«La vida para mí sólo tenía sentido si era para entregarla a los demás»

Fernando Sánchez Tendero, a la puerta de la iglesia de Tamames./M. J. GUTIÉRREZ
Fernando Sánchez Tendero, a la puerta de la iglesia de Tamames. / M. J. GUTIÉRREZ

Fernando Sánchez Tendero es sacerdote en Tamames y el fundador de la ONG Hijos del Maíz

MARÍA JESÚS GUTIÉRREZ / WORD

Fernando Sánchez Tendero nació el 30 de mayo, de ahí su nombre, de 1956 en Fuenteguinaldo. Comenzó sus estudios en la escuela de su pueblo y a los 11 años se fue al Seminario a Ciudad Rodrigo. Una vez terminados sus estudios eclesiásticos ingresó en la Universidad de Salamanca, donde se licenció en Filología Hispánica, tras lo cual regresó al Seminario como profesor. Ahora ejerce su ministerio en municipios como Tamames, entre otros, además de tener una vida misionera muy activa a través de la Asociación Hijos del Maíz.

- ¿Por qué se hizo sacerdote, qué le llevó a tomar dicho camino?

- No hubo una cosa específica, ni una conversión fulminante… Fueron muchos pequeños detalles los que dieron forma a mi vocación y me llevaron a optar en libertad y responsabilidad por este camino. Sí hubo una línea que iba marcando mi camino: la vida para mí sólo tenía sentido si era para entregarla a los demás. Creía que el sacerdocio era el mejor camino para ello, sobre todo un sacerdocio vivido como misionero. Pero uno no siempre sirve donde quiere, sino donde lo siembran.

- Ahora lleva la parroquia de Tamames, ¿pero hasta llegar a este pueblo, en qué otros lugares ha ejercido su ministerio?

- Mientras estuve en Salamanca colaboré en la parroquia de San Juan Bautista. Al poco tiempo de mi regreso a Ciudad Rodrigo me enviaron a poner en marcha una nueva parroquia, la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, donde estuve 12 años. De ahí, como un paréntesis, y de manera provisional, estuve dos años en Espeja y Sexmiro. Regresé de nuevo a Ciudad Rodrigo y, junto a otro compañero, iniciamos la andadura en otra parroquia nueva, El Salvador, donde estuve 14 años. Ayudé un año en el Arciprestazgo de Águeda y, por fin, me tocó ser cura de pueblo. Y aquí estoy, en Tamames y en las parroquias de alrededor.

- ¿Qué diferencias ha encontrado entre unas zonas y otras, o ha sido muy similar en todas ellas?

- Las herramientas de trabajo son siempre las mismas, pero la tierra en ocasiones es diferente y la siembra requiere distintos enfoques. En la primera parroquia, mi primera parroquia, comencé formando comunidad. Cada familia venía de un lugar distinto y la comunidad cristiana fue un punto de referencia para todos. Había muchos niños y los padres arrimaban el hombro; encontré mucha colaboración. Es verdad que eran otros momentos. La experiencia en la parroquia de El Salvador también fue muy positiva, pero ya había rasgos diferentes. Y ahora en los pueblos de esta tierra. Estoy muy contento de estar aquí, pero la realidad es distinta. Mientras que en las dos anteriores parroquias no había ningún arraigo a las tradiciones, costumbres, formas de vivir y celebrar la liturgia, aquí sí las hay. Hay que ir purificando algunas cosas, dando cabida a otras nuevas, seguir caminando con otras… Son nuevos retos. Pero eso sí, hay una cosa que no cambia, el mensaje del Evangelio, y mi tarea es evangelizar.

- Tamames es un pueblo grande, en el que hay niños y juventud, ¿qué relación tienen con la Iglesia?

- Los niños tienen una relación muy buena. Es un grupo encantador, apoyado en buena medida por sus padres. La verdad es que nos resulta muy fácil trabajar con ellos porque son muy cercanos y muy buena gente.

Los jóvenes están bastante alejados. La presencia de la mayor parte es muy esporádica; en momentos puntuales con la fiesta del Cristo del Amparo o alguna procesión de Semana Santa. Quizás no hayamos sabido darles el acompañamiento que necesitan. A veces da la sensación de que sus caminos nunca se van a encontrar con los nuestros. Pero siempre hay atajos y posibilidades de trazar nuevas rutas. Las carreteras no siempre han transcurrido por el mismo lugar.

- A finales de enero se celebró la jornada de la Santa Infancia y la cencerrada ‘inventada’ por un sacerdote como usted, ¿cree que este tipo de iniciativas acerca a los niños de hoy a la celebración eucarística?

- El origen de esta tradición se remonta a don Juan Hernández, entre los años 1945-1960. Él, con una campanilla de la iglesia, junto a sus monaguillos, iba llamando casa por casa a los niños para que fueran a la celebración de la eucaristía. Después se fue transformando un poco lo que era el origen de ese llamamiento y, en lugar de llevar una campanilla, se llevan cencerros. Pero no van más niños a la celebración de la eucaristía por este motivo, salvo ese día que va algún adolescente más. Los niños van todos prácticamente cada domingo. Pero sí, es verdad que hay que buscar nuevos recursos ante nuevos momentos y nuevas situaciones que estamos viviendo. No nos podemos estancar. También en la Iglesia tenemos que reciclarnos: «a vino nuevo, odres nuevos».

- Con los niños no hay problemas de acercamiento como manifiesta, pero ¿qué es lo más complicado a la hora de acercarse a la juventud?

- La imagen preconcebida que de uno pueden tener. En muchas ocasiones tienen una idea del cura como tal y es difícil cambiarla. Por norma rechazan todo lo que tiene que ver con la Iglesia. En ella ven que estamos trasnochados, que hay prohibiciones con las que no están de acuerdo y que, en muchas ocasiones, chocan con su forma de vivir; están presentes los errores de la Iglesia a lo largo de la Historia… Todo ello forma como una barrera que no es fácil derribar. Es un proceso largo y que se puede lograr desde el testimonio y coherencia personal.

- ¿Es Tamames y los municipios en los que usted ejerce como sacerdote, pueblos en los que sólo es la población mayor la que sigue o está vinculada a la Iglesia y todas sus actividades?

- Es verdad que la mayor parte de las personas que acuden a la iglesia son mayores, y predominantemente mujeres. Salvo en Tamames, en los demás pueblos apenas hay algún niño o algún joven, pero hay presencia de ellos en las celebraciones. En Tamames, como indiqué más arriba, van casi todos los niños, algunos jóvenes, matrimonios jóvenes, bastantes hombres… Hay buena tierra donde sembrar.

- Cada vez hay menos vocaciones religiosas, ¿a qué achaca usted esta situación?

- Exceptuando algún caso muy concreto, así es nuestra realidad. En países como Nicaragua las vocaciones están aumentando.

Hoy la vida de un cura o de una religiosa no llama la atención, no interesa. No colma las expectativas de los jóvenes, porque sus intereses y presiones van por otro camino. La gratuidad, la renuncia, son valores que no cotizan en bolsa. La espiritualidad para ellos está desfasada; el vivir en los pueblos, y el vivir en soledad, no atrae; la Iglesia está lejos de sus objetivos. A medida que un país avanza económicamente, mucha gente prescinde de Dios y de todo lo que tiene que ver con Él.

- A su entender, ¿hacia dónde camina la Iglesia de hoy?

- Espero no equivocarme, pero creo que, aunque va a ser una Iglesia de minorías en medio de una sociedad en la que los cristianos vamos a ser como un cuerpo extraño, la Iglesia sigue trabajando en la tarea de hacer presente el Reino de Dios y su justicia; luchando por los más desfavorecidos de la tierra; sembrando paz en medio de las discordias; estando en los lugares donde nadie quiere estar...; anunciando, en definitiva, a Jesucristo en cualquier lugar del mundo donde haya un ser humano.

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