Un paisaje de fantasías y ambiciones

Visitar o revisitar Las Médulas, las mayores minas de oro del imperio romano, es siempre atractivo. Ahora, cuando el otoño camina hacia el invierno, la luz muestra un paisaje distinto al del verano

Vista de las Médulas. /
Vista de las Médulas.
JAVIER PRIETO

Los romanos eran un pueblo testarudo. Y muy, muy ingenioso. Dejaron constancia de ello allá por donde anduvieron en todo el tiempo que duró su poder imperial. Y tenemos una prueba bien palpable de ello en el corazón del Bierzo. Allí, en torno al primer siglo de nuestra era, la maquinaria civil y militar romana puso en funcionamiento la mayor explotación minera de oro a cielo abierto de todo su imperio.

El motivo de tanto empeño no fue otro que alimentar un sistema monetario puesto en marcha por Augusto, basado precisamente en el oro, y una moneda, el aureus, que impusieron como patrón en todo el Mediterráneo. A lo largo de los siglos I y II el oro simbolizó para los romanos poder y riqueza. Su exhibición era una manera de afirmar la hegemonía de un imperio que parecía imposible de derribar.

Y poseerlo en grandes cantidades se convirtió, sin duda, en una de sus mayores necesidades.

Además, los romanos eran también muy buenos observadores de la realidad de los territorios que conquistaban y unos grandes prospectores mineros. Por eso no pasó desapercibido para ellos, en el transcurso de su conquista hispana, la gran cantidad de pequeños yacimientos de oro que ya venían explotando por su cuenta muchos de los pueblos indígenas del noroeste peninsular.

Hay quien señala, incluso, que el empeño puesto por Roma para el sometimiento de pueblos obstinadamente rebeldes a la conquista, como los cántabros y astures, tiene mucho que ver con la ambición de hacerse con sus yacimientos y alimentar así una necesidad de oro que acabó por convertirse en una obsesión.

Entre aquellos yacimientos, el mayor de todos los conocidos por Roma hasta entonces era el de Las Médulas. Pero en él, además de oro, se encontraron con el enorme reto de extraerlo. Y es ahí donde los ingenieros romanos demostraron una enorme capacidad para aportar soluciones imaginativas a un problema que, en principio, parecía de difícil solución. Y es que el oro de Las Médulas se encuentra en forma de diminutas partículas mezclado entre toneladas de arcillas rojas, gravas, limos y arenas.Nada de filones ni vetas en los que tirar de pico y pala para sacarlo en capazos. Y de tal forma mezclado con la tierra que se estima en unos 50 miligramos de oro por cada metro cúbico de tierra removida. Como mucho. Ttras doscientos años de explotación, que fue el tiempo en que Las Médulas interesó a los romanos, y después de remover noventa y tres millones y medio de metros cúbicos de tierra, se estima que los romanos pudieron sacar de aquí entre 4,5 y 5 toneladas de oro. Un rendimiento a todas luces insuficiente si no fuera por dos razones: una, que tenían que fabricar monedas de oro fuera cual fuera su coste; y dos, que disponían de una cantidad ingente de mano de obra a su disposición para hacerlo.

Según cálculos realizados sobre estas excavaciones, es muy probable que lo que hoy contemplamos fuera el fruto del trabajo directo de entre 4.000 y 7.800 personas trabajadores y esclavos excavando directamente la tierra. Alrededor de ellos podrían haberse movido 3.000 hombres más en funciones de avituallamiento, dirección y vigilancia. En total, cerca de 11.000 almas ocupadas de forma tenaz y obsesiva en remover toneladas y toneladas de tierra rojiza con el único afán de separar el oro del barro. Es decir, las minas de oro del noroeste peninsular no se explotaron por su valor comercial y sí por su valor estratégico como sostenedoras del sistema monetario. Cuando a principios del siglo III el imperio entró en crisis y la moneda perdió su valor, el interés de los romanos por todas estas minas se esfumó para siempre. De hecho, a pesar de que el yacimiento de Las Médulas sigue conteniendo oro en las misma proporciones que lo tenía entonces, la dificultad para extraerlo es tan alta y la recompensa tan baja que nunca nadie más ha pensado en continuar con su explotación comercial. Ayer, igual que hoy, no dejaría de ser un ruinoso proyecto de locos.

La mejor forma de percibir la magnitud de lo que los romanos hicieron con Las Médulas es desde el mirador de Orellán. Y aun así no resulta fácil descubrir cómo, si uno no pasa después por el Aula de Arqueología ubicada en la entrada de la localidad de Las Médulas.

Es entonces cuando se empieza mínimamente a comprender que el enclave de Las Médulas es solo el núcleo central de una explotación a cielo abierto que dejó rastros en medio Bierzo. Es entonces cuando se comienza a percibir la enorme locura que debió de suponer para los indígenas lo que los romanos estaban dispuestos a hacer para quedarse con el oro que ellos venían extrayendo del lecho de los ríos: disolver la montaña sobre la que vivían, literalmente.Dicho en latín: «Ruinae montium». Es decir, reventar desde dentro los montes para buscar luego el oro que llevaba la mezcla de agua, barro y vegetación.

Eso es lo que se ve desde el mirador: los restos de aquella montaña reventada a base de acumular agua en la zona superior de la cordillera y lanzarla en trombas por la red de túneles que sus trabajadores excavaban sin salir de ellos durante meses. Desde el propio mirador es posible adentrarse en una de aquellas galerías (tres euros) que finaliza en el corte vertical de la montaña y transitar unos pocos metros por otro corredor en el que se perciben las marcas de los picos de los excavadores.

Pero sin duda, la comunión más íntima con este espacio y lo que supuso se tiene en el recorrido de los varios itinerarios señalizados que pueden hacerse por el interior de este espacio natural, y todos aportan nuevas perspectivas e información sobre cómo se acometió la explotación minera.

De todos ellos, el circuito básico, parte del cual se puede recorrer con las visitas guiadas que arrancan del Centro de Recepción de Visitantes, es el conocido como Senda de las Valiñas. Túneles y galerías

El inicio de este corto circuito, que alcanza hasta dos puntos emblemáticos de Las Médulas la Cuevona y la Encantada, se localiza unos metros más arriba del Centro de Recepción de Visitantes. Ahí aparece señalizado, hacia la izquierda, el sendero, con suelo de cemento en los primeros metros, que se encamina hacia las paredes y picachos rojizos que ya despuntan entre los castaños. El ramal que sigue de frente, y que tiene una barrera que impide el paso de vehículos, será el que se utilice para regresar.

A 500 metros de ese inicio se localiza el desvío hacia la izquierda que hay que coger para llegar, en otos 600 metros y en ligero ascenso, hasta los restos de túneles y galerías de minado que son las cavidades de la Encantada hacia la izquierda y la Cuevona a la derecha. Ambas cavidades son restos del sistema de minado utilizado psor los romanos, túneles y galerías que quedaron abandonados y en los que la erosión natural ha seguido trabajando y propiciando derrumbes. Aunque se pueden entrar en ellos para curiosear, es necesario tener mucha precaución, pues podrían desprenderse piedras del techo.

El regreso al punto de partida del paseo se hace por la pista asfaltada que, entre imponentes castaños, va bordeando el enclave por su costado oriental. Quien desee alargar el recorrido puede tomar, a algo más de un kilómetrode la Cuevona y junto a la Fuente de la Tía Viviana, elramal que lleva en 900 metrosy con una fuerte pendientehasta el Mirador de Orellán.