El fin de los tranvías

JOAQUÍN MARTIN DE UÑA

POSIBLEMENTE, cuando muchos vallisoletanos vieron circular por la ciudad los primeros tranvías arrastrados por mulas pensarían qué utilidad podía tener aquel carruaje que se movía prácticamente a la velocidad de los peatones. Cuando el calor, la lluvia y el hielo hicieron su aparición en Valladolid, pudieron comprender el uso del primer transporte público de viajeros que existió en nuestra ciudad merced a una sociedad belga que, con una envidiable visión comercial, contrató con el Ayuntamiento de Valladolid la prestación de dicho servicio.

Bien sea porque la referida compañía no considerara posible el complicado sistema de electrificar las líneas del tranvía sobre raíles, o por el interés de políticos e industrial de dotar a su ciudad del más moderno medio de transporte colectivo, lo cierto es que el 25 de enero de 1910 los señores Paraíso y Alba, con el respaldo de grupos financieros de Valladolid y Zaragoza, constituyeron la Sociedad Anónima Tranvías de Valladolid, que el día 7 de septiembre de aquel año inauguró la línea de circunvalación, primera de las puestas en servicio, acto que atrajo a un gran número de vallisoletanos.

En un principio convivieron los tranvías eléctricos con los antiguos arrastrados por mulas en las líneas Miguel Iscar-Audiencia y Cementerio.

La red vallisoletana cambió sustancialmente el aspecto de la ciudad con su presencia, pues no solo añadió un nuevo elemento de decoración y progreso, sino que alegró la vieja ciudad con el tránsito de los modernos vehículos que añadían a los sonidos habituales de la ciudad el cantarín sonar de su campanilla.

Inconvenientes

Paseos hasta la nueva plaza de toros del Paseo de Zorrilla, así como tristes traslados al cementerio o a la unión entre las estaciones de ferrocarril vallisoletanas o el transporte de diario de personas que vivían alejadas del centro donde trabajaban, fueron servicios prestados por una red de vehículos dotada de los últimos adelantos de la naciente técnica, no exenta de inconvenientes como algún descarrilamiento o los problemas surgidos en los cruces, lo que provocó que el 6 de noviembre de 1933 dejaran de circular por las calles vallisoletanas lo apreciados tranvías tras 23 años.

Durante la Guerra Civil, las cocheras de los tranvías, situadas a espaldas del que fuera Hospital Militar, se utilizaron como lugar de detención de oponentes del llamado Ejército Nacional. Era tal el frío que soportaban los detenidos y sus vigilantes durante el invierno que a veces llegaron a quemar las carrocerías de los viejos vehículos para calentarse. Los chasis y mecanismos de los tranvías fueron trasladados a Gijón, mientras que los electrificados fueron sustituidos tras la guerra por autobuses urbanos que ampliaron los servicios de transporte público a lugares a los que no llegaron los renqueantes tranvías.

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