150 años de la actuación de 'La Martina' en el coso salmantino

La Martina, acuarela sobre papel de Ulpiano Checa se encuentra en el Museo dedicado a ese pintor en Colmenar de Oreja./
La Martina, acuarela sobre papel de Ulpiano Checa se encuentra en el Museo dedicado a ese pintor en Colmenar de Oreja.

La popular torera lidió dos astados y mató al segundo de ellos, pese a sufrir una cogida, en la última de la Feria de septiembre de 1869

PAULA H. ALEJANDROSALAMANCA

Era mujer brava. Valiente y esforzada. Enérgica. Toreó en la Feria de Salamanca de septiembre de 1869. Hace 150 años. Martina García, 'La Martina', pisó el ruedo del coliseo, que se hallaba próximo a la Puerta de Zamora y era conocido como Plaza de los Mínimos. Existía afición, muy bullanguera, y había mujeres que, de alguna manera, buscaban aproximarse a la igualdad en un mundo machista. En las tardes anteriores intervinieron los matadores José Lara Jiménez 'Chicorro', Julián (Casas del Guijo), 'El Salamanquino', nacido en Béjar, «que pasa por ser el primer matador salmantino de la historia», según asevera el Diccionario Biográfico de la RAH), y Ángel Fernández 'Valdemoro'... Es una estampa del pasado taurino de la tierra charra, protagonizada por una de las primeras féminas que lidiaron reses bravas, que permanece en el semiolvido o por ahí lejos. Y no estará mal rescatarla de ese sitio tan oscuro.

Finalizaba el verano: siega de la mies, acarreo, trilla en las eras, limpia del grano… Concluían las duras labores de la recogida de la cosecha: el trigo dorado llegaba a los graneros y a las paneras. Los mozos («criados») habían ganado su jornal. Y la ciudad, en decadencia (17.000 habitantes, alma arriba, alma abajo, donde todos se conocían), convocaba a la fiesta y al ocio, ajena a la vida política nacional (con Serrano como regente y Prim en la poltrona de jefe de Gobierno) y sus trapicheos. Al menos por unos días.

La empresa contrató a tres mujeres para banderillear, picar y matar «dos bravos toros» el día de San Mateo. Y ellas, 'La Martina' –nacida en Colmenar, contaba 55 años–, Javiera y Rosita salieron al ruedo aquel 21 de septiembre de 1869, para lidiar morlacos «embolados». Lidiar o lo que fuera posible. El testimonio de la prensa de la época es valiosísimo, aunque los comentaristas no apreciasen mucho la presencia de la mujer en el redondel. Los críticos taurinos del XIX mostraban una gran beligerancia contra las «señoritas toreras». Y aquel avecindado en Salamanca no los desmentía. «Se soltó un toro embolado, apareciendo acto continuo con banderillas y rejoncillos en mano las célebres Javiera y Rosita, que llevaron famosos revolcones y alguna que otra patada del bicho», escribe el gacetillero de 'La Alianza del Pueblo', trisemanal, dirigido por C. Rodríguez Martín, en su edición del día 24 de septiembre. Prosigue el relato en similar tono: «Al poco rato sonó el cornetín, y, empuñando La Martina la muletilla y el estoque correspondiente, se presentó delante del animalito, que dio con ella al traste, haciéndola volar por dos o tres veces, de cuyas resultas quedó tan mal parada que hubo necesidad de llevarla a la enfermería, no pudiendo dar en tierra con el torete, según estaba prometido». Un suceso.

Y, entonces (el calor seco, el vino grueso, la animación contagiosa), se provocó el jaleo. «Esto dio lugar», continúa 'el periódico republicano' de Salamanca, «a que el público, algún tanto exigente, pidiera con demasiada instancia que la presidencia obligara a La Martina a matar el churro, lo cual no pudo realizarse, no obstante haber esperado largo rato para ver si, mejorada de su estado, era posible complacer el público». ¿Una faena?

El «respetable» no fue, esta vez, muy respetuoso ante la delicada situación. «Con este motivo, hubo aquello de arrojar a la arena cuanto halló a mano, para impedir que se aplicase la media luna» –utensilio empleado para desjarretar a los toros que no eran matados por los espadas, por lo que se les cortaban las patas por el corvejón– «por uno de los lidiadores, a quien se lo ordenó la Autoridad». En el graderío, ni más ni menos: griterío. Bulla y pasión. Regresó la calma con la asistencia de una persuasiva compañía de Voluntarios de la Libertad. «Se repartieron por los tendidos y restablecieron el orden, ayudando a los individuos de la Corporación municipal que se hallaban en la presidencia». Posteriormente, «se lidió otro torete, embolado también, que fue muerto ya por La Martina». Más o menos restablecida, más o menos doliente, apareció su coraje y su valor, íntegros. ¿Qué recuerdos se llevó de la patria del Lazarillo?

«Inmoral espectáculo»

En la información previa (17 de septiembre) ya se ninguneaba y zahería a Martina García y las otras mujeres. Se hablaba de «una barata y sorprendente función para el día de San Mateo». Sorprendente: porque también se exhibía un elefante, de nombre «Pizarro», en el inicio del espectáculo. ¿Solo por eso? «La función ofrece variedad y el gacetillero invita a ustedes para que no falten. ¿Qué sabemos si en algún quiebro nos enseñarán…alguna cosa nueva?». Esa clase de ironía antigua, de puyas y pullas.

El responso del bisemanal «¡España con honra!», que se subtitulaba 'periódico católico-monárquico', parecía lanzado desde algún campanario o sitio parecido. Para empezar, creía que la «animación» callejera tal vez crecería «en los días sucesivos, particularmente en los de toros, en que acostumbran a venir muchos aldeanos de las inmediaciones» (edición del 9 de septiembre). Era sabido que los aldeanos pasaban por gente rústica. Vinieron, y cambió el panorama. Y terminó la feria. «Los dos últimos días se notó gran afluencia de forasteros, atraídos por las celebraciones de toros, tan populares en nuestra ciudad». El público, sin embargo, «salió poco satisfecho», tanto «del ganado como del mayor número de los diestros», se decía. La referencia final de la publicación (dirigida por Pedro Corral y, después, por Juan Soler) apareció una semana más tarde, y alcanza el tono despreciativo de la línea más tradicional o ultraconservadora. «La corrida de toros que tuvo lugar el martes, último día de feria, estuvo bastante concurrida y fue también bastante mala. Era nuevo en esta plaza para muchas personas el inmoral espectáculo, digno de los tiempos que corremos, que fuesen mujeres las que banderillearon, picaron y mataron los toros», se lee. No era cosa de damas, por Dios. Y concluye así la croniquilla: «el éxito de la función fue cual debía esperarse».

Esa mujer era una figura de la torería de aquel tiempo (alternó con las grandes 'astros' masculinos), aunque más por su valor o arrojo que por su pureza o técnica, alejada de los cánones o de las exquisiteces artísticas. Aguantaba la embestida del burel, encastado o mansito, del campo charro o del andaluz, con arrestos. No se atrincheraba en el burladero o veía correr y bufar al morlaco de lejos. Y si subían los decibelios de la afición, porque ya se sabe que es la que paga, no se encogía. Ahí estaba ella. Su torería se sustentaba en el valor… Si se repasan las hemerotecas, ésa es la percepción obtenida y contrastada. ¿Cuánto percibió aquella tarde septembrina, de volteos y bulla?

¿Alojamiento en el Parador de los Toros?

Salamanca estaba bien surtida en 1869 de paradores, posadas y casas de huéspedes, que acogían a viajeros y transeúntes. ¿Dónde pudo alojarse Martina García y su cuadrilla? Ante la inexistencia de datos fiables, solo caben las hipótesis. La primera: ¿por qué no en el denominado Parador de los Toros? Estaba ubicado, según los historiadores locales, en lugar céntrico: la Plaza Mayor (ágora que disponía, desde poco antes, de «cubetas mingitorias» o «columnas urinarias», una necesidad, surgida de la política de higiene municipal, que indignaba a algunos reporteros). Allí acostumbraban a aposentarse, además, los toreros en sus visitas a la ciudad. ¿Solo ellos? Y, así, surgen –con las conjeturas– el recuerdo de otros nombres: los paradores del Clavel, de La Vizcaína, del Ojaranco, del Manco, San Antonio o de la Reina. Para reponerse de las lesiones y de su paso por la enfermería, cualquiera de ellos servía bien para aliviar el dolor.

Aquellos largos desplazamientos en diligencias que molían los huesos. Aquellos circos que rugían nada más aparecer ellas, las «señoritas toreras», en el ruedo. Aquellos públicos que, ebrios, pedían sangre (las moscas acudían por su cuenta). Aquellos críticos despiadados, prepotentes... Duros tiempos para esas mujeres, tan poco estimadas artísticamente, que echaban valor a los lances (o derrotas) de la vida y a las cornadas del hambre.

«Tan de pelo en pecho era…»

'La Martina', de humilde origen –niñera y después cocinera, llamada «guisadora», en un figón–, participó en corridas de mujeres y mixtas. (Se había iniciado en los espectáculos cómico-taurinos). Con 24 años, en 1838, se presentó como matadora de toros. Algunos cronistas señalaron que se embolsó 70 pesetas (14 duros), lo que representaba un dineral en aquel tiempo. Su cuadrilla se hallaba integrada exclusivamente por mujeres (Teresa y Magdalena García, como picadoras; Rosa Inard y Manuela Renaud, banderilleras; más tarde, Juana López y Javiera Vidaure, en el sitio de los varilargueros, y Rosa Campos, con los palos). Fue una de las primeras en abrir esa brecha. Estuvo casi cuatro décadas en activo. Se retiró con 66 años, edad avanzada para el ejercicio de ese oficio. Y muy «castigada» por los percances en los ruedos. «Mataba dos novillos, unas veces embolados y otras en puntas. En una ocasión sufrió una cogida, que puso en peligro su vida, pero tan decidida y tan de pelo en pecho era que siguió toreando y matando novillos en cuanto abandonó la cama», relató el periódico madrileño 'La Libertad' (2 de enero de 1930). Pisó muchos alberos (de Madrid, Andalucía, Aragón, Baleares, Cantabria, las dos Castillas, Galicia, Murcia, Navarra, País Vasco, Valencia). Superó dificultades y menosprecios. Nadie le disputó un título: la más popular en su época. Demostró que el valor, así sucedió a su paso por Salamanca, no estaba 'patrimonializado' por ningún género. Es un nombre afincado en la historia de la tauromaquia. No se conformó con ser 'ama de casa'.