El barrio de San Andrés de Segovia busca savia nueva

Gregorio Garrido, presidente de la Asociación de Vecinos del Barrio de San Andrés./
Gregorio Garrido, presidente de la Asociación de Vecinos del Barrio de San Andrés.

El futuro de la asociación vecinal es incierto por la inminente dimisión de su directiva y las dudas sobre el relevo para mantener tradiciones como la Tajada

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

La plaza de la Merced, epicentro del barrio de San Andrés, con la Catedral al fondo y la iglesia de San Andrés a la espalda, apenas tiene dos bancos de piedra ocupados en una mañana soleada. Símbolo de un barrio museístico, evocar a aquellos nacimientos navideños multitudinarios de los años 80 del siglo pasado, parece una llamada a la prehistoria. Fue un éxito rotundo, con figuras de tamaño natural representadas con las caras de los vecinos. El nacimiento ocupaba toda la perspectiva de la plaza, con cinco palmeras de tamaño natural de unas 4.000 hojitas de tela y una armadura de alambre. Donde ahora están los columpios estaba el gran castillo de Herodes. La fuente central actuaba de molino, con su río natural. Junto a camellos, también a tamaño real, con los reyes magos.

El escaparate era un foco de atención mediática y turística. «El montaje empezaba en torno al 10 de diciembre y como trabajábamos durante el día, nos veníamos aquí a las nueve de la noche y estábamos hasta la madrugada montando la red eléctrica y decoración. Hay que tener muchas ganas para eso», explica el presidente de la Asociación de Vecinos de San Andrés, Gregorio Garrido. Su junta directiva dimitirá el año que viene tras cuatro décadas al frente y el grupo busca recambio en las nuevas generaciones para evitar su desaparición y la de actividades como la Tajada de San Andrés.

La asociación surgió en 1978 con un grupo de vecinos veinteañeros con «ganas e ilusión para hacer una cosa de estas» y el año siguiente arrancaron los tres grandes pilares identitarios: el Cristo Yacente de Gregorio Fernández, que desfila cada Semana Santa, la carroza de las fiestas de San Juan y San Pedro y la Tajada de San Andrés. Convocaron al barrio para presentar la idea, recibida con los brazos abiertos, y se formó una junta directiva con cuatro cargos y otros tantos vocales. Unos eran estudiantes y otros comenzaban a trabajar. «Teníamos juventud», sintetiza Garrido.

Empezaron a trabajar en el barrio con esas mismas actividades que venían haciéndose antes de constituirse la asociación. «Para cualquier cosa, dabas una llamada y no tenías ningún problema. Es un barrio pequeñito, pero te colaboraban 50 ó 60 personas. Pero claro, estamos hablando de 40 años atrás. Y todos estos que hoy tienen 80 años tenían 40 entonces. Y participaban. Ahora hacemos una cosa de estas y no viene gente. Todo en esta vida hay que hacerlo en los momentos oportunos», apunta Garrido, de 72 años.

El barrio de San Andrés era un concursante ilustre del concurso de carrozas, organizado por el Ayuntamiento desde 1979 hasta 2000. «Había iniciativa y colaboración». Las primeras grandes carrozas representaron un cuento infantil de enanitos a través de un bosque con setas. También hubo un gran dragón, una imagen egipcia de caballos o la fuente representativa de la plaza de la Merced. Detrás había mucho trabajo; para eso contaban con carpinteros, soldadores o electricistas. En casa se hacían lo trajes para los niños del desfile. «Es que entonces teníamos 30 ó 40. Hoy, si quieres contar los niños de 0 a 10 años igual no llenas los dedos de una mano». Con el mismo equipo de trabajo que para el nacimiento, se tiraban trabajando desde abril hasta finales de junio.

Siguió la recreación navideña, breve pero imborrable. El primer montaje se hizo a principios de los años 80; no tardó en ser destrozado por un grupo de vándalos y los vecinos estuvieron un par de años sin montarlo. Optaron por una versión más pequeña, que también fue víctima de los vándalos. Aun así, la «morriña» subsistió y volvieron a montarlo en el jardín de la parroquia, con el mismo desenlace. Han hecho alguna representación dentro de la parroquia, pero con el tiempo se abandonó.

Rodeado de monumentos

La unión parroquial –la gran mayoría eran feligreses– fue un fundamento clave. También la colaboración del colegio de las Jesuitinas, que ayudaba en los preparativos. «Es una asociación tranquila porque estamos en un barrio pequeñito, dentro del centro de la ciudad, rodeado por unos monumentos impresionantes [Catedral, Alcázar, Judería o Puerta de San Andrés] y es una de las partes con más tránsito. Por eso está muy cuidado». Ya abandonados el nacimiento y la carroza, el colectivo cuida las procesiones de Semana Santa y la celebración de la Tajada, que cumpliría el próximo año cuatro décadas.

Todo empezó como compañía al desfile de carrozas. «¿Por qué no compramos unos kilos de chorizo y hacemos una limonada? Lo pagamos de nuestro bolsillo, pedimos permiso al Ayuntamiento y nos acercamos con unas dulzainas a la Plaza Mayor y un carrito de mano. Y nos lo pasamos muy bien». Al siguiente año, salió con la carroza, en forma de mariposa –les valió el primer premio– y empezaron a colgarse los chorizos. Años después, el Consistorio pidió ampliar el ámbito, asumió el coste y la Tajada bajó hasta el Azoguejo y regresó por la calle San Juan.

«El problema que tenemos las asociaciones de vecinos es que nadie quiere la responsabilidad de un cargo no retributivo. Nosotros llevamos ya 40 años y mis compañeros han dicho, hasta aquí. Hemos intentado que lo cogiera alguien, pero es que San Andrés hoy en día tiene una media de edad de 60-65 años. No sabemos qué va a pasar; nosotros vamos a presentar nuestra dimisión en febrero». Convocarán una asamblea general abierta al barrio, pues no hay socios –la afluencia tampoco es precisamente numerosa– y confían en que el grupo que gestiona la procesión de Semana Santa, integrado por vecinos de en torno a los 30 años, dé un paso al frente. «Ayudan bastante, participan en la Tajada y no quieren que desaparezca. No sé qué harán, pero si quieren hacerse cargo, no les dejaremos solos».

Garrido lamenta no haber dejado el cargo con las obras de la calle Daoíz acometidas y seguir viendo cables eléctricos y de telefonía colgados en las fachadas desde hace cuatro años. No obstante, valora la pavimentación de la calle Velarde, el buen estado de la zona de la ronda de Don Juan II y la iluminación en un barrio que parece otro al atardecer. «A partir de las ocho de la tarde, es un desierto. Los edificios están cada vez más vacíos y las rehabilitaciones se están haciendo para estudiantes, con precios de alquileres muy altos. A pesar de esa soledad, es un barrio muy tranquilo, pero da una pena tremenda».

Declive del casco antiguo

El presidente lamenta también el cierre de las Jesuitinas y lo que ha supuesto para la zona, en paralelo al declive del caso antiguo. «Nos están quitando todos los organismos; ha desparecido el INSS (Instituto Nacional de la Seguridad Social) y dentro de poco serán los juzgados. Esos centros oficiales atraen a mucho público, toda esa gente pasaba por aquí, daban una vuelta por los comercios y daban actividad a los bares. El casco antiguo se va a quedar como un cementerio». Cree que el acceso cómodo para los visitantes es crucial para revitalizarlo y pide facilidades para sus residentes. «El servicio de autobuses es muy cómodo, pero el que viene de fuera quiere dejar el coche en la puerta».

En uno de los barrios más antiguos de la ciudad, el incentivo visual es crucial. «Vivir aquí es un lujo. Te levantas y, a nada que andes, tienes la Catedral o el Alcázar, unas vistas impresionantes y una tranquilidad asombrosa». Está convencido del atractivo turístico pero no del vecinal. «Desde las nueve de la mañana a las cinco de la tarde, va a ir a más. ¿Pero qué va a pasar a partir de esa hora? Esa es la incógnita, no para el barrio, que tiene muy poco comercio, sino para el centro de Segovia».

Garrido se muda ahora tras cinco décadas en la misma vivienda, pero se queda en el barrio. Expresidente de la Gimnástica Segoviana, vive en su entorno cercano la experiencia que relata. Cerró al juguetería La Infantil en 2016, una tienda pequeñita que mantuvo con su hermana pasada la edad de jubilación, desde los 14 hasta los 70 años. El negocio seguía siendo rentable pero ninguno de sus cinco hijos quiso continuar con él. «Llega un momento en el que tienes que dejarlo porque no vas a estar toda tu vida trabajando. Si no tengo sucesor, no voy a ir a abrir la tienda con garrotita».

Y la edad también demanda un cambio. «No eres joven, pero todavía tienes ilusiones. Por una cosa o por otra, yo a mi mujer la he tenido abandonada; la veía en el trabajo y en casa. Ese tiempo perdido, de tomar unos vinos, lo tienes que recuperar mientras puedas hacerlo». Es el guión que viven muchos vecinos del barrio, que esperan una generación de recambio para revitalizar sus calles.