Un bosque de árboles gigantes en Cabezón de la Sal

Un bosque de árboles gigantes en Cabezón de la Sal

No hace falta irse a California para poder disfrutar de las espectaculares secuoyas. En la localidad cántabra se encuentra una arboleda con ejemplares de casi 40 metros de altura en el fondo de una vaguada neblinosa y húmeda

ÍNIGO MUÑOYERRO

¿Un bosque de secuoyas en Cantabria? El sentido común nos lleva a buscarlo en las 295 has de Muir Woods, en la bahía de San Francisco, California, donde prosperan los 'reedwood trees', nombre inglés del árbol que los conquistadores españoles llamaron 'palo alto' y 'palo colorado' (los ejemplares que vieron superaban los 115 metros y más de altura). Pero sí, ahí está a pocos kilómetros de Cabezón de la Sal, protegido desde el año 2003 como el 'Monumento Natural de las Secuoyas del Monte Cabezón'.

El bosque tiene una historia curiosa. En el año 1926 el gobierno español recomendó la experimentación con especies madereras para nutrir la industria nacional del papel. Luego llegaron la guerra y la autarquía con el cierre de fronteras. SNIACE de Torrelavega fue fundada en el año 1939. Necesitaba celulosa y en la segunda mitad de 1940 los técnicos decidieron plantar secuoyas y pinos en Cabezón por su rapidez de crecimiento.

Años después, cuando ya se podían talar, la madera no interesaba y de aquella plantación de 2,47 hectáreas, un oasis en un monte colonizado por los eucaliptos, perviven 848 secuoyas (sequoia velintonia) y 20 pinos (pinus radiata) que conforman un tupido bosque de troncos estilizados, alguno de 36 metros de altura, en una vaguada húmeda donde se fijan las nieblas. Una senda facilita el paseo en cualquier época del año.

Aparcamiento en el borde de la carretera indicado por el letrero 'Monumento Natural de las Sequoias del Monte Cabezón'. Pequeño, protegido por robles y castaños. Caminamos hasta un mirador que debería dominar el bosque. No ocurre así. El muro de sequoyas es tan cerrado y los árboles tan altos que no hay perspectiva. Una senda desciende y nos mete en el bosque. Las primeras secuoyas se alinean a nuestra izquierda. Sus troncos se estiran hacia arriba, muy arriba, tanto que se pierden en las copas por donde se cuelan los rayos del sol.

El bosque se abre y la senda hasta un banco de madera, bajo dos de los árboles más espectaculares. Los guardas forestales aseguran que el árbol más alto supera los 40 metros. La ruta se bifurca. Bajamos por la derecha por terreno pendiente asegurado por una escalera de madera. También se puede descender sin camino y disfrutar de la arboleda. Las secuoyas fueron plantadas a intervalos regulares y luego clareadas. Pero medraron -doce metros en los primeros años- y se han juntado. Alguno está seco y su tronco muerto aguanta de pie, junto a sus congéneres que apuntan al cielo.

Sorprenden el silencio de un bosque que no tiene pájaros. También extrañan la ausencia de sotobosque y la falta de hozaduras de ciervos y jabalíes, sin alimento en esta arboleda foránea.

Al final de las escaleras, después de pasar junto a unos pinos descomunales coetáneos, otro banco bajo cuatro secuoyas espectaculares permite un respiro. El bosque nos envuelve. En la penumbra rodeados por un muro de troncos marrones. La senda aún sigue y tras superar el arroyo Las Navas por un vado sale a terreno abierto, en un paraje donde pervive el arbolado autóctono: robles, castaños, avellanos. Más allá hay una pista forestal.

Podemos descansar, sacar fotos e intentar abarcar el tronco de las secuoyas. Son necesarios muchos brazos para conseguirlo. Desde luego no alcanzan las dimensiones de los árboles gigantes de Muir Woods, que tienen entre 800 y 900 años.

El sendero ahora sube, con escaleras o puentes de madera, siempre de manera sencilla, sin complicaciones. Los troncos ocultan el bosque, que permanece a media luz hasta alcanzar el banco inicial. Unos metros más arriba está el aparcamiento.

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