Por las escuelas de España

AGUSTÍN GARCÍA SIMÓNEDITOR

UNO de los efectos más patentes de la construcción del Estado de las autonomías, disparate que, al parecer, dista mucho todavía de su acabado final, sigue siendo la recuperación mitificada de la memoria y la imaginación entusiasta de la historia troceada. El invento de los diecisiete terruños sigue necesitando legitimidad, no solo política y administrativa, sobradamente garantizada por las leyes vigentes, sino, sobre todo y fundamentalmente histórica, lo que, del mismo modo que han hecho todas las tiranías y 'nuevos órdenes' que en el mundo han sido, requiere la invocación y legitimación de un pasado que, al no haber existido nunca, urge ser recreado y adaptado 'ad libitum'; es decir, a capricho, de modo que el engendro nuevo aparente solera genuina, aunque en realidad sea postiza. El resultado es siempre el mismo, una monstruosa manipulación de la historia y la cultura con fines espurios, que esparce su chafarrinón grotesco en la que debería de ser limpia continuidad estética, en el deseable rigor y decencia.

Uno de los casos más flagrantes de esta desmemoria y manipulación autonómicas lo ha sufrido un libro capital en la historia contemporánea española, un monumento de la pedagogía del siglo XX, 'Viaje por las escuelas de España', de Luis Bello, castellano (Alba de Tormes, 1872-Madrid, 1935), periodista, escritor y político republicano, amigo y correligionario de Manuel Azaña. Un hombre que fue saludado con justeza por Luis Araquistáin como «auténtico don Quijote de la escuela»; «misionero de la escuela» le llamó Azorín, pero, por si quedara alguna duda, Bello no pasó desapercibido para el ojo clínico de Josep Pla, que lo definió escuetamente en una de sus crónicas republicanas: «Un hombre eminente en todos los órdenes». Los cuatro volúmenes del libro de Bello compilaron desde 1926 a 1929 todos los artículos que este había escrito en el diario 'El Sol', como resultado espléndido de una bendita obsesión republicana que el propio Bello resumió en sus páginas: «La enseñanza primaria no es suficiente, pero sin ella no se llega a la otra (...). Vuelen los otros más alto. Yo voy a trabajar por que los niños españoles tengan buenas escuelas».

Todavía dejó a las puertas de estos volúmenes los artículos referidos a Galicia y Cataluña, que fueron editados mucho tiempo después. Pero lo que importa decir aquí es que en el batiburrillo autonómico de los últimos veinticinco años no ha habido autonomía, de primera o tercera categoría, que no haya troceado, desgajado, desnaturalizado y puesto sus manazas reductoras y neoanalfabetas sobre esta obra entera y magnífica, que no nació para justificar lo que entonces ni existía ni podía imaginarse por mentes que no estuvieran enfermas. Porque entonces, España, como concepto y como nación, no era una cosa deshonrosa e innombrable para la izquierda, como lo es ahora, sino, por el contrario, algo muy querido y encarecido y que, por supuesto, no estaba en cuestión. Pero, como viene sucediendo en estos casos, ese proceso de recuperación manipulada ha sido impulsado no solo por los sátrapas autonómicos, sino por el baboseo mendicante de catedráticos y eruditos oportunistas, gentes sin escrúpulos, que han ido ofreciendo a los distintos departamentos, como buhoneros, el expolio de su mercadería, arrancada a las paredes y obras maestras indivisibles de la cultura y la historia. Por eso constituye una noticia cultural de extraordinario alcance y un motivo de gozo celebrable que una consejería autonómica, la Consejería de Educación de la Junta de Castilla y León, haya recuperado de verdad, en edición facsímil de la obra completa (Viaje por las escuelas de España, 4 vols., Salamanca, 2005, con una introducción excelente de Francisco Gallego), lo mejor, más meritorio y emocionante que se haya escrito nunca sobre las escuelas, los niños y los maestros de España. Este sí que es un acierto de la voluntad y el dinero públicos. Baste decir que esta sorprendente, pulcra y atinada edición retrata para bien a quien haya tomado la decisión política de ponerla a disposición de los ciudadanos.

Aquellos lectores, maestros, profesores y pedagogos que no estén en la inopia posmoderna y que no hayan tenido conocimiento o noticia de esta referencia fundamental, deben saber que no se trata de un libro aburrido o erudito sin gracia. Nada más alejado de la prosa sencilla, justa, sustanciosa, eficacísima, de don Luis Bello. Porque este libro no es solo la obra obsesiva de amor a los niños y las escuelas de su autor, luchador pertinaz por la salvación de lo que entendía clave e irrenunciable en el futuro y porvenir de su país, sino que se trata, además, de un entretenido, curioso y, en tantas partes, entrañable libro de viajes. Un libro, en efecto, que pertenece a ese género específico, abundante y delicioso que tiene por marbete 'libros de viaje por España'. Y, sin ninguna duda, es uno de sus títulos esenciales. Esa literatura de apuntes del viajero que anota con pulso preciso, a veces con oficio de altura y elegante belleza, cuanto le sale al paso y aprecian y ven sus ojos; como notario fehaciente que hermosea sus palabras con verdadera cultura y erudición profunda . Y no falta anecdotario y una convencida y apasionada reflexión, acompañada siempre de la descripción minuciosa de las condiciones de las escuelas todas, hasta las más alejadas, recónditas y miserables, porque era esa «gran miseria» de las escuelas de España lo que impulsaba la calidad y generosidad enormes de su autor.

Dice Francisco Gallego que don Luis Bello «murió como vivió, austero y pobre, hasta el extremo de que la Asociación de la Prensa hubo de costear el sepelio». Y a uno todo esto le recuerda la grandeza excelsa que ignora y desprecia el mundo, la canalla que lo absorbe, desgobierna y degrada hasta la impudicia. Pero, afortunadamente, por encima de tanta devastación sobrevuelan aquellos ejemplos todavía tan cercanos, aquellos muertos «casi desnudos, como los hijos de la mar» que nos alientan a los vivos con una fuerza y una razón imparables.

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