TOROS

Otro mexicano que arrea: Miguel Aguilar

Miguel Aguilar, ayer en La Glorieta/LAYA
Miguel Aguilar, ayer en La Glorieta / LAYA

El joven novillero de Aguascalientes sorprende por su capacidad y arrojo en solo su séptima novillada picada

BARQUERITO / COLPISASALAMANCA

La sangre brava que más se viene multiplicando en el campo charro es la de procedencia Aldeanueva-Fonseca. La ganadería de Casasola, derivada del legado de Andrés Ramos, es una de ellas. Había curiosidad. En el tradicional desenjaule que precede a los festejos de la feria, llamaron la atención por su seriedad los seis novillos del envío. Los seis fueron ocho a la hora de la verdad. El quinto de sorteo se derrumbó y fue devuelto. El quinto bis, el más ofensivo de los ocho aprobados, volvió a los corrales por cojo y descoordinado. Entró en liza un segundo sobrero, exangüe, sumiso y claudicante.

En el arrastre de ese quinto tris pareció quedar sentenciada la novillada entera. El segundo y sobre todo el tercero habían superado la prueba. Pero no el primero, que, castigado en exceso en una vara de mucho sangrar, pegó acostones, se rebrincó y revolvió. Tampoco un cuarto que de puro frágil se quedaba debajo. El sexto, de más volumen que los siete vistos por delante, y de hechuras distintas, fue codicioso, no tan feble como los que rozaron la invalidez, pero tampoco tan entero como los dos que apenas salvaron el honor de la ganadería, Su fondo, no su espectacular fachada. Todos salieron con muchos pies, pero todos se soltaron llamativamente. O por demasiado corridos en el campo. O por esa querencia común de los toros desenjaulados en el ruedo a buscar la puerta de corrales.

La suerte de los dos debutantes fue tan dispar como su propio estilo. El salmantino Diosleguarde -el apodo con que Manuel Sánchez honra a su villa natal-, muy formalista, parece inclinado al toreo de gesto y postura y, por tanto, de composición forzada. Sabe torear, pasó el examen de oficio con suficiencia. La faena justificatoria con el inocuo quinto dejó patente su mucho rodaje. Cuando toreó despacio al noble segundo, pecó de hacerlo despegado. Un punto aparatoso.

Miguel Aguilar, que toreaba solo su séptima novillada picada desde su estreno en el escalafón el pasado mes de marzo, sorprendió por su oficio: talento para resolver, ideas para elegir terrenos y distancias, fría la cabeza, impecable el ajuste. Acreditó valor sobrado, no solo recursos de torero mucho más hecho de lo previsto. En las formas: pases de pecho espléndidos a suerte cargada, ingeniosas soluciones a pies juntos, cabal dominio de dos toros en dos faenas donde hubo de todo un poco: acento clásico y no pocas temeridades de alarde en la segunda mitad de uno y otro trasteo. Arranque de novillero dispuesto a lo que sea preciso.

Diego San Román, que fue la sorpresa del año pasado en esta misma plaza y esta misma fecha, vino a toparse con dos toros nada propicios. El primero, que se coló por las dos manos, le levantó los pies unas cuantas veces y estuvo a punto de herirlo. Fue notable la entereza seca del torero de Querétaro. Al cuarto supo sujetarlo. Ni caso cuando se le quedó debajo. No se cansó de estarle en la cara. Una faena desmesurada. En zona cero, un sofocante arrimón. Y una estocada a recibir. Y soltando el engaño.

Diego San Román, silencio y silencio tras un aviso. Manuel Diosleguarde, aplausos tras aviso y una oreja. Miguel Aguilar, saludos tras un aviso en los dos.