El obispo humilde que se le atragantó a Franco

El obispo, en una imagen de 1995. /EL NORTE
El obispo, en una imagen de 1995. / EL NORTE

Mauro Rubio, de cuyo nacimiento se cumplen cien años, fue recibido con frialdad por las autoridades salmantinas, que lo consideraban demasiado progresista por su compromiso con la juventud obrera

ENRIQUE BERZAL

Nos han nombrado para Obispo de Salamanca al tercero de la terna, un rojazo. ¡Cómo sería el primero!». La queja del gobernador civil de Salamanca, Enrique Otero Aenlle, a mediados de julio de 1964, no podía ser más expresiva. La noticia de que el Vaticano se había decantado por Mauro Rubio Repullés para regir la diócesis salmantina cayó como un auténtico jarro de agua fría entre las autoridades franquistas. Fue el mismo Mauro Rubio, de cuyo nacimiento se cumplen ahora cien años, quien relató la anécdota en septiembre de 1994, durante el acto de recepción de la Medalla de Oro de la Ciudad de Salamanca, y a pocos meses de su jubilación. «Quizás por mi dedicación a un Movimiento Apostólico Obrerista merecí al llegar aquí el caritativo comentario de su Gobernador Civil», recordaba el prelado. Aunque no le faltaba razón, lo cierto es que no era ese el único motivo. El mismo jefe del Estado, general Franco, confesó a sus allegados el disgusto con que recibió la decisión del Vaticano.

Mauro Rubio había nacido el 22 de enero de 1919 en la localidad albaceteña de Montealegre del Castillo, pero siendo un niño se trasladó con su familia a Madrid. De vocación religiosa tardía, ingresó en el Seminario ya licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Central. Este hecho, y la impronta que dejó en su formación la Institución Libre de Enseñanza (estudió el Bachillerato en el Instituto Escuela madrileño), marcaron sin duda su talante y proceder pastoral, más abierto y dialogante que el de buena parte del personal religioso forjado en aquel contexto nacionalcatólico. En 1948, una vez ordenado sacerdote, fue enviado como párroco a Robregordo y La Acebeda, en la sierra madrileña, pero enseguida mostró gran interés por la vida de los jóvenes obreros.

Participó en el Concilio Vaticano II y fue de los pocos obispos españoles que se pronuncio a favor de la libertad religiosa

Después de graduarse en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma fue nombrado consiliario nacional de la Juventud Obrera Católica (JOC), cuya metodología de formación y acción, basada en el «ver, juzgar y actuar», terminaría convirtiéndola en una destacada plataforma de apoyo a la clase obrera española, aun a riesgo de ganarse –como así sucedió- la enemiga del Régimen franquista. Lo primero que hizo Rubio como consiliario fue impulsar el contacto con la JOC internacional y con su fundador, el prelado belga Joseph Cardijn, en abril de 1955, aprovechando un viaje suyo a Portugal. Esta incardinación en el movimiento internacional acrecentó el compromiso de la organización española, afianzando su identidad como Iglesia y movimiento obrero al mismo tiempo.

La identificación de Mauro Rubio con las inquietudes y demandas de los jóvenes obreros tuvo su primer y más sonado hito en el verano de 1958, cuando se hizo pública una carta firmada por medio centenar de religiosos solicitando la amnistía para los 46 trabajadores y universitarios detenidos en diciembre del año anterior, sometidos a la acción del Juzgado Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. El futuro obispo de Salamanca estampaba su firma como consiliario de la JOC y profesor del Seminario Hispanoamericano en Madrid. La prensa republicana, anarquista y comunista, radicada en el extranjero, no tardó en alabar la actitud de esos religiosos que solicitaban clemencia para los detenidos. Un año después era nombrado consiliario de toda la Juventud Española de Acción Católica.

Franco disgustado

Su nombramiento como obispo de Salamanca, en julio de 1964, en sustitución de Francisco Barbado Viejo, obedeció a la voluntad de Pablo VI y del nuncio Dadaglio de renovar paulatinamente el episcopado español para propiciar un «aggionarmento» de la jerarquía eclesiástica en consonancia con el espíritu del Vaticano II. De hecho, Mauro Rubio no solo participó en el Concilio, crucial para anclar a la Iglesia en la modernidad, sino que fue de los pocos obispos españoles que se pronunciaron a favor del decreto sobre la libertad religiosa, que cuestionaba el sistema de relaciones Iglesia-Estado vigente en España. De ahí la reacción del Jefe del Estado al conocer la noticia: «Le veo por la tarde [a Franco] –escribe Manuel Fraga Iribarne en 'Memoria breve de una vida pública'-, está tranquilo, como si el tiempo no pasara; habla de 'la verdad que poseemos': sólo entra en detalles, como el nombramiento del nuevo obispo de Salamanca, que le preocupa. Me confirma que él nunca ha usado en serio su derecho de patronato, y que el nuncio ha acabado siempre por salirse con los suyos».

En julio de 1995 fue sustituido por Braulio Rodríguez. Falleció en enero de 2000, a los 81 años

El Archivo General de la Administración custodia documentos con opiniones y juicios de las autoridades civiles sobre el obispo, al que consideraban progresista, así como informes del seguimiento realizado al clero joven identificado con su aperturismo. Figuran, por ejemplo, la homilía pronunciada en 1966 contra las injusticias sociales, la opresión, el abuso de poder y el «totalitarismo», y el apoyo dispensado a párrocos que en los años finales del Franquismo eran multados por proferir ataques al sistema político.

Además, si como canciller de la Universidad Pontificia impulsó y amparó la famosa Cátedra Pablo VI, donde especialistas en diversas materias debatían sobre la actualidad con espíritu crítico y democrático, hasta el extremo de ser muy vigiladas sus sesiones por las autoridades, en mayo de 1968 se descolgó con declaraciones que afirmaban el compromiso de la Iglesia con los derechos humanos y rechazaban la forma en que se estaba aplicando en España el decreto conciliar sobre la libertad religiosa: «La Iglesia tiene que iluminar la vida de la sociedad no sólo proclamando la fe, sino procurando una profunda inspiración cristiana a lo temporal, que no puede realizarse sin el debido respeto a los derechos humanos fundamentales (…) [En España] sólo se ha logrado un avance parcial y no responde absolutamente a la letra del decreto sobre libertad religiosa proclamado por el Concilio».

De su carácter humilde y campechano da cuenta la decisión de renunciar al Palacio Episcopal para irse a vivir a un apartamento: en el libro 'Mi Memoria', publicado en 1999, recuerda la extrañeza de los salmantinos cuando le veían pasear solo por las calles. En julio de 1995 fue sustituido por Braulio Rodríguez al frente dela diócesis. Falleció el 28 de enero de 2000, a los 81 años, en la modesta residencia de ancianos de las Hermanitas de los Pobres.

 

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