Yellow submarine’. Es complicado asegurar qué ocurre en uno de los constantes cambios de luces que contribuyen a captar la atención de los bebés o en el momento en que Albert Vilà golpea los cuatro bombos que cuelgan del techo y en los que se puede ver las caras de los cuatro ‘escarabajos’ de Liverpool.

Podría intuirse que es en alguno de esos segundos en los que del cielo caen papeles a modo de confeti, abriendo de asombro las bocas de los minúsculos espectadores. Como si fuera magia.

Y lo cierto es que todo en ‘Bitels para bebés’, que ayer se representó hasta tres veces en el Teatro Juan Bravo, es mágico; desde el momento en que los carritos se aparcan a la entrada del teatro y padres, madres, tíos, abuelos, niños y niñas se quitan los zapatos y los arrinconan en el patio de butacas, hasta el instante en el que Albert Vilà y el resto de la compañía recogen, junto a grandes y pequeños, los materiales que les han servido para mantener, durante más de media hora, entretenidos y abstraídos por la música a decenas de niños que no superan los cinco años.

Todo es mágico en ‘Bitels para bebés’ y no sólo porque suenen los acordes de John y Paul, que también. Es imposible que no sea mágica la idea de atrapar entre cuerdas a las personas, cuando aún no levantan dos palmos del suelo, con el sonido en directo de un ‘¡Hey Jude!’.

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