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Aramendi y Mirlo abrazan a Morollón, autor del primer gol del Real Valladolid frente al Oviedo en la temporada 1959-60; en detalle, celebración de Ebert.
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Los goles y su celebración

De la alegría compartida al protagonismo individual, distintas formas de festejar un tanto

José Miguel Ortega

Domingo, 23 de noviembre 2025, 17:42

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Desde que se inventó al fútbol la clave de este deporte es el gol. Llevar la pelota al fondo de la portería contraria es el objetivo de todos los equipos, de todos los jugadores, de todos los entrenadores, de todos los directivos y de todos los aficionados.

El gol es la alegría individual o compartida, el abrazo al compañero que lo ha metido en el campo o el que se da a un vecino de localidad en la grada, la jugada de apertura del telediario y la foto de portada en el periódico del día siguiente. El entusiasmo del equipo que lo marca y la decepción del que lo recibe.

Los goleadores siempre pasan a formar parte de la historia de sus clubs y su nombre está ligado a los momentos felices, el de los títulos conseguidos o de los partidos que guarda la memoria de sus seguidores. Son, en fin, el arma letal de sus entrenadores y el terror de las defensas rivales.

En los años cincuenta, cuando el fútbol era la válvula de escape para un país que trataba de superar las heridas y el hambre de la guerra, los goles se celebraban de una manera colectiva. Telmo Zarra fue el referente de la llamada furia española, el máximo goleador del Athletic de Bilbao en la Liga –251- y de la Copa -81- además de la selección -20- en los veinte partidos que jugó, no porque no mereciera haber vestido más veces la camisola roja de España, sino porque en aquellos tiempos se disputaban muchos menos partidos de selecciones nacionales que en la actualidad.

Pues bien, cuando Zarra marcaba uno de sus testarazos, levantaba los brazos y esperaba a que llegaran sus compañeros para compartir con ellos la alegría y fundirse en un abrazo que venía a ser una especie de reconocimiento a la participación de todos en la jugada, aunque el final feliz tuviera la firma de uno solo.

El ejemplo del mencionado Zarra en el Athletic de Bilbao se podía trasladar a cualquier otro equipo y a cualquier otro jugador. Los goles, entonces, eran una celebración colectiva en el campo y en la grada, pero ahora las cosas han cambiado, probablemente desde que se abrieron las puertas a la llegada de los fenómenos extranjeros.

Alfredo Di Stéfano fue la figura que revolucionó el fútbol español y convirtió al Real Madrid en el mejor equipo del mundo. Los goles de Di Stefano solían tener una fabricación más individual y el abrazo de sus compañeros era ante todo una prueba de admiración y afecto hacia el líder que en cierta medida había cambiado la vida de todos ellos. Muchos de los futbolistas merengues de aquellos años no dudan en reconocer públicamente que el mayor orgullo que les queda es el haber compartido vestuario con 'La Saeta'.

Otra máxima estrella mundial, Pelé, solía celebrar sus goles besando el balón antes de abrazar a sus compañeros, como si quisiera agradecer públicamente a su herramienta el haber interpretado sus deseos en el remate previo a la trayectoria hacia las mallas de la portería contraria.

Pero los mayores cambios derivados de la felicidad que proporcionan los goles se han producido en tiempos modernos, en este siglo XXI que ha cambiado el mundo con sus asombrosos avances tecnológicos y ha expuesto a la admiración pública a futbolistas de todos los países y razas, millonarios que desplazan en popularidad a genios de las artes y las ciencias. Cualquier niño de cualquier país sabe quién es Messi, Cristiano Ronaldo, Mbappé, o Lamine Yamal e ignora el nombre del último ganador del Nobel de Medicina.

Todas estas estrellas mediáticas del planeta futbolístico coinciden en la manera individualista de celebrar un gol. En lugar de correr para abrazar a sus compañeros, o al menos al que le dio el último pase o el centro medido para el remate final, salen pitando hacia la esquina del banderín de córner para realizar en solitario la ceremonia personal e intransferible de la alegría del gol, de «su» gol.

Escudero y Johny celebran un gol ante el MIrandés en 2023. Mingueza

Desde el saltito y los brazos abiertos como diciendo «aquí estoy yo para que me admiréis a mí, y solo a mí», hasta quienes prefieren hacer un brindis más íntimo y familiar, formando un corazón con los dedos o llevándose la mano a la tripa para dejar claro que el gol se lo dedica a su esposa embarazada.

Otros prefieren llevarse la mano al oído como pidiendo que la grada coree su nombre y le dedique una ovación que haga olvidar las muestras de disconformidad que le dedicaron cuando antes de su gol había fallado un par de ocasiones muy claras.

También es recurrente que la estrella goleadora –Messi, por ejemplo- levante los pulgares y la mirada al cielo para dedicarle el tanto a una abuela fallecida a la que tanto quería, o a un amigo de la infancia de cuya muerte acababa de enterarse.

Modo bastante frecuente de festejar un gol es el de quitarse la camiseta del equipo para enseñar algún mensaje escrito en otra camiseta blanca para dar ánimos a un compañero que se ha lesionado, o algún familiar, o simplemente con un número redondo que recopila todos los goles que ha marcado.

También hay quien se despoja de la camiseta con la hedonista intención de mostrar los músculos abdominales tanto a los aficionados más cercanos de la grada como a los que siguen el partido por televisión y se hacen el propósito de ir mañana al gimnasio para ser como su ídolo, aunque no marque goles.

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