Una joven con alma torera

Claudia Gutiérrez, alumna de la Escuela de Tauromaquia de Salamanca, con el capote. /JESÚS FORMIGO / ICAL
Claudia Gutiérrez, alumna de la Escuela de Tauromaquia de Salamanca, con el capote. / JESÚS FORMIGO / ICAL

Alumna de la Escuela de Tauromaquia, decidió cambiar un día las zapatillas y el balón de fútbol por el capote

BEATRIZ JIMÉNEZ / ICALSALAMANCA

El brillo en sus ojos junto a esa sonrisa mientras se abrocha la chaqueta del traje de luces y coge el capote la delatan. Claudia Gutiérrez es una joven salmantina de 17 años, que desde hace más de tres forma parte de la Escuela de Tauromaquia de la ciudad. Su familia, aficionada al mundo del toro, pero sin dedicación a esta profesión, no se imaginaba que esta decisión se convirtiera en realidad. Y es que Claudia decidió un día cambiar sus botas de fútbol por el capote y la espada definitivamente.

Su afición por los toros le viene desde «muy pequeñita», y como cuenta ya jugaba al toro en casa de su abuela con sus primos y en alguna ocasión acompañaba a sus padres a las plazas para ver las corridas. Con sonrisa cómplice, confiesa que ese gusanillo le recorría por dentro, aunque al principio decidió decantarse por el balón y jugar al fútbol en un equipo femenino. A pesar de su corta edad, dedicarse a este mundo y dejar definitivamente ese deporte, «fue la decisión más difícil» que había tomado hasta ahora.

Relata que comenzó ella sola toreando en casa, simulaba los pases sin nadie que la envistiera, viendo vídeos por Internet e intentando aprender de los mejores. Por eso, con diez años decidió pedir permiso a sus padres para apuntarse a la Escuela de Tauromaquia de Salamanca, porque «quería probar si era cierto eso que sentía». Poco a poco, consiguió convencerlos y tres años más tarde entró en la Escuela salmantina. Le gustaban mucho los toros, aunque al principio «no lo veía como una opción de futuro».

Entre entrenamientos deportivos, las clases en el instituto y los toros, Claudia dice que intentó compaginar las dos pasiones, como eran el fútbol y el toreo, pero se dio cuenta de que «no podía con todo». En ese momento se convenció de que los toros le hacían «más feli»» y por eso dio el paso para decantarse por ello. Ahora con la cabeza bien alta reconoce que «ha sido una buena elección».

No es capaz de describir con palabras «esa sensación» que recorre su cuerpo en el momento en el que sale al ruedo o se enfrenta a un animal y éste roza su cuerpo. Sin duda ese brillo especial en sus ojos confirma que «es pura emoción». Dice que «hasta que no se experimenta personalmente, no sabría describirlo». Aún así explica que es algo que «llena mucho» y reconoce que cuando pasan unos días sin sentirlo o sin entrenar «es algo que ya te pide el cuerpo».

Su madre, María Fernanda Rodríguez, asegura que cuando Claudia tomó esta decisión fue «un momento duro» para la familia, puesto que conoce bien «el peligro que tienen los toros». Sostiene que «al principio intentamos que dejara de lado esa idea», pero llegó un día en el que se sentó frente a ellos y dijo que «era su sueño y quería intentarlo», por lo que no hubo más que apoyarla.

Reconoce que «lo pasa mal» cuando la ve en el ruedo o ante los animales y trata de «no pensarlo» porque siente miedo. Resignada pero entre risas, asegura que «si llego a saber que sigue este camino no la traigo a la plaza de toros». Por su parte, Claudia se siente más fuerte con el apoyo de los suyos y valora el esfuerzo que hacen por ella. Con mirada cómplice, madre e hija se entienden a la perfección.

SCon mucha emoción y cariño, esta joven recuerda a la conocida familia de 'Los Capea' y cuenta que su primera muleta fue regalo del maestro 'Capea', además, él fue quien le enseñó los primeros pasos en la Finca y asiente que «siempre estaré muy agradecida».

El primer año como alumna en la Escuela de Tauromaquia comenzó a torear sus primeras becerras y ya en el segundo, debutó con vacas, sin novillos. Y fue el verano pasado cuando debutó como becerrista matando novillos y reconoce que «toreó bastante». Mientras dobla su capote con estilo, espera con ilusión que esta temporada vaya «incluso mejor», y que las tardes de toreo «salgan como espera». En este momento quiere poco a poco ir avanzando y consiguiendo metas.

Recuerdos inolvidables

La primera vez que se puso delante de una becerra fue en la Finca de 'Manolo Gimeno' y la verdad es que no esperaba «esa sensación», sonriente asegura que «fue única» y para ser la primera vez se sintió «muy bien».

A la Escuela de Tauromaquia de Salamanca acuden más alumnos, el año pasado fueron cinco chicas pero este año se han quedado únicamente dos. Claudia reconoce que se llevan muy bien con su compañera y que ambas tienen mucha ilusión. Ella asegura que siempre ha tenido la suerte de haber sido tratada «muy bien y con respeto», tanto por los compañeros como por los profesores, quienes dice que «se muestran muy atentos con todos». Son muchas horas de entrenamiento, pero también de disfrute y por eso cree que «si ellos son capaces, por qué ellas no». Así lo demuestran en el coso.

Como buena torera, esta joven salmantina reconoce ser «bastante maniática» y antes de salir a la Plaza hay cosas «que no se me pueden olvidar hacerlas», pero eso «queda guardado para uno».

Entre sus mejores recuerdos destaca el primer novillo que mató en su debut. Fue le verano pasado en la localidad salmantina de Linares de Riofrío. Claudia dice que la espada «entró como mantequilla» y como fue «cuestión de segundos» no recuerda una «sensación especial», tan solo satisfacción por haberlo conseguido.También un festival en Topas en el que toreó con Eduardo Gallo, Javier y Damián Castaño, fue una «ocasión especial» poder hacerlo con esas tres grandes figuras.

De capotes y espadas

Explica que cuando se empieza, se usan el capote rosa y la ayuda, que «no es la misma con la que se mata, sino que es para sujetar la muleta»y también está la espada de matar, que «te la dan cuando es el tercio de la suerte suprema y cambias una espada por otra», relata.

Este es el momento en el que el matador da «la muestra más cumplida de su habilidad y su arte». Es también «el momento de la verdad, el más difícil y peligroso», y cuya ejecución y resultado pueden encumbrar una faena o dar al traste con ella. Se fija en todas las figuras del toreo «que están arriba», desde novilleros hasta toreros y coge un poco de cada uno. Resalta que aprende de todos, como Talavante, Perera, Morante o Roca Rey, que son algunos de sus referentes.

Entre los pases taurinos preferidos por esta joven está «el pase de las flores», y siempre que se encuentra confiada en la Plaza lo suele llevar a cabo. Se trata de uno de los muletazos que se dan para rematar. Y poco a poco en la Escuela aprende pases nuevos, así cuando está en el campo suele intentar ponerlos en práctica. Además, se emociona cada vez que acude a clase y aprende cosas nuevas. A la Escuela de Tauromaquia acude tres días a la semana, cuatro horas cada día y lo intenta compaginar con los estudios en el instituto.

Sueños de futuro

Su futuro lo espera cerca de los toros o por lo menos en este mundo, pero reconoce que también es importante tener una formación. Por eso, le gustaría estudiar Magisterio de Educación Infantil o Educación Especial, pero remarca que «si no es con los toros, será en algo que tenga mucho que ver».

Dice que hay muchas niñas a las que les gusta el toreo, pero «al ser un mundo un poco machista no se atreven». Claudia lanza un mensaje para mostrar su apoyo a todas las que «no se atreven» a expresarlo y por eso destaca que «si quieren perseguir ese sueño que no abandonen». Muy segura de sus palabras considera que «una persona no se puede quedarse con la ganas y con la espina clavada de no haber intentado algo» y nuevamente, con rotundidad dice que «Si ellos son capaces, nosotras también».

Después de unos meses apartada de los ruedos y de los entrenamientos en la Escuela taurina como consecuencia de una lesión en su mano, Claudia aspira a volver a coger esa confianza y fortaleza que le hicieron ponerse al frente de sus sueños, para dar una estocada a lo malo y luchar por conseguir su sitio con orgullo.