Silencio cisterciense en Alconada

El monasterio de Ampudia intenta recuperar la hospedería en su quincuagésimo aniversario

FERNANDO CABALLEROAMPUDIA
Las cuatro religiosas que forman la comunidad cisterciense de Alconada, en la capilla. / M. DE LA FUENTE/
Las cuatro religiosas que forman la comunidad cisterciense de Alconada, en la capilla. / M. DE LA FUENTE

Entrar a un monasterio resulta siempre una experiencia gozosa. El silencio y el recogimiento que intramuros se vive invitan a la reflexión, en forma de oración o de un simple pensamiento interior. Un monasterio es un espacio para valorar que existe una vida para la contemplación activa de la existencia humana, activa porque los monjes o monjas que habitan en estos cenobios entregan su vida a Dios pensando siempre en el hombre. Las cuatro religiosas cistercienses que habitan el monasterio de Nuestra Señora de Alconada transmiten felicidad por su opción vital, a la vez que son conscientes de que con su trabajo contribuyen, como cualquier persona del exterior, al bienestar de la sociedad.

Las monjas celebrarán mañana por todo lo alto -con una misa presidida por el obispo Munilla y un concierto de música de Semana Santa- el quincuagésimo aniversario de su presencia en este santuario mariano, que data del siglo XVIII, ubicado a pocos kilómetros de Ampudia. 50 años de presencia llenos de dificultades, trabajos, sacrificio, incomprensiones..., pero también 50 años de satisfacciones al ver levantada una fundación monástica que hoy subsiste con apenas cuatro religiosas que compaginan el trabajo y la oración -ora et labora es el lema del Císter- en una vida volcada hacia su fe cristiana.

El 3 de octubre de 1956 llegaron al santuario palentino unas treinta religiosas procedentes de Olmedo (Valladolid). Hasta ese año, la ermita y la hospedería de Alconada estaban atendidas por una familia de Ampudia. Desde entonces, se hicieron cargo las religiosas del monasterio de Sancti Spiritus de Olmedo, que desde el 12 de febrero de 1950 profesaba la Estrecha Observancia del Císter bajo la paternidad del monasterio de San Isidro de Dueñas. Fue el abad de entonces, Buenaventura Ramos, quien gestionó el traslado de la comunidad vallisoletana a Ampudia ante la cada vez más precaria vida económica por la escasez de terreno y de agua para regar la huerta.

El monasterio ha pasado estos 50 años por dos etapas. La comunidad instalada en 1956, que se dedicó al cultivo de la huerta y al embalaje de los chocolates que fabrican los trapenses de San Isidro, abandonó el lugar en 1978 para irse a Arnedo (La Rioja). La escasez de recursos y la ausencia de medios de subsistencia fijos les obligaron a marchar. Siete años más tarde, el 15 de febrero del 1985, una pequeña comunidad procedente del monasterio de Nuestra Señora del Valle de Aranda de Duero, también de la orden cisterciense, se instaló junto al santuario de Alconada. Entonces llegaron cuatro religiosas, el mismo número que se mantiene hoy. Una de las primeras falleció y se incorporó a la comunidad una nueva.

Las cuatro religiosas llegaron a Ampudia con el objetivo de crear un centro de formación vocacional. Sin embargo, la realidad ha sido diferente. «Para ingresar en un monasterio como el nuestro tiene que haber mucha vocación y cariño. Aquí se reza y se trabaja mucho, aunque hay un poco de desnivel, ya que hay días que trabajamos hasta 16 horas», asegura sor Anunciación, superiora de la comunidad. Nacida en Redondela (Pontevedra), tiene 74 años y es religiosa desde 1952.

Sor Rosario, cordobesa de 60 años, reconoce que la comunidad llegó para buscar vocaciones en unos años muy difíciles. «Hace muchos años que no entra nadie en los monasterios. No hay vocaciones estables», asegura con cierto pesimismo. ¿Por qué se produce esta situación? Esta religiosa, que lleva media vida en el Císter, responde: «Nuestra vida cisterciense no es muy dura ni excesivamente austera. Es una vida sencilla, de mucho retiro y soledad, que es lo que hace la vida contemplativa. También puede influir que dentro de la iglesia hay ya muchos grupos e instituciones. Cuesta mucho entrar en un convento. Espero que los tiempos cambien», señala. Sor Asunción, burgalesa de Quintanilla de Vivar, es la más veterana. Tiene 89 años y 66 de vida religiosa. Sin embargo, se muestra ágil en su discurso y en sus movimientos, pese a los dos bastones sobre los que se apoya. Ella es consciente del cambio tremendo que ha experimentado la sociedad desde que ella ingresó en la orden. La más joven es la palentina sor Mónica, de 27 años y ocho en la orden. «La sociedad está pasando por una época en la que se vive sin Dios y sin amor. ¿Qué pinta un monasterio? La crisis afecta a todo. La gente ya no se casa ni siquiera por el juzgado. Hay miedo a una vida consagrada hasta la muerte», señala esta activa joven.

El monasterio vive con escasos recursos. El trabajo es para ellas fuente de su supervivencia. La repostería y la encuadernación de libros son sus recursos, además de la tienda. La llegada de libros ha descendiendo por la competencia y la informatización, por lo que decidieron dedicarse a la elaboración de productos de repostería. La recuperación de la hospedería es el proyecto más inmediato de las religiosas. En principio, quieren recuperar una casa pequeña que se construyó para acoger a los padres, ya mayores, de sor María Rosario. Las religiosas acogen en verano a las personas que quieren pasar allí unos días de reflexión y meditación.

Fotos

Vídeos