La ciudad enterrada

Un paseo por el yacimiento arqueológico de Pintia, a orillas del Duero, permite descubrir una de las ciudades vacceas más importantes de España de los siglos V y I antes de Cristo

JAVIER PRIETO GALLEGOVALLADOLID
Entrada a la necrópolis de Las Ruedas./
Entrada a la necrópolis de Las Ruedas.

A muchos sorprenderá saber que las orillas del Duero no solo albergan buenas viñas y bodegas memorables. Junto a las aguas mismas del Duero, enterrados bajo el manto de la tierra y el peso de los siglos, se localiza, entre las localidades vallisoletanas de Padilla de Duero, a un lado del río, y Pesquera, al otro, una de las ciudades vacceas más importantes que existieron en el tramo medio de este río.

A decir de los investigadores, los vacceos, pueblo de orígenes celtas, fue una de las etnias prerromanas más cultas y desarrolladas de cuantas ocupaban la Península antes de la llegada de los conquistadores latinos. Una de sus marcas de identidad es que, allá donde decidían asentarse, levantaban auténticas ciudades-estado, independientes unas de otras, con capacidad para organizarse en lo civil y lo militar, firmar alianzas propias, etcétera. Con su llegada a la Península, en torno al siglo V a.C., se afianzó el sedentarismo en enclaves determinados, al mismo tiempo que alcanzó una importancia determinante el desarrollo de la agricultura -cerealista en esta zona de la meseta- como principal medio de vida. Ellos fueron quienes desarrollaron los utensilios y aperos de labranza que se mantuvieron en su esencia y formas hasta la llegada de la mecanización al campo, en la segunda mitad del siglo XX.

La ciudad vaccea de Pintia se desarrolló como tal en un acusado meandro que el río Duero hace entre lo que hoy es la localidad de Padilla de Duero, en la orilla izquierda del río, y Pesquera, en la derecha, muy cerca aún de Peñafiel. Lo que hoy aparece como un variopinto tapiz de tierras de labor y viñedos en ciernes, acogió entre los siglos V y I a.C. una populosa población en la que se calcula que llegaron a vivir entre 5.000 y 6.000 personas. Su gran extensión, unas 70 hectáreas, son el resultado de un largo proceso evolutivo de más de 1.000 años de ocupación y diferentes etapas poblacionales que incluyen, además, la colonización romana o la utilización visigoda del enclave.

La visita al yacimiento, que puede seguir realizándose sobre el terreno durante los meses de septiembre y octubre, desvela que la propia ciudad de Pintia contó una prolongación en la orilla derecha del río, el barrio de artesanos que se enclavaba en los actuales pagos de Carralaceña. La importancia y dedicación que los vacceos daban al trabajo de la cerámica, conllevó una especialización artesanal que, en este caso, se concretó con la creación de un barrio propio. En él se ha localizado el mayor horno de cocción de cerámica conocido en toda la Península. La razón del surgimiento de un barrio apartado del resto de la población amurallada parece estar en la necesidad de protegerse de los incendios, dado el necesario uso del fuego que debían de hacer los artesanos para sus creaciones. La comunicación entre una y otra orilla debía de hacerse sin dificultad mediante el vado existente y pasarelas.

El paseo por este meandro arqueológico comienza con la visita al cogollo de la excavación, la zanja de 8 por 56 metros que los arqueólogos estudian en el pago de Las Quintanas. Es el lugar que ocupó el emplazamiento principal, protegido por murallas de adobe y madera.

Desde aquí puede llegarse a pie, siguiendo la pista agrícola, hasta la necrópolis de las Ruedas, el cementerio situado a unos 300 metros del recinto amurallado. Su ubicación resulta evidente gracias al campo de lajas hincadas que recrean el aspecto que debió de tener a lo largo de su dilatada utilización, entre los siglos IV a.C. al I d.C. El regreso a la cercana localidad de Padilla debe culminar la visita con el recorrido por el interior del pequeño museo en el que se exponen algunas de las piezas rescatadas durante los trabajos arqueológicos.

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