Los pobres estaban invitados

Los indigentes salmantinos del Lavatorio del Jueves Santo en el primer tercio del pasado siglo

Alumnas de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, que servían la mesa a los pobres del Lavatorio. /
Alumnas de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, que servían la mesa a los pobres del Lavatorio.
PAULA HERNÁNDEZ ALEJANDROSALAMANCA

Los pobres estaban invitados. Los de Salamanca, como Dios manda. Andaban por los caminos, ponían el hambre a régimen en sus casuchas o se acogían a la beneficencia del asilo. En aquel tiempo, primer tercio del siglo XX, se hablaba mucho de caridad y poco de justicia. En la Semana Santa se ablandaban los corazones. Y la Iglesia diocesana arropaba a los más necesitados. Los doce elegidos, como aquellos apóstoles, para el Lavatorio del Jueves Santo en la Catedral recibían ese pequeño reconocimiento.

En el inicio de la centuria la provincia salmantina contaba con 1.028 «mendigos, vagabundos y prostitutas», según el INE (Censo de 1900, tomo IV. Clasificación de los habitantes por su profesión). Los redactores-recopiladores del padrón no hacían distinciones entre unos y otros, entre estos y aquellas. Además, existían otros pobres, aunque en un escalón de menor vulnerabilidad. Y ahí estaban los invitados por las autoridades eclesiásticas.

Los nombres de aquellos desheredados figuran en las hemerotecas de la prensa local, sobre todo de El Adelanto y de El Lábaro. La lista de 1901 incluye a varones comprendidos entre 68 y 80 años. Se asignaban a varias parroquias de la capital y de algunos pueblos (Santa Marta, Forfoleda, Aldearrubia y Matilla de los Caños). El prelado Tomás de Cámara y Castro les ofrecía la comida, en las dependencias del Palacio Episcopal, y un traje nuevo (un ropón). Alumnas internas del Colegio de las Hijas de Jesús servían la mesa con las vituallas. Casi eran unas niñas. Para los plumillas, se trataba de «distinguidas señoritas».

En la Semana Santa de 1905, los dos periódicos indican que el prelado Francisco Javier Valdés, recién asentado en la cátedra, «presidió la mesa», aunque el segundo añade que «conversó cariñosamente con los pobres». Y dos años más tarde ofrecen otras estampas. Así, uno describe la presencia de «doce ancianos limpios y afeitados, vestidos con el negro ropón que les regalan este día y con la blanca servilleta puesta debajo de la barba, destacándose fuertemente sobre el negro traje». No faltaban los curiosos que realizaban «cálculos sobre la edad probable de los ancianos», para después hacer comparaciones «con los de años anteriores». Y terminaba con el elogio de quienes, «en nuestra época de egoísmos, tienen fuerza para lavar los pies a unos ancianos menesterosos y generosidad para sentarlos a su mesa». El otro aporta una nota a la lista de «los pobres agraciados con la limosna del ropón» para la ceremonia del Lavatorio: «los señores Curas párrocos tendrán la bondad de comunicarlo a los interesados, advirtiéndoles que deben presentarse el Miércoles Santo, a las 11 de la mañana, en el Palacio Episcopal a recibir instrucciones». Había que instruirles: esto, sí; esto, no.

La subsistencia se presentaba muy cara para la gente humilde. Así, no llamaba la atención que un músico ciego acudiese urgentemente, en la Pasión de 1907, a la Casa de Socorro de la capital porque se ahogaba. El médico de guardia le extrajo dos monedas de 10 céntimos de la garganta. El pobre respiró tranquilo. Había recuperado la limosna, tan disputada.

Menús

Los menesterosos suelen tener hambre. A partir de 1917 conocemos el menú ofrecido a los pobres del Lavatorio. Esa Semana Santa, mediados de abril, nevó mucho en Salamanca. El redactor se extiende, a veces con tono lírico, en su crónica. «La vetusta ciudad, envuelta en el velo blanco de la nieve impoluta, semeja un sudario de armiño», escribe. El reportero ofrece unas pinceladas de ambiente: «Pasan las devotas envueltas en sus manteos negros; unas damiselas ponen la aleve risotada de sus ojos, que son bravíos como una esmeralda o son opacos, o negros como trozos de carbón en la infinita quietud de las callejas muertas». Y, con el frío y el hambre atrasada, era de esperar que los doce desamparados dejarían los platos limpios. El menú «se componía», aquel 5 de abril, de sopa de pan y huevos, cocido a la española, chuletas de ternera con patatas y pimientos asados y pavo con ensalada. De postre, arroz con leche, queso y naranjas. El prelado les regaló, a cada uno, un capote, un par de botas, sombrero y una peseta: «Al más anciano, dos pesetas». La lista de vituallas del año siguiente es muy similar: sopas de huevos, cocido a la española, ternera con patatas al humo y pavo asado con ensalada. Con este complemento: arroz con leche, queso y frutas. En los Jueves de las Pasiones posteriores se mantiene el menú con ligeras variaciones. Así, se especifica que el de 1919 constaba de sopa de huevos cocidos, lomo con patatas y pavo con escarola. Como plato final: queso, naranjas y arroz con leche (alumnas de las Jesuitinas y las Josefinas atendieron la mesa con discreta diligencia).

Mucho antes, en 1908, el Novelty –inaugurado en mayo de 1905, con la propiedad de Federico y Vicente García, la publicidad de la época hablaba de «café, restaurante y repostería»– anunciaba su menú diario: almuerzo, 4 pesetas; comida, 5 pesetas. También «se sirven cubiertos desde 3». La referencia nos acerca a la valoración económica de aquellas comidas fraternas, tal vez condi-mentadas con largueza y algunos gramos de paternalismo.

Décadas de los 20-30, con espectadores

La década de los 20, que conoció tantas mudanzas, no varió mucho las minutas. En 1920: sopa de huevo, cocido a la española, chuletas con patatas fritas y pavo con ensalada. Postres: queso, naranjas y arroz con leche. El menú de 1921 repite el ofrecido el año anterior. En 1923 se producen ligerísimos cambios en la carta: sopa de huevos, cocido a la española, chuletas con pimientos y pavo con ensalada. Postres: arroz con leche, queso de Villalón y naranjas. Aquello debía constituir algo parecido a un espectáculo, pues «presenció la comida bastante público», se informa. Con la sede vacante en la Semana Santa de 1924, pues se ha ido el obispo Alcolea y no ha llegado Regueras, la comida se sirve en el Seminario, y cambia el agasajo: consomé, tortilla francesa, ternera con tomate, lenguado frito y pichón a la financiera. Para rematar, copiosamente, con arroz con leche, naranjas y queso. La colación es acompañada con vino blanco. Un festín.

Se regresa al Palacio Episcopal en 1927, con novedades en el menú: sopa de bacalao con un par de huevos, solomillo con guisantes y filetes de merluza rebozada. Ya no falta el morapio. Por si hubieran quedado con hambre, también se les ofrece arroz con leche, pasteles, naranjas y plátanos. El prelado Francisco Frutos Valiente «presenció la comida, dirigiendo palabras de cariño a los doce ancianitos». Las cosas varían en 1928, pues se presenta una carta más rica: consomé royal, tortilla de finas hierbas, merluza rebozada al limón y chuletas de ternera empanadas. Después vienen el arroz con leche y las frutas, según los gustos. La explicación puede estar en lo ocurrido en 1929: «comida condimentada, de manera exquisita, por la cocina del Palacio» –el chef era Prudencio Lahera–, consistente en consomé de ave, tortilla francesa, medallones de merluza a la romana y chuletas de ternera con patatas fritas. Se supone que los pobres son gentes con buen apetito, que no hacen ascos a la abundancia de un día. De ahí que se ponga la guinda con el arroz con leche, el queso de gruyer, las naranjas y los plátanos. A elegir, pidan ustedes. «Después de la comida se dio la limosna, a cada uno, de cinco pesetas», se resalta.

Lahera elabora, de nuevo, la comida de 1930. Presenta similitudes con la aderezada el año anterior. Solo hay pequeños cambios en la carta, compuesta de consomé de ave, tortilla a la española, medallones de merluza a la romana y chuletas de ternera a la milanesa. En cuanto a los postres, inalterables. Únicamente retira el queso de gruyer. Tal vez por su coste. De nuevo, «presenció la comida un numeroso público». Como si las obras de misericordia, o así, necesitasen publicidad. Y, como ya es tradición, «el doctor Frutos Valiente, al terminar, regaló a cada uno de los pobres cinco pesetas». Se mantiene el menú en 1931: consomé de ave, tortilla a la española, medallones de merluza a la alemana, chuletas a la milanesa y vino. Y vuelve el queso a los postres. «La comida fue muy bien presentada y condimentada por el afamado cocinero de Palacio». Ya son cuatro años de lo mismo. El obispo obsequió a «las colegialas sirvientes de la comida una cajita de dulces a cada una, y a los ancianos cinco pesetas de limosna».

Para las dispuestas colegialas, dulces. Los periodistas locales de aquel momento, emperrados con los cantos a la mantilla y al porte de las mujeres salmantinas: tan dulces. Y la publicidad de la época, a lo suyo. En los primeros años del siglo XX se anunciaba: «Para Semana Santa. Se han recibido de París lo últimos modelos en sombreros, abrigos y blusas». El muestrario, «en el interior» de la tienda, situada en la Plaza Mayor. Muy cerca, a dos pasos, se vendía también el perfume 'Brisas del Tormes'(polvos «muy adherentes e invisibles», que dan «al cutis frescura y transparencia, dejándolo terso y aterciopelado»). Por muy poco, dos pesetas, ocho reales, es suya la caja, señora. Dulces aromas.