TOROS - LA GLORIETA

Un exquisito Urdiales con un bravo montalvo

Diego Urdiales saluda tras cortar una oreja./MANUEL LAYA
Diego Urdiales saluda tras cortar una oreja. / MANUEL LAYA

Faena de gran rigor clasicista en medio de un vendaval y un bravo toro Liricón que pareció por todo de la reata del Liricoso indultado en La Glorieta hace un año.

BARQUERITO / COLPISASALAMANCA

Ficha de la Corrida: Tercera de Feria. Revuelto, ventoso. 7.000 almas. Dos horas y diez minutos de función. Toros: Seis toros de Montalvo (Juan Ignacio Pérez-Tabernero). Toreros: Diego Urdiales, una oreja y saludos. Ginés Marín, silencio y pitos tras un aviso. Pablo Aguado, saludos y silencio.

La bella y seria corrida de Montalvo trajo dos toros de buena nota. Un primero pronto, vivaz, fijo y de notable recorrido, muy aplicado, de los de darse sin reservas. Bravo de verdad, muy completo. Y muy noble. Se llamaba Liricón. Sería de la misma reata del Liricoso que hace justo un año conoció aquí mismo los honores del indulto. Conductas no idénticas, pero similares.

Y, además del primero, un quinto de formidable hondura, que se empleó de salida y en el caballo más y mejor que ningún otro, atacó y apretó en banderilla y, bravura latente pero innegable, no terminó de verse propiamente en la muleta. El primero, de espléndida salida -galope vivo, atento y poderoso-, rompió con son muy brioso y repitió con aliento; el quinto, codicioso en el mismo arranque, alternó ataques en tromba con embestidas descolgadas y hasta sorprendentemente pastueñas.

El primero se jugó en medio de un desatado vendaval. No fue preciso que se aplacara el viento para que Diego Urdiales lo toreara con un rigor y una exquisitez nada comunes. Una y otras cosa -las calidades- se antojaban de partida imposibles porque el viento estuvo a punto de arrancarle a Diego el capote de las manos después del tercer encuentro del toro con el caballo, cuando quiso bajarle los humos y atemperarlo.

En varios compases de una faena de impecable trama también el viento se interpuso no pocas veces. Pero ni el viento ni la bravura tan melódica como imperativa del toro pudieron con la fe, el talento y el sentido torero de Urdiales, que encontró acomodo en un mínimo terreno. Solo en él, entre el burladero de capotes y la segunda raya, hizo exhibición del toreo de asiento y compostura, traído por los vuelos a pesar de los pesares, ligado sin perder pasos, embraguetado, firmísimo, de pulso tan perfecto que en la faena, larguita, no hubo un solo enganchón.

En el toreo con la zurda tocó ayudarse de la espada, y dibujar los que fueron, en el canon clásico, los muletazos más brillantes y caros. El conjunto fue tan armónico como meritorio. No se dejó nada dentro ninguna de las dos partes: ni el toro, ovacionado en el arrastre, ni el torero, que nunca había toreado en La Glorieta y celebró el estreno muy a lo grande. Con un brindis celebradísimo a El Viti, que hace tres años se pronunció en público sobre la categoría de Diego y lo injusto de su olvido. Y con un delicioso remate de faena de toreo frontal previo a una estocada desprendida.

El quinto montalvo no tuvo el son del primero pero sí tanto fondo y hasta más. Sin ser particularmente ofensivo, imponían las hechuras, el cuajo, la hondura. Y la agresividad que delata la casta. Tampoco fue toro de subirse a las barbas. Ginés Marín abrió faena con banderas en tablas, y el toro quiso bien en ese terreno, pero tomó la decisión, precipitada, de irse sin más a los medios para traérselo de largo. Ahí pesó el toro enseguida y mucho.

Ni pensada ni improvisada, ni resuelta ni de renuncio, la faena, castigada por pausas y paseos cargantes, pinchó casi de repente. Los músicos arrancaron antes de tiempo -le dieron dos vueltas al Ragón Felez- y hasta la música irritó a quienes habían tomado partido sin reservas por el toro. Porque querían verlo mejor de lo que se estaba viendo por culpa de dudas y cortes. Con el ambiente en contra, Ginés pareció nervioso. Y, sin embargo, no desistió. Al cabo de un rato enganchó por delante el toro y entonces cambió el decorado. Se vio el toro. Pera ya era tarde. Para el toro hubo en el arrastre ovación de gala.

El papel de la corrida era el de Pablo Aguado, que también debutaba en Salamanca. Como los dos primeros toros habían salido tan nobles -el segundo, apagadito-, se esperaba que el tono siguiera igual, pero el tercero, muy astifino, recogido en verónicas despaciosas, perdía objeto como reparado de la vista y se sembró una gran confusión. Dejaba de atender a reclamo. A la salida del segundo puyazo, enterró pitones. Y escarbó. Fue toro de malos apoyos. Despejada la duda sobre si veía o no -veía-, Aguado le anduvo con su particular espontaneidad, y gustaron los apuntes, pero era toro desganado y el mero saber andar no caló.

Por exageradamente bizco fue protestado un cuarto de largas y finas mazorcas, y un cuerno izquierdo descaradísimo. El toro, apenas picado, cobró un volatín completo que lo mermó y se vino abajo a las primeras de cambio, Urdiales lo tumbó de una estocada extraordinaria. Ginés se había conformado con tandas demasiado cortas en su primer empeño, marcado por el toreo al hilo del pitón y hasta fuera de cacho, y el intento se quedó corto. El sexto, que galopó de salida como un purasangre, cobró un brutal puyazo trasero y barrenado, se engalló en banderillas y, parado en la muleta, fue toro mirón y áspero. Abrevió Aguado.