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Abel Resino, Alberto López, Marcos Alonso y Sergio González, técnicos que llegaron tras una destitución en Segunda. En pequeño, Almada. A. Mingueza, R. Gómez y Carlos G. Roig

Real Valladolid

El complicado baile de Almada en el alambre

El uruguayo vive sus horas más bajas, pese a la ratificación, en una Liga en la que ya han sido cesados ocho técnicos

Jueves, 27 de noviembre 2025, 06:55

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La de entrenador de fútbol en Segunda División es una de esas profesiones que deberían estar en el catálogo de alto riesgo, no en el aspecto físico, sí en el laboral, con una estacionalidad que no va más allá que la de los Reyes Magos en Navidad; antes se decía aquello de que no llegarán a comer el turrón, ahora hay que adelantarse con que puedan saborear los buñuelos de Todos los Santos. Apenas rebasado el primer tercio de Liga, ocho clubes han removido sus banquillos en busca de mejorar sus resultados, con repartos desiguales de éxitos y fracasos; a uno de ellos, el Castellón, le sirvió para auparse a los escalones de promoción; a otros tres, Andorra, Mirandés y Zaragoza, no les evitó hundirse en los dos últimos huecos de la tabla; al resto, Cultural, Sporting, Málaga y Huesca, les mantiene en esa tierra de nadie que también ocupa el Real Valladolid.

Una realidad que pesa en la toma de decisiones en los despachos blanquivioleta, nada convencidos de que el cambio de timonel enderece la singladura pucelana. El primer impulso de la grada del Zorrilla es la de pedir la rodada de cabezas; una reflexión más sosegada, ya en el sofá de casa, quizá invite a invertir más en el refuerzo de la plantilla que en la del cambio de cromo en el banquillo. El mercado de invierno siempre da una segunda oportunidad, como en los añejos exámenes de septiembre, para compensar las malas compras del mercado de verano; la impresión general es que el equipo se implica, suda y sufre, pero no da mucho más de sí.

Por desgracia, el Real Valladolid es el mejor ejemplo de equipo ascensor en el siglo XXI, y a la experiencia hay que remitirse para valorar pros y contras. Que Guillermo Almada no conocía la Segunda española, más allá de vídeos y recortes de prensa, ya se sabía en agosto; también se contaba con que, a finales de noviembre, tuviera una idea más precisa de la que demuestra jornada tras jornada. El equipo va de más a menos y, salvo la noche del Granada, vive un noviembre negro con tres jornadas consecutivas sin goles en las que solo ha sumado un punto; una serie que hay que completar con la eliminación de Copa ante el Portugalete, un 3ª RFEF, y la pérdida en los penaltis del Trofeo Ciudad de Valladolid ante el Amadora portugués. En todos pudo ganar, pero no lo hizo en ninguno.

Y aquí hay que echar la vista atrás, a los últimos ascensos por la vía rápida con Pezzolano y Pacheta para entrar en comparaciones. El Real Valladolid de Almada es desesperante, noveno con un triple 5, cinco victorias, cinco empates y cinco derrotas, con un balance de goles de 15-13, sin saber si mirar arriba con ambición, a tres puntos de la promoción, o abajo con preocupación, a dos del descenso; el ascenso directo es, ahora mismo, una ilusión a nueve puntos de lejanía.

Nada que ver con el Real Valladolid de Pezzolano de la 23-24, también con cinco derrotas a estas alturas del curso, con la diferencia de que entonces acumulaba nueve victorias, por lo que era tercero con ocho puntos más que el de ahora; el de Pacheta, en la 21-22, solo era sexto con 25 puntos frente a los 20 del de Almada. La única cifra en la que el Real Valladolid 25-26 sale ganador es en la de goles en contra, solo 13 frente a los 17 de los ejercicios anteriores, un dato que se derrumba con la compañía de los 15 goles a favor, a uno por partido, y con seis porterías rivales a cero.

En esas dos temporadas, el Real Valladolid sufrió rachas bastante peores que la actual. El de Pezzolano se sonrojó con dos roscos en tres jornadas consecutivas, cero goles y cero puntos, uno a comienzos de Liga y otro a la mitad. Un agujero negro que también atravesó Pacheta dos años antes entre las jornadas cuarta y sexta. También el curso ejemplar de Mendilibar, el de todos los récords, atravesó las aguas pantanosas de un mísero punto en septiembre; claro que lo arregló después con siete meses sin derrotas, una marca que no está al alcance, ni en sueños, de la plantilla actual.

Los que postulan por el despido de Almada se agarrarán a que, la última vez que se hizo, el equipo reaccionó y ascendió por el desvío de la promoción. Fue en la temporada 17-18, con Luis César Sampedro como protagonista, despedido en la jornada 34ª con el equipo en mitad de la tabla, eso sí, a solo tres puntos de la promoción; era la cuarta campaña consecutiva en Segunda, la más larga después de la travesía en los sesenta y setenta, la quinta parecía inevitable con el riesgo de encallarse como otros históricos del fútbol español que están en la mente de todos, hasta que surgió el milagro de Sergio González.

Un milagro y una excepción. La etapa de Carlos Suárez en el palco dio lugar a vaivenes como el de la temporada 15-16, que empezó con Gaizka Garitano, siguió con Miguel Portugal, y acabó con Alberto López. Todo para acabar en el puesto 16ª, con un colchón de permanencia de solo cuatro puntos, la peor clasificación en la historia reciente del club.

No fue la única temporada con tres entrenadores. Si dejamos al margen la 10-11, con Torres Gómez de interino entre Antonio Gómez y Abel Resino, hay que remontarse a la 92-93, la de las prisas por volver a Primera y la baraka que acompañaba a Marcos Fernández, nuevo en el palco del Zorrilla; la paciencia con Marco Antonio Boronat duró cuatro partidos, el recurso del hombre de la casa, José Luis Saso, catorce jornadas más, y Felipe Mesones recuperó la categoría con el tren de Palamós.

Hay un caso que ilustra la exigencia de la afición del Real Valladolid en tiempos del viejo Zorrilla, en la temporada 61-62, cuando el equipo blanquivioleta también llevaba pinchada la etiqueta de ascensor, a la directiva de José Miguel Arrarte no le tembló el pulso para cesar a una leyenda como Paco Lesmes cuando el equipo lideraba la categoría, ni tampoco a Manuel Soler con la Liga acabada y una promoción por disputar. Heriberto Herrera llegó, subió a Primera descendiendo por primera vez al Español, y se largó a Sarriá.

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