Aprender a vivir sin beber día a día

Alcohólicos Anónimos es una iniciativa mundial que funciona a través de más de 100.000 grupos en 180 países; dos de ellos están en Salamanca.

Para forma parte de A.A. solo hay un requisito, el deseo de dejar la bebida. /EL NORTE
Para forma parte de A.A. solo hay un requisito, el deseo de dejar la bebida. / EL NORTE
ROSA M. GARCÍA / WORD

'La unión hace la fuerza'. Y es cierto. De ello puede dar buena cuenta la comunidad de Alcohólicos Anónimos: la unión de alcohólicos buscando su sobriedad se ha demostrado que es efectiva.

El alcoholismo es una enfermedad progresiva que se puede detener de una única manera: dejando de beber. Y eso es posible. «Hay solución, si uno quiere», afirma Juan Luis, un alcohólico anónimo.

«Empecé a beber desde muy joven, a los 14-15 años. Primero era los fines de semana, pero luego ya tenía que beber todos los días, lo necesitaba; el alcohol me tenía encadenado, dirigía mi vida. No podía hacer nada sin beber», relata.

Juan Luis tuvo problemas serios con el alcohol, como un accidente laboral por el que estuvo escayolado seis meses. Pero ni aún así dejó de beber. Estuvo en centros, dejaba a temporadas y volvía a recaer. «Y las recaídas son peores. Dejaba de beber un año y cuando volvía, me bebía en tres meses lo que no había bebido durante ese año».

Él se fue alejando de todo, familias, amigos... «No eres uno mismo, y si no dejas de beber, le afecta a todos los que están a tu alrededor. El alcoholismo arrasa con todo». Pero llega un momento en que tocas fondo y, al final «tuve que aceptar mi enfermedad alcohólica».

«Yo no quería la vida que llevaba, estaba cansado, pero no podía dejarlo. Me tenía encadenado, atrapado, y sin ayuda no podía». Entonces, decidió entrar en el programa de A.A . «Me dejé ayudar y Alcohólicos Anónimos me sacó de donde estaba metido» .

Juan Luis lleva cinco años sin beber. El proceso hasta llegar aquí es duro y largo, «cuesta mucho, es a base de tiempo. Pero una vez que aceptas la enfermedad, se va llevando mejor. Y ahora me he liberado del alcohol; estoy a gusto conmigo mismo, con la vida que llevo. He encontrado la libertad, antes estaba encadenado, y tengo una vida ordenada, de la que disfruto».

Cada alcohólico anónimo tiene su experiencia. José Ángel, otro miembro de la comunidad, lleva ya 34 años sin beber. Empezó a tomar alcohol con 6 ó 7 años. «Tenía un problema de poliomielitis y como no comía, me daban quina San Clemente, una bebida alcohólica». Entonces, no fue un problema, pero pasó de beber sólo los fines de semana a hacerlo todos los día y «acabé desayunando por la mañana unas copitas de coñac para poderme enfrentar al día a día. Es progresivo, va a peor». Así estuvo hasta los 24 años; en los últimos dos, tuvo nueve accidentes de tráfico por el alcohol.

José Ángel probó de todo para dejar de beber, pero siempre volvía. Incluso se marchó de Salamanca con su familia, pero el problema persistía. «Tuve la suerte que a los seis meses acabé en el hospital en el programa de desintoxicación, donde los compañeros de A.A. van regularmente a hablar. Y me enganché, me sentía tan identificado: «Que mejores maestros para enseñarme a vivir de otra manera que los que lo han hecho antes que yo».

Son solo dos ejemplos de alcohólicos anónimos, una comunidad de hombres y mujeres que comparte su mutua experiencia, fortaleza y esperanza para resolver su problema y ayudar a otros a recuperarse del alcoholismo. Solo hay un requisito para formar parte de ella: el deseo de dejar la bebida.

El objetivo que se persigue es mantenerse sobrio y ayudar a otro a alcanzar esa sobriedad. Por eso, el primer paso es concienciarse de que se tiene un problema y pedir apoyo.

La comunidad tuvo su germen en 1935, en Akron, EEUU. Actualmente, hay 100.000 grupos en 180 países. En España, encontramos grupos diseminados por toda la geografía, en total son 598. En Salamanca, llevan 38 años y hay dos grupos: Fátima y Salamanca. Además, de reuniones cerradas de terapia, hacen reuniones abiertas informativas; como la que tiene lugar hoy, a las 18.30 horas, en la sala parroquial de San Isidro (Paseo del Rollo, 13).